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02 febrero 2013


Los seis cisnes – Hermanos Grimm



Hallándose un rey de cacería en un gran bosque, salió en persecución de una pieza con tal ardor, que ninguno de sus acompañantes pudo seguirlo. Al anochecer detuvo su caballo y dirigiendo una mirada a su alrededor, se dio cuenta de que se había extraviado y, aunque trató de buscar una salida no logró encontrar ninguna. Vio entonces a una vieja, que se le acercaba cabeceando. Era una bruja.
— Buena mujer —le dijo el Rey—, ¿no podrías indicarme un camino para salir del bosque?.
— Oh, si, Señor rey —respondió la vieja—. Si puedo, pero con una condición. Si no la aceptáis, jamás saldréis de esta selva. Y moriréis de hambre.
— ¿Y qué condición es ésa? —preguntó el Rey.
— Tengo una hija —declaró la vieja—, hermosa como no encontraríais otra igual en el mundo entero, y muy digna de ser vuestra esposa. Si os comprometéis a hacerla Reina, os mostraré el camino para salir del bosque. El Rey, aunque angustiado en su corazón, aceptó el trato, y la vieja lo condujo a su casita, donde su hija estaba sentada junto al fuego. Recibió al Rey como si lo hubiese estado esperando, y aunque el soberano pudo comprobar que era realmente muy hermosa, no le gustó, y no podía mirarla sin un secreto terror. Cuando la doncella hubo montado en la grupa del caballo, la vieja indicó el camino al Rey, y la pareja llegó, sin contratiempo, al palacio, donde poco después se celebró la boda.
El Rey estuvo ya casado una vez, y de su primera esposa le habían quedado siete hijos: seis varones y una niña, a los que amaba más que todo en el mundo. Temiendo que la madrastra los tratara mal o llegara tal vez a causarles algún daño, los llevó a un castillo solitario, que se alzaba en medio de un bosque. Tan oculto estaba y tan difícil era el camino que conducía allá, que ni él mismo habría sido capaz de seguirlo a no ser por un ovillo maravilloso que un hada le había regalado. Cuando lo arrojaba delante de sí, se desenrollaba él solo y le mostraba el camino. Pero el rey salía con tanta frecuencia a visitar a sus hijos, que, al cabo, aquellas ausencias chocaron a la Reina, la cual sintió curiosidad por saber qué iba a hacer solo al bosque. Sobornó a los criados, y éstos le revelaron el secreto, descubriéndole también lo referente al ovillo, único capaz de indicar el camino. Desde entonces la mujer no tuvo un momento de reposo hasta que hubo averiguado el lugar donde su marido guardaba la milagrosa madeja. Luego confeccionó unas camisetas de seda blanca y, poniendo en práctica las artes de brujería aprendidas de su madre, hechizó las ropas. Un día en que el Rey salió de caza, cogió ella las camisetas y se dirigió al bosque. El ovillo le señaló el camino. Los niños, al ver desde lejos que alguien se acercaba, pensando que sería su padre, corrieron a recibirlo, llenos de gozo. Entonces ella les echó a cada uno una de las camisetas y, al tocar sus cuerpos, los transformó en cisnes, que huyeron volando por encima del bosque. Ya satisfecha regresó a casa creyéndose libre de sus hijastros. Pero resultó que la niña no había salido con sus hermanos, y la Reina ignoraba su existencia. Al día siguiente, el Rey fue a visitar a sus hijos y sólo encontró a la niña.
—¿Dónde están tus hermanos? —le preguntó el Rey.
—¡Ay, padre mío! —respondió la pequeña—. Se marcharon y me dejaron sola —y le contó lo que viera desde la ventana: cómo los hermanitos transformados en cisnes, habían salido volando por encima de los árboles; y le mostró las plumas que habían dejado caer y ella había recogido. Se entristeció el Rey, sin pensar que la Reina fuese la artista de aquella maldad. Temiendo que también le fuese robada la niña, quiso llevársela consigo. Mas la pequeña tenía miedo a su madrastra, y rogó al padre le permitiera pasar aquella noche en el castillo solitario.
Pensaba la pobre muchachita: —No puedo ya quedarme aquí; debo salir en busca de mis hermanos—. Y, al llegar la noche, huyó a través del bosque. Anduvo toda la noche y todo el día siguiente sin descansar, hasta que la rindió la fatiga. Viendo una cabaña solitaria, entró en ella y halló un aposento con seis diminutas camas; pero no se atrevió a meterse en ninguna, sino que se deslizó debajo de una de ellas, dispuesta a pasar la noche sobre el duro suelo.
Más a la puesta del sol oyó un rumor y, al mismo tiempo, vio seis cisnes que entraban por la ventana. Se posaron en el suelo y se soplaron mutuamente las plumas, y éstas les cayeron, y su piel de cisne quedo alisada como una camisa. Entonces reconoció la niña a sus hermanitos y, contentísima, salió a rastras de debajo de la cama. No se alegraron menos ellos al ver a su hermana; pero el gozo fue de breve duración.
—No puedes quedarte aquí —le dijeron—, pues esto es una guarida de bandidos. Si te encuentran cuando lleguen, te matarán.
—¿Y no podríais protegerme? —preguntó la niña.
—No —replicaron ellos—, pues sólo nos está permitido despojarnos, cada noche, que nuestro plumaje de cisne durante un cuarto de hora, tiempo durante el cual podemos vivir en nuestra figura humana, pero luego volvemos a transformarnos en cisnes.
Preguntó la hermanita, llorando:
—¿Y no hay modo de desencantaros?
—No —dijeron ellos—, las condiciones son demasiado terribles. Deberías permanecer durante seis años sin hablar ni reír, y en este tiempo tendrías que confeccionarnos seis camisas de velloritas. Una sola palabra que saliera de tu boca, lo echaría todo a rodar.
Y cuando los hermanos hubieron dicho esto, transcurrido ya el cuarto de hora, volvieron a remontar el vuelo, saliendo por la ventana.
Pero la muchacha había adoptado la firme resolución de redimir a sus hermanos, aunque le costase la vida. Salió de la cabaña y se fue al bosque, donde pasó la noche, oculta entre el ramaje de un árbol. A la mañana siguiente empezó a recoger velloritas para hacer las camisas. No podía hablar con nadie, y, en cuanto a reír, bien pocos motivos tenía. Llevaba ya mucho tiempo en aquella situación, cuando el Rey de aquel país, yendo de cacería por el bosque, pasó cerca del árbol que servía de morada a la muchacha. Unos monteros la vieron y la llamaron:
—¿Quién eres? —pero ella no respondió.
—Baja —insistieron los hombres—. No te haremos ningún daño —. Más la doncella se limitó a sacudir la cabeza. Los cazadores siguieron acosándola a preguntas, y ella les echó la cadena de oro que llevaba al cuello, creyendo que así se darían por satisfechos. Pero como los hombres insistieran, les echó el cinturón y luego las ligas y, poco a poco, todas las prendas de que pudo desprenderse, quedando, al fin, sólo con la camiseta. Más los tercos cazadores treparon a la copa del árbol y, bajando a la muchacha, la condujeron ante el Rey, el cual le pregunto:
—¿Quién eres? ¿Qué haces en el árbol? —pero ella no respondió. El Rey insistió, formulando de nuevo las mismas preguntas en todas las lenguas que conocía. Pero en vano; ella permaneció siempre muda. No obstante, viéndola tan hermosa, el Rey se sintió enternecido, y en su alma nació un gran amor por la muchacha. La envolvió en su manto y, subiéndola a su caballo, la llevó a palacio. Una vez allí mandó vestirla con ricas prendas, viéndose entonces la doncella más hermosa que la luz del día. Más no hubo modo de arrancarle una sola palabra. Sentóla a su lado en la mesa y su modestia y recato le gustaron tanto, que dijo:
—La quiero por esposa, y no querré a ninguna otra del mundo.
Y al cabo de algunos días se celebró la boda.
Pero la madre del Rey era una mujer malvada, a quien disgustó aquel casamiento, y no cesaba de hablar mal de su nuera.
—¡Quién sabe de dónde ha salido esta chica que no habla! —Murmuraba—. Es indigna de un Rey.
Transcurrido algo más de un año, cuando la Reina tuvo su primer hijo, la vieja se lo quitó mientras dormía, y manchó de sangre la boca de la madre. Luego se dirigió al Rey y la acusó de haber devorado al niño. El Rey se negó a darle crédito, y mandó que nadie molestara a su esposa. Ella, empero, seguía ocupada constantemente en la confección de las camisas, sin atender otra cosa. Y con el próximo hijo que tuvo, la suegra repitió la maldad, sin que tampoco el Rey prestara oídos a sus palabras. Dijo:
—Es demasiado piadosa y buena, para ser capaz de actos semejantes. Si no fuese muda y pudiese defenderse, su inocencia quedaría bien patente.
Pero cuando, por tercera vez, la vieja robó al niño recién nacido y volvió a acusar a la madre sin que ésta pronunciase una palabra en su defensa, el Rey no tuvo más remedio que entregarla un tribunal, y la infeliz reina fue condenada a morir en la hoguera.
El día señalado para la ejecución de la sentencia resultó ser el que marcaba el término de los seis años durante los cuales le había estado prohibido hablar y reír. Así había liberado a sus queridos hermanos del hechizo que pesaba sobre ellos. Además, había terminado las seis camisas, y sólo a la última le faltaba la manga izquierda. Cuando fue conducida la hoguera, se puso las camisas sobre el brazo y cuando, ya atada al poste del tormento, dirigió una mirada a su alrededor, vio seis cisnes, que se acercaban en raudo vuelo. Comprendiendo que se aproximaba el momento de su liberación, sintió una gran alegría. Los cisnes llegaron a la pira y se posaron en ella, a fin de que su hermana les echara las camisas; y no bien éstas hubieron tocado sus cuerpos, se les cayó el plumaje de ave y surgieron los seis hermanos en su figura natural, sanos y hermosos. Sólo al menor le faltaba el brazo izquierdo, sustituido por un ala de cisne. Se abrazaron y se besaron, y la Reina, dirigiéndose al Rey, que asistía, consternado, a la escena, rompiendo, por fin, a hablar, le dijo:
—Esposo mío amadísimo, ahora ya puedo hablar y declarar que sido calumniada y acusada falsamente —y relató los engaños de que había sido víctima por la maldad de la vieja, que le había robado los tres niños, ocultándolos.
Los niños fueron recuperados, con gran alegría del Rey, y la perversa suegra, en castigo, hubo de subir a la hoguera y morir abrasada. El Rey y la Reina, con sus seis hermanos, vivieron largos años en paz y felicidad.
FIN


Rey Thrushbeard – Jacob y Wilhelm Grimm


Un rey tenía una hija que tan bonita, más allá de toda medida, pero al mismo tiempo tan orgullosa y arrogante que ningún aspirante era lo bastante bueno para ella. Ella rechazó uno tras otro, ridiculizándolos también.
Una vez el rey patrocinó una gran fiesta e invitó a los hombres que quieren casarse de reinos lejanos y cercanos. Todos fueron puestos en línea. Primero los reyes, entonces los grandes duques, los príncipes, los condes, los barones, y la aristocracia. Entonces la hija del rey pasó a través de la línea, pero ella objetó a cada uno. Uno era demasiado gordo —El barril de vino—, ella dijo. Otro era demasiado alto —Delgado y alto, no es bueno en absoluto.— El tercio era demasiado corto —Corto nunca es rápido—. El cuarto estaba demasiado pálido —tan pálido como la muerte—. El quinto demasiado rojo —parece corona de gallo—. El sexto no era lo bastante recta —parece madera verde secada detrás de la estufa—.
Y así ella alguna objeción encontró a cada uno, pero ella ridiculizó a un buen rey bueno que estaba de pie al final de la fila sobre todo, a quien la barbilla había crecido un poco curvada.
—¡Parezca!— ella clamó, riéndose,— Él tiene una barbilla como el pico de un tordo—. Y desde entonces lo llamó Thrushbeard (barbilla de tordo).
El viejo rey, viendo que su hija ridiculizaba nada más que a las personas, burlándose de todos los aspirantes reunidos allí, se puso muy enfadado, y juró que ella tendría por marido a primero mendigo que tocara a su puerta.
Después unos días un trovador vino y cantó bajo la ventana, intentando ganar una pequeña propina.
Cuando el rey lo oyó dijo, —Permítale entrar.
Así que el trovador, en su ropa sucia y rota, entró y cantó ante el rey y su hija, y cuando hubo acabado que él pidió un pequeño regalo.
El rey dijo, —me gustó su canción tanto que yo le daré mi hija por esposa.—


La hija del rey miró aterrada, pero el rey dijo,— yo jure darla al primer el mendigo, y yo lo mantengo.—
Sus protestas no ayudaron. El sacerdote fue llamado, y ella tuvo que casarse con el trovador en seguida. Después de eso el rey dijo, —no es apropiado para usted, la esposa de un mendigo, ya quedarse en mi palacio. Todos que usted puede hacer ahora es marcharse con su marido—.
El mendigo la llevó fuera por la mano, y ella tuvo que salir con él, caminando de pie.
Ellos llegaron a un gran bosque y ella preguntó, —¿Quién posee este bonito bosque?—.
—Pertenece al Rey Thrushbeard. Si usted lo hubiera escogido, sería suyo.
—Oh, yo soy cosa miserable; Si sólo yo hubiera escogido al Rey Thrushbeard.
Después ellos cruzaron un prado, y ella preguntó de nuevo, —¿Quién posee este prado verde bonito?—.
—Pertenece a rey Thrushbeard. Si usted lo hubiera escogido, sería suyo.
—Oh, yo soy cosa miserable; Si sólo yo hubiera escogido al Rey de Thrushbeard.
Entonces ellos atravesaron un pueblo grande, y ella preguntó de nuevo, —¿Quién posee este pueblo grande y bonito?—.
—Pertenece a rey Thrushbeard. Si usted lo hubiera escogido sería suyo.—
—Oh, yo soy cosa miserable; Si sólo yo hubiera escogido al Rey Thrushbeard.
—No me gusta que usted esté deseando siempre para otro marido, —dijo el trovador—. ¿No soy lo bueno bastante para usted?
Por fin ellos llegaron a una choza muy pequeña, y ella dijo, —Oh bondad. Esa es una pequeña casa. ¿Quién posee esta choza diminuta miserable?—.
El trovador contestó, —Ésta es mi casa y suya, dónde nosotros viviremos juntos—.
Ella tuvo que inclinarse para entrar por la baja puerta.


—¿Dónde están los sirvientes? — dijo a la hija del rey.
—¿Qué sirvientes? —le contestado al mendigo—. Usted debe hacer todo usted si quiere algo hecho. Ahora haga fuego en seguida y ponga un poco de agua a hervir, para que usted pueda cocinarme algo que comer. Yo estoy muy cansado—.
Pero la hija del rey no sabía nada sobre encender fuegos o cocinar, y el mendigo tuvo que prestar una mano para conseguir que algo fuera hecho. Cuando ellos habían terminado su comida escasa se acostaron. Pero él le hizo levantarse muy temprano la siguiente mañana para hacer los quehaceres domésticos.
Durante unos días ellos vivieron de esta manera, como ellos pudieron, pero las provisiones se acabaron finalmente.
Entonces el hombre dijo, —la Esposa, nosotros no podemos seguir comiendo y bebiendo aquí y no ganando nada. Usted debe tejer cestos.— Él salió, cortó algunos sauces, y les trajo casa. Entonces ella empezó a tejer las cestos, pero los sauces duros cortaron en sus manos delicadas.


—Yo veo que esto no sirve, —dijo el hombre—. Usted puede hilar. Quizás usted pueda hacer ese bien.— Ella se sentó e intentó hilar, pero el hilo duro cortó pronto en sus dedos suaves hasta que ellos sangraran.
—Vea, —dijo al hombre—. Usted no es buena para ningún de trabajo. Yo hice un mal negocio con usted. Ahora yo intentaré empezar un negocio de venta de ollas y alfarería. Usted debe sentarse en el mercado y debe venderlas.
«¡Oh!» ella pensó. «¡Si las personas del reino de mi padre vienen al mercado y me ven sentada vendiendo trastos allí, cómo me ridiculizarán!»
Pero sus protestas no ayudaron. Ella tuvo que hacer lo que su marido exigió, a menos que ella deseara morirse de hambre.


Al principio le fue bien. Las personas compraron las mercancías de la mujer porque ella era bonita, y ellos le pagaron cualquier cosa que ella pidiera. Muchos igualan le daban dinero y le permitían guardar las ollas. Así que ellos se mantuvieron en lo que ella ganaba. Entonces el marido compró mucha nueva alfarería. Ella se sentó en la esquina del mercado y lo dispuso para la venta. Pero de repente vino un húsar ebrio que galopaba y montó derecho sobre las ollas, rompiéndolas en mil pedazos. Ella empezó a llorar, y tuvo el tanto miedo que ella no supo qué hacer.
—¡Oh! ¿Qué pasará a mí? —ella lloró—. ¿Qué mi marido dirá sobre esto? —Ella corrió a casa y contó el infortunio.
—¿Quién se sentaría en la esquina de un mercado con alfarería? —dijo el hombre—. Ahora pare sus gritos. Ya veo muy bien que usted no sirve para ningún trabajo ordinario. Yo estuve en el palacio de nuestro rey y le pregunté si ellos podían usar una sirvienta de la cocina. Ellos me prometieron tomarla. A cambio usted podrá traer la comida gratuitamente.
Ahora la hija del rey se hizo sirvienta de la cocina y tenía que estar disponible para el cocinero, y para hacer el trabajo más sucio. En cada uno de sus bolsillos ella ató un pequeño frasco en que ella llevaba a casa su porción de sobrantes. Y esto es de lo que ellos vivieron.
Pasó que la boda del mayor hijo del rey sería celebrada, así que la pobre mujer pobre no se resistió y se asomo por la puerta del vestíbulo para mirar. Cuando todas las luces fueron encendidas y las personas, cada uno más bonita que la otra entraban, todos estaban llenos de pompa y esplendor, ella pensó sobre su condición con un corazón triste, maldijo su orgullo que la había humillado y la habían llevado a tal pobreza.
El olor de los platos deliciosos en que estaban repartiéndose la lleno y de vez en cuando los sirvientes le tiraban unos trozos que ella puso en su frasco para llevar a casa.
Entonces de repente el hijo del rey entró, vestido en terciopelo y seda, con cadenas de oros alrededor de su cuello. Cuando él vio a la bonita mujer que está de pie en la puerta, la tomó por la mano y quiso bailar con ella. Pero ella se negó y tuvo miedo, porque ella vio que él era el Rey Thrushbeard, el aspirante quien ella había rechazado con desdén.
Sus forcejeos no ayudaron. Él la llevó al vestíbulo. Pero el cordón atado a sus bolsillos se rompió, y las ollas cayeron al suelo. La sopa corrió fuera y los trozos volaron por todas partes. Cuando las personas vieron esto, todos se rieron y la ridiculizaron. Ella estaba tan avergonzada que ella habría deseado estar a mil brazas bajo la tierra. Ella saltó fuera la puerta y quiso correr lejos, pero un hombre la dio alcance en los escalones y la detuvo. Y cuando ella lo miró era de nuevo el Rey Thrushbeard.
Él le dijo amablemente, —no tenga miedo. Yo y el trovador que hemos estado viviendo con usted en esa choza miserable somos el mismo. Por amor a usted me disfrace. Y yo también era el húsar que rompió su alfarería en mil pedazos. Todos esto fue hecho para humillar su espíritu orgulloso y castigar la arrogancia con que usted me ridiculizó.—
Entonces ella lloró amargamente y dijo, —yo estaba muy equivocada y no soy digna de ser su esposa.—
Pero él dijo, —Confortese. Los días malos han pasados. Ahora nosotros celebraremos nuestra boda—.
Entonces unas sirvientas vinieron y la vistió con la ropa más espléndida, y su padre y su corte entera vinieron y le desearon felicidad en su matrimonio con el Rey Thrushbeard, y su verdadera felicidad sólo empezaba ahora.

Cuentos de losHermanos Grimm


Las tres hilanderas – Hermanos Grimm


Erase una niña muy holgazana que no quería hilar. Ya podía desgañitarse su madre, no había modo de obligarla. Hasta que la buena mujer perdió la paciencia de tal forma, que la emprendió a bofetadas, y la chica se puso a llorar a voz en grito. Acertaba a pasar en aquel momento la Reina, y, al oír los lamentos, hizo parar la carroza, entró en la casa y preguntó a la madre por qué pegaba a su hija de aquella manera, pues sus gritos se oían desde la calle. Avergonzada la mujer de tener que pregonar la holgazanería de su hija, respondió a la Reina:
—No puedo sacarla de la rueca; todo el tiempo se estaría hilando; pero soy pobre y no puedo comprar tanto lino.
Dijo entonces la Reina:
—No hay nada que me guste tanto como oír hilar; me encanta el zumbar de los tornos. Dejad venir a vuestra hija a palacio conmigo. Tengo lino en abundancia y podrá hilar cuanto guste.
La madre asintió a ello muy contenta, y la Reina se llevó a la muchacha. Llegadas a palacio, condújola a tres aposentos del piso alto, que estaban llenos hasta el techo de magnífico lino.
—Vas a hilarme este lino —le dijo—, y cuando hayas terminado te daré por esposo a mi hijo mayor. Nada me importa que seas pobre; una joven hacendosa lleva consigo su propia dote.
La muchacha sintió en su interior una gran congoja, pues aquel lino no había quien lo hilara, aunque viviera trescientos años y no hiciera otra cosa desde la mañana a la noche.
Al quedarse sola, se echó a llorar y así se estuvo tres días sin mover una mano. Al tercer día presentóse la Reina, y extrañóse al ver que nada tenía hecho aún; pero la moza se excusó diciendo que no había podido empezar todavía por la mucha pena que le daba el estar separada de su madre. Contentóse la Reina con esta excusa, pero le dijo:
—Mañana tienes que empezar el trabajo.
Nuevamente sola, la muchacha, sin saber qué hacer ni cómo salir de apuros, asomóse en su desazón, a la ventana y vio que se acercaban tres mujeres: la primera tenía uno de los pies muy ancho y plano; la segunda un labio inferior enorme, que le caía sobre la barbilla; y la tercera, un dedo pulgar abultadísimo. Las tres se detuvieron ante la ventana y, levantando la mirada, preguntaron a la niña qué le ocurría. Contóles ella su cuita, y las mujeres le brindaron su ayuda:
—Si te avienes a invitarnos a la boda, sin avergonzarte de nosotras, nos llamas primas y nos sientas a tu mesa, hilaremos para ti todo este lino en un santiamén.
—Con toda el alma os lo prometo —respondió la muchacha—. Entrad y podéis empezar ahora mismo.
Hizo entrar, pues, a las tres extrañas mujeres, y en la primera habitación desalojó un espacio donde pudieran instalarse.
Inmediatamente pusieron manos a la obra. La primera tiraba de la hebra y hacía girar la rueda con el pie; la segunda, humedecía el hilo, la tercera lo retorcía, aplicándolo contra la mesa con el dedo, y a cada golpe de pulgar caía al suelo un montón de hilo de lo más fino. Cada vez que venía la Reina, la muchacha escondía a las hilanderas y le mostraba el lino hilado; la Reina se admiraba, deshaciéndose en alabanzas de la moza. Cuando estuvo terminado el lino de la primera habitación, pasaron a la segunda, y después a la tercera, y no tardó en quedar lista toda la labor. Despidiéronse entonces las tres mujeres, diciendo a la muchacha:
—No olvides tu promesa; es por tu bien.
Cuando la doncella mostró a la Reina los cuartos vacíos y la grandísima cantidad de lino hilado, se fijó enseguida el día para la boda. El novio estaba encantado de tener una esposa tan hábil y laboriosa, y no cesaba de ponderarla.
—Tengo tres primas —dijo la muchacha—, a quienes debo grandes favores, y no quiero olvidarme de ellas en la hora de mi dicha. Permitidme, pues, que las invite a la boda y las siente a nuestra mesa.
A lo cual respondieron la Reina y su hijo:
—¿Y por qué no habríamos de invitarlas?
Así, el día de la fiesta se presentaron las tres mujeres, magníficamente ataviadas, y la novia salió a recibirlas diciéndoles:
—¡Bienvenidas, queridas primas!
—¡Uf! —exclamó el novio—. ¡Cuidado que son feas tus parientas!
Y, dirigiéndose a la del enorme pie plano, le preguntó:
—¿Cómo tenéis este pie tan grande?
—De hacer girar el torno —dijo ella—, de hacer girar el torno.
Pasó entonces el príncipe a la segunda:
—¿Y por qué os cuelga tanto este labio?
—De tanto lamer la hebra —contestó la mujer—, de tanto lamer la hebra.
Y a la tercera
—¿Y cómo tenéis este pulgar tan achatado?
—De tanto torcer el hilo —replicó ella—, de tanto torcer el hilo.
Asustado, exclamó el hijo de la Reina:
—Jamás mi linda esposa tocará una rueca.
Y con esto se terminó la pesadilla del hilado.
FIN