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30 enero 2013

La Leyenda de San Valentin


La historia del día de San Valentín comienza en el siglo tercero con un tirano emperador romano y un humilde mártir cristiano. El emperador era Claudio III. El cristiano era Valentino. Claudio había ordenado a todos los cristianos adorar a doce dioses, y había declarado que asociarse con cristianos era un crimen castigado con la pena de muerte. Valentino se había dedicado a los ideales de Cristo y ni siquiera las amenazas de muerte le detenían de practicar sus creencias. Valentino fue arrestado y enviado a prisión. Durante las últimas semanas de su vida, algo impresionante sucedió. El carcelero, habiendo visto que Valentino era un hombre de letras, pidió permiso para traer a su hija, Julia, a recibir lecciones de Valentino. Julia, quien había sido ciega desde su nacimiento, era una joven preciosa y de mente ágil. Valentino le leyó cuentos de la historia romana, le enseñó aritmética y le habló de Dios. Ella vió el mundo a través de los ojos de Valentino, confió en su sabiduría y encontró apoyo en su tranquila fortaleza.
- "¿Valentino, es verdad que Dios escucha nuestras oraciones?", Julia le preguntó un día
- "Si, mi niña. El escucha todas y cada una de nuestra oraciones", le respondió Valentino"
- " ¿Sabes lo que le pido a Dios cada noche y cada mañana? Yo rezo porque pueda ver. Tengo grandes deseos de ver todo lo que me has contado!"
- "Dios siempre hace lo mejor para nosotros, si creemos en Él", Valentino le contestó
- "OH, Valentino, yo sí creo en Dios", dijo Julia con mucha intensidad. "Yo creo"
Ella se arrodilló y apretó la mano de Valentino. Se sentaron juntos, cada uno en oración. De pronto, una luz brillante iluminó la celda de la prisión. Radiante, Julia exclamó: - "Valentino, puedo ver, puedo ver!"
- "Gloria a Dios!", exclamó Valentino

En la víspera de su muerte, Valentino le escribió una última carta a Julia pidiéndole que se mantuviera cerca de Dios y la firmó "De Tu Valentino". Valentino fue ejecutado el día siguiente, el 14 de febrero del año 270, cerca de una puerta que más tarde fuera nombrada Puerta de Valentino para honrar su memoria. Fue enterrado en la que es hoy la Iglesia de Práxedes en Roma. Cuenta la leyenda que Julia plantó un Almendro de flores rosadas junto a su tumba. Hoy, el árbol de almendras es un símbolo de amor y amistad duraderos. En cada 14 de febrero, el día de San Valentín, mensajes de afecto, amor y devoción son intercambiados alrededor del mundo.

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Morozko, el Rey del Frío – Alekandr Nikoalevich Afanasiev [Cuento folclórico ruso]


Erase que se era un viejo que vivía con su mujer, también anciana, y con sus tres hijas, la mayor de las cuales era hijastra de aquélla. Como sucede casi siempre, la madrastra no dejaba nunca en paz a la pobre muchacha y la regañaba constantemente por cualquier pretexto.
—¡Qué perezosa y sucia eres! ¿Dónde pusiste la escoba? ¿Qué has hecho de la badila? ¡Qué sucio está este suelo!
Y, sin embargo, Marfutka podía servir muy bien de modelo, pues, además de linda, era muy trabajadora y modesta. Se levantaba al amanecer, iba en busca de leña y de agua, encendía la lumbre, barría, daba de comer al ganado y se esforzaba en agradar a su madrastra, soportando pacientemente cuantos reproches, siempre injustos, le hacía. Sólo cuando ya no podía más se sentaba en un rincón, donde se consolaba llorando.
Sus hermanas, con el ejemplo que recibían de su madre, le dirigían frecuentes insultos y la mortificaban grandemente; acostumbraban a levantarse tarde, se lavaban con el agua que Marfutka había preparado para sí y se secaban con su toalla limpia. Después de haber comido es cuando solían ponerse a trabajar.
El viejo se compadecía de su hija mayor, pero no sabía cómo intervenir en su favor, pues su mujer, que era la que mandaba en aquella casa, no le permitía nunca dar su opinión.
Las hijas fueron creciendo, llegaron a la edad de buscarles marido, y los ancianos calculaban el modo de casarlas lo mejor posible. El padre deseaba que las tres tuviesen acierto en la elección; pero la madre sólo pensaba en sus dos hijas y no en la hijastra. Un día se le ocurrió una idea perversa, y dijo a su marido:
—Oye, viejo, ya es hora de que casemos a Marfutka, pues pienso que mientras ella no se case tal vez suceda que las niñas pierdan un buen partido; así es que nos tenemos que deshacer de ella casándola lo antes posible.
—¡Bien! —dijo el marido, echándose sobre la estufa.
Entonces la vieja continuó:
—Yo ya le tengo elegido un novio; así es que mañana te levantarás al amanecer, engancharás el caballo al trineo y partirás con Marfutka; pero no te diré dónde debes ir hasta que llegue el momento de marchar.
Luego, dirigiéndose a su hijastra, le habló así:
—Y tú, hijita querida, meterás todas tus cosas en tu baulito y te vestirás con tus mejores galas, pues tienes que acompañar a tu padre a una visita.
Al día siguiente Marfutka se levantó al amanecer, se lavó cuidadosamente, recitó sus oraciones, saludó al padre y a la madre, puso lo poco que tenía en el pequeño baúl y se engalanó con su mejor vestido. Resultaba una novia hermosísima.
El viejo, cuando hubo enganchado el caballo al trineo, lo puso ante la puerta de la cabaña y dijo:
—Ya está todo listo; y tú, Marfutka, ¿estás también preparada?
—Sí, estoy pronta, padre mío.
—Bien —dijo la madrastra—; ahora es preciso que coman.
El anciano padre, lleno de asombro, pensó: «¿Por qué se sentirá hoy tan generosa la vieja?»
Cuando terminaba la colación, dijo la esposa al asombrado viejo y a su hijastra:
—Te he desposado, Marfutka, con el Rey del Frío. No es un novio joven ni apuesto, pero es, en cambio, riquísimo, y ¿qué más puedes desear? Con el tiempo llegarás a quererlo.
El anciano dejó caer la cuchara, que aún tenía en la mano, y con los ojos llenos de espanto miró suplicante a su mujer.
—Por Dios, mujer —lo dijo—. ¿Perdiste el juicio?
—No sirve ya que protestes; ¡está decidido, y basta! ¿No es acaso un novio rico? Pues entonces, ¿de qué quejarse? Todos los abetos, pinos y abedules los tiene cubiertos de plata. No tendrán que andar mucho; irán directamente hasta la primera bifurcación del camino, luego tirarán hacia la derecha, entrarán en el bosque, y cuando hayan corrido unas cuantas leguas verán un pino altísimo y allí quedará depositada Marfutka. Fíjate bien en el sitio que te digo para no olvidarlo, pues mañana volverás para hacerle una visita a la recién casada. ¡Ánimo, pues! Es preciso que no pierdan tiempo.
Era un invierno crudísimo el de aquel año; cubrían la tierra enormes montones de nieve helada y los pájaros caían muertos de frío cuando intentaban volar. El desesperado viejo abandonó el banco en que estaba sentado, acomodó en el trineo el equipaje de su hija, mandando a ésta que se abrigara bien con la pelliza, y al fin se pusieron los dos en camino.
Cuando llegaron al bosque se internaron en él. Era un bosque frondoso, y tan espeso que parecía infranqueable. Al llegar bajo el altísimo pino hicieron alto, y el viejo dijo a su hija:
—Baja, hija mía.
Marfutka lo obedeció y su padre descargó del trineo el baulito, que puso al pie del árbol. Hizo que su hija se sentara sobre él y dijo:
—Espera aquí a tu prometido y acógelo cariñosamente.
Se despidieron y el padre volvió a tomar el camino de su casa.
La pobre niña, al quedar sola al pie del altísimo pino, sentada sobre su baúl, sintió gran tristeza. Al poco rato empezó a tiritar, pues hacía un frío intensísimo que la iba invadiendo poco a poco. De pronto oyó allá a lo lejos al Rey del Frío, que hacía gemir al bosque saltando de un abeto a otro. Por fin llegó hasta el pino altísimo, y al descubrir a Marfutka le dijo:
—Doncellita, ¿tienes frío? ¿Tienes frío, hermosa?
—No, no tengo frío, abuelito —contestó la infeliz muchacha, mientras daba diente con diente.
El Rey del Frío fue descendiendo, haciendo gemir al pino más y más, y ya muy cerca de Marfutka volvió a preguntarle:
—Doncellita, ¿tienes frío? ¿Tienes frío, hermosa?
Y la pobrecita niña no le pudo responder porque ya empezaba a quedarse helada.
Entonces el rey sintió gran compasión por ella y la arropó bien con abrigos de pieles y le prodigó mil caricias. Luego le regaló un cofrecillo en el que había mil prendas lujosas y de valor, un capote forrado de raso y muchísimas piedras preciosas.
—Me conmoviste, niña, con tu docilidad y paciencia.
La perversa madrastra se levantó con el alba y se puso a freír buñuelos para celebrar la muerte de Marfutka.
—Ahora —dijo a su marido— vete a felicitar a los recién casados.
El viejo, pacientemente, enganchó el caballo al trineo y se marchó. Cuando llegó al pie del pino no daba crédito a sus ojos: Marfutka estaba sentada sobre el baúl, como la dejó la víspera, sólo que muy contenta y abrigada con un precioso abrigo de pieles; adornaba sus orejas con magníficos pendientes y a su lado se veía un soberbio cofre de plata repujada.
Cargó el viejo todo este tesoro en el trineo, hizo subir en él a su hija y, sentándose a su vez, arreó al caballo camino de su cabaña.
Mientras tanto, la vieja, que seguía su tarea de freír buñuelos, sintió que el Perrillo ladraba debajo del banco:
—¡Guau! ¡Guau! Marfutka viene cargada de tesoros.
Se incomodó la vieja al oírlo, y la rabia le hizo coger un leño, que tiró al can.
—¡Mientes, maldito! El viejo trae solamente los huesecitos de Marfutka.
Al fin se sintió llegar al trineo y la vieja se apresuró a salir a la puerta. Quedó asombrada. Marfutka venía más hermosa que nunca, sentada junto a su padre y ataviada ricamente. Junto a sí traía el cofre de plata que encerraba los regalos del Rey del Frío.
La madrastra disimuló su rabia, acogiendo con muestras de alegría y cariño a la muchacha, y la invitó a entrar en la cabaña, haciéndola sentar en el sitio de honor, debajo de las imágenes.
Sus dos hermanas sintieron gran envidia al ver los ricos presentes que le había hecho el Rey del Frío, y pidieron a su madre que las llevara al bosque para hacer una visita a tan espléndido señor.
—También nos regalará a nosotras —dijeron—, pues somos tan hermosas o más que Marfutka.
A la siguiente mañana la madre dio de comer a sus hijas, hizo que se vistieran con sus mejores vestidos y preparó todas las cosas necesarias para el viaje. Se despidieron ellas de su madre y, acompañadas del viejo, partieron hacia el mismo sitio donde quedara la víspera su hermana mayor. Y allí, bajo el pino altísimo, las dejó su padre.
Sentáronse las dos jóvenes una junto a otra, decididas a esperar y entretenidas en calcular las enormes riquezas del Rey del Frío. Llevaban bonísimos abrigos; pero, no obstante, empezaron a sentir mucho frío.
—¿Dónde se habrá metido ese rey? —dijo una de ellas—. Si continuamos así mucho rato llegaremos a helarnos.
—¿Y qué vamos a hacer? —dijo la otra—. ¿Te figuras tú que novios del rango del Rey del Frío se apresuran por ir a ver a sus prometidas? Y a propósito: ¿a quién crees tú que elegirá, a ti o a mí?
—Desde luego creo que a mí, porque soy la mayor.
—No, te engañas; me escogerá a mí.
—¡Serás tonta!
Se enzarzaron de palabras y concluyeron por reñir seriamente. Y riñeron, riñeron, hasta que de repente oyeron al Rey del Frío, que hacía gemir al bosque saltando de un abeto a otro.
Enmudecieron las jóvenes y sintieron al fin sobre el pino altísimo a su presunto prometido, que les decía:
—Doncellitas, doncellitas, ¿tienen frío? ¿Tienen frío, hermosas?
—¡Oh, sí, abuelo! Sentimos demasiado frío. ¡Un frío enorme! Esperándote, casi nos hemos quedado heladas. ¿Dónde te metiste para no llegar hasta ahora?
Descendió un tanto el Rey del Frío, haciendo gemir más y más al pino, y volvió a preguntarles:
—Doncellitas, doncellitas, ¿tienen frío? ¿Tienen frío, hermosas?
—¡Vete allá, viejo estúpido! Nos tienes medio heladas y todavía nos preguntas si tenemos frío. ¡Vaya! ¡Mira que venir encima con burlas! Danos de una vez los regalos o nos marcharemos inmediatamente de aquí.
Bajó entonces el Rey del Frío hasta el mismo suelo e insistió en la pregunta:
—Doncellitas, doncellitas, ¿tienen frío? ¿Tienen frío, hermosas?
Sintieron tal ira las hijas de la vieja, que ni siquiera se dignaron contestarle, y entonces el rey sintió también enojo y las aventó de tal modo que las jóvenes quedaron yertas en la misma actitud violenta que tenían; y todavía el Rey del Frío esparció sobre ellas gran cantidad de escarcha, alejándose por fin del bosque, saltando de un abeto a otro y haciendo gemir las ramas de los árboles bajo su agudo soplo…
Al día siguiente dijo la mujer a su esposo:
—¡Anda, hombre! Engancha de una vez el trineo, pon gran cantidad de heno y lleva contigo la mejor manta, pues con seguridad que mis hijitas tendrán mucho frío. ¿No ves el tiempo que está haciendo? ¡Anda! ¡Ve de prisa!
El anciano hizo todo lo que le decía su mujer y marchó en busca de las hijas. Al llegar al sitio del bosque donde quedaron las doncellas levantó las manos al cielo con gesto desesperado y lleno de estupor; sus dos hijas estaban muertas, sentadas al pie del altísimo pino. Fue preciso levantarlas para depositarlas en el trineo y dirigirse a casa.
Entretanto la vieja preparaba una comida suculenta para regalar a sus hijas; pero el Perrito ladró esta vez de nuevo bajo el banco de este modo:
—¡Guau! ¡Guau! Viene el viejo, pero sólo trae los huesecitos de tus hijas.
La mujer, encolerizada, le tiró un leño.
—¡Mientes, maldito! El viejo viene con nuestras hijas y traen además el trineo cargado de tesoros.
Por fin llegó el anciano, y salió la esposa a recibirle; pero quedó como petrificada: sus dos hijas venían yertas tendidas sobre el trineo.
—¿Qué hiciste, viejo idiota? —le dijo—. ¿Qué hiciste con mis hijas, con nuestras niñas adoradas? ¿Es que quieres que te golpee con el hurgón?
—¡Qué quieres que le hagamos, mujer! —contestó el viejo con desesperado acento—. Todos hemos tenido la culpa: ellas, las infelices, por haber sentido envidia y deseo de riquezas; tú, por no haberlas disuadido, y yo he pecado siempre dejándote hacer cuanto te vino en gana. Ahora ya no tiene remedio.
Se desesperó y lloró la mujer con lágrimas de amargura y se rebeló contra el marido; pero el tiempo mitigó penas y rencores y al final hicieron las paces. Y desde entonces fue menos despiadada con Marfutka, la que pasado algún tiempo se casó con un buen mozo, bailando los dos ancianos el día del desposorio.


La alforja encantada – Alekandr Nikoalevich Afanasiev [Cuento folclórico ruso]

Había una vez un hombre casado con una mujer extraordinariamente pendenciera. El pobre hombre no tenía un momento de tranquilidad, pues por cualquier nadería lo abrumaba a denuestos su mujer, y si él se atrevía alguna vez a replicar, lo echaba a escobazos de la cocina. Al desgraciado no le quedaba otro consuelo que ir al campo a cazar conejos con lazo y pájaros con trampas que colgaba de los árboles, porque cuando llevaba buena caza, su mujer se calmaba y dejaba de atormentarlo durante uno o dos días y él gustaba unas horas de paz.
Un día salió al campo, preparó sus armadijos cogió una grulla.
—¡Qué suerte la mía! —pensó el buen hombre.­ Cuando vuelva a casa con esta grulla y mi mujer la mate y la ase, dejará de molestarme por algún tiempo.
Pero la grulla adivinó su pensamiento y le dijo con voz humana:
—No me lleves a tu casa ni me mates; déjame vivir en libertad, y serás para mí como un padre querido y yo seré tan buena para ti como una hija.
El hombre se quedó atónito y soltó a la grulla, pero al volver a casa con las manos vacías, lo abroncó su mujer de tal manera, que el infeliz hubo de pasar la noche en el patio, bajo la escalera. Al día siguiente, muy temprano, se marchó al campo y estaba preparando sus armadijos, cuando vio a la grulla del día antes que se le acercaba con una alforja en el pico.
—Ayer —dijo la grulla— me diste la libertad y hoy te traigo un regalito. Ya me lo puedes agradecer. ¡Mira!.
Dejó la alforja en el suelo y gritó:
—¡Los dos fuera de la alforja!
Y he aquí que, sin saber cómo, saltaron de la alforja dos jóvenes, que en un momento prepararon una mesa llena de los manjares más exquisitos que puedan imaginarse. El hombre se hartó de comer las cosas más sabrosas que en su vida había probado, y sólo se levantó de la mesa cuando la grulla gritó:
—¡Los dos a la alforja!
Y jóvenes, mesa y manjares desaparecieron como por encanto.
—Toma esta alforja —dijo la grulla,—y llévasela a tu mujer.
El hombre dio las gracias y se encaminó a su casa, pero de pronto le entró el deseo de lucir su adquisición ante su madrina y fue a verla. Preguntó por su salud y la de sus tres hijos y dijo:
—Dame algo de comer y Dios te lo pagará.
La madrina le dio lo que tenía en la despensa, pero el ahijado hizo una mueca de disgusto y dijo a su madrina:
—¡Vaya una triste comida! Es mejor lo que yo traigo en la alforja. Voy a obsequiarte.
—Bueno, venga.
El hombre cogió la alforja, la puso en el suelo y gritó:
—¡Los dos fuera de la alforja!
Y al momento saltaron de la alforja dos jóvenes que prepararon una mesa y la llenaron de platos exquisitos como la madrina no había visto en su vida.
La madrina y las tres hijas comieron hasta que se hartaron; pero la madrina tenía malas ideas y pensaba quedarse con la alforja del ahijado. Lo halagó con palabras lisonjeras y le dijo:
—Mi querido hijo de pila, veo que estás hoy muy cansado y te sentaría muy bien un baño. Todo lo tenemos preparado para calentarlo.
Al ahijado no le desagradaba un baño y aceptó de mil amores. Colgó la alforja de un clavo y se fue a bañar. Pero la madrina dio prisa a sus hijas para que cosieran una alforja idéntica a la de su ahijado y cuando la tuvieron lista la cambió por la que estaba colgada. El buen hombre nada notó de aquel cambio y con la alforja recién cosida se dirigió a su casa, contento como unas pascuas. Cantaba y silbaba y antes de llegar a la puerta llamó a gritos a su mujer, diciendo:
—¡Mujer, mujer, felicítame por el regalo que me ha hecho la grulla!
La mujer lo miró, pensando: “Tú has estado bebiendo en alguna parte y buena la has pillado. ¡Yo te enseñaré a no emborracharte!”
El hombre entró y sin perder tiempo, dejó la alforja en el suelo y gritó:
—¡Los dos fuera de la alforja!
Pero de la alforja no salió nada, y volvió a gritar:
—¡Los dos fuera de la alforja!
Y… ¡nada!. La mujer, al ver aquello, se puso como una fiera y se arrojó sobre su marido, cogiendo de paso un estropajo, y mal lo hubiera pasado el hombre sin la precaución de escaparse de casa.
El desgraciado se encaminó al mismo lugar del campo, porque pensaba: “Tal vez encuentre a la grulla y me dé otra alforja”. Y en efecto, la grulla ya lo esperaba en el mismo lugar del campo con otra alforja.
—Aquí tienes otra alforja que te hará tan buen servicio como la primera.
El hombre se inclinó hasta la cintura y se volvió a casa corriendo. Pero, mientras corría, le asaltó esta duda: “Si esta alforja no fuese lo mismo que la primera se armaría la gorda con mi mujer y no me libraría de ella ni ocultándome bajo tierra”. Vamos a probar:
—¡Los dos fuera de la alforja!
Inmediatamente salieron de la alforja dos jóvenes que empuñaban sendos garrotes y se pusieron a apalearlo gritando: “¡No vayas a casa de tu madrina ni te dejes engatusar con palabras melosas!” Y siguieron descargando garrotazos sobre el hombre, hasta que éste gritó:
—¡Los dos a la alforja!
Los jóvenes desaparecieron en la alforja.
—Bueno —pensó el buen hombre,—llevé la primera alforja a casa de la madrina como un imbécil; pero no seré tan tonto de no llevar ésta también. ¡A ver si me la cambiará! ¡Entonces sí que quedaría bien lucida!
Se dirigió bien contento a casa de su madrina, colgó la alforja en el clavo de la pared y dijo:
—Te agradeceré que me calientes el baño, madrina.
—Con mucho gusto, ahijado.
El hombre se cerró en el cuarto de baño, dispuesto a permanecer mucho rato. La mujer llamó a sus hijas, las hizo sentar a la mesa y dijo:
—¡Los dos fuera de la alforja!
Y de la alforja salieron de un salto los dos jóvenes con los garrotes que empezaron a descargar golpes a diestro y siniestro, gritando:
—¡Devolved al hombre su alforja!
La mujer ordenó a su hija mayor:
—Llama a mi ahijado que está en el baño, y dile que estos dos me están moliendo a palos.
Pero el ahijado contestó desde el baño:
—Aun no he acabado de bañarme.
La mujer mandó a su hija menor, pero el ahijado contestó desde el baño:
—Aun no he acabado de secarme.
Y los dos jóvenes no cesaban de descargar garrotazos diciendo:
—¡Devuelve al hombre su alforja!
La madrina no pudo soportar más golpes y mandó a sus hijas que cogiesen la alforja y se la llevasen a su ahijado al cuarto de baño. Éste entonces salió del baño y gritó:
—¡Los dos a la alforja!
Los dos jóvenes de los garrotes desaparecieron para siempre. Entonces el hombre cogió las dos alforjas y se fue a casa. Y de nuevo gritó antes de llegar:
—¡Felicítame, mujer, por el regalo que me a hecho el hijo de la grulla!
La mujer se enfureció al oír aquello y se asomó con la escoba. Pero el hombre, apenas entró en casa gritó:
—¡Los dos fuera de la alforja!
Inmediatamente apareció la mesa ante la mujer, y los dos jóvenes la llenaron de platos de los más exquisitos manjares. La mujer comió, bebió y se mostró tierna y sumisa.
—¡Bueno, vida mía, ya no te molestaré más!
Pero el hombre, después de comer, cogió la alforja sin que su mujer la viera, y la escondió, dejando en su lugar la otra. La mujer, llena de curiosidad, quiso probar por sí misma cómo funcionaba la alforja, y gritó:
—¡Los dos fuera de la alforja!
Inmediatamente aparecieron los dos jóvenes empuñando sendos garrotes y empezaron a descargar garrotazos sobre la mujer, mientras gritaban:
—¡No maltrates a tu marido! ¡No maldigas a tu marido!
La mujer chillaba como una condenada, gritando a su marido que acudiese en su auxilio. El buen hombre se compadeció de ella, entró y dijo:
—¡Los dos a la alforja!
Y los dos desaparecieron en la alforja.
Desde entonces el matrimonio vivió en tan dulce paz, que el hombre no se cansa de poner a su mujer por las nubes, y el cuento se acabó.


La bruja Baba Yaga y la huérfana – Alekandr Nikoalevich Afanasiev [Cuento folclórico ruso]



Vivía en otros tiempos un comerciante con su mujer; un día ésta se murió, dejándole una hija. Al poco tiempo el viudo se casó con otra mujer, que, envidiosa de su hijastra, la maltrataba y buscaba el modo de librarse de ella.
Aprovechando la ocasión de que el padre tuvo que hacer un viaje, la madrastra le dijo a la muchacha:
—Ve a ver a mi hermana y pídele que te dé una aguja y un poco de hilo para que te cosa una camisa.
La hermana de la madrastra era una bruja, y como la muchacha era lista, decidió ir primero a pedir consejo a otra tía suya, hermana de su padre.
—Buenos días, tiíta.
—Muy buenos, sobrina querida. ¿A qué vienes?
—Mi madrastra me ha dicho que vaya a pedir a su hermana una aguja e hilo, para que me cosa una camisa.
—Acuérdate bien —le dijo entonces la tía— de que un álamo blanco querrá arañarte la cara: tú átale las ramas con una cinta. Las puertas de una cancela rechinarán y se cerrarán con estrépito para no dejarte pasar; tú úntale los goznes con aceite. Los perros te querrán despedazar; tírales un poco de pan. Un gato feroz estará encargado de arañarte y sacarte los ojos; dale un pedazo de jamón.
La chica se despidió, cogió un poco de pan, aceite y jamón y una cinta, se puso a andar en busca de la bruja y finalmente llegó.
Entró en la cabaña, en la cual estaba sentada la bruja Baba Yaga sobre sus piernas huesosas, ocupada en tejer.
—Buenos días, tía.
—¿A qué vienes, sobrina?
—Mi madre me ha mandado que venga a pedirte una aguja e hilo para coserme una camisa.
—Está bien. En tanto que lo busco, siéntate y ponte a tejer.
Mientras la sobrina estaba tejiendo, la bruja salió de la habitación, llamó a su criada y le dijo:
—Date prisa, calienta el baño y lava bien a mi sobrina, porque me la voy a comer.
La pobre muchacha se quedó medio muerta de miedo, y cuando la bruja se marchó, dijo a la criada:
—No quemes mucha leña, querida; mejor es que eches agua al fuego y lleves el agua al baño con un colador.
Y diciéndole esto, le regaló un pañuelo.
Baba Yaga, impaciente, se acercó a la ventana donde trabajaba la chica y le preguntó a ésta:
—¿Estás tejiendo, sobrinita?
—Sí, tiíta, estoy trabajando.
La bruja se alejó de la cabaña, y la muchacha, aprovechando aquel momento, le dio al gato un pedazo de jamón y le preguntó cómo podría escaparse de allí. El gato le dijo:
—Sobre la mesa hay una toalla y un peine: cógelos y echa a correr lo más de prisa que puedas, porque la bruja Baba Yaga correrá tras de ti para cogerte; de cuando en cuando échate al suelo y arrima a él tu oreja; cuando oigas que está ya cerca, tira al suelo la toalla, que se transformará en un río muy ancho. Si la bruja se tira al agua y lo pasa a nado, tú habrás ganado delantera. Cuando oigas en el suelo que no está lejos de ti, tira el peine, que se transformará en un espeso bosque, a través del cual la bruja no podrá pasar.
La muchacha cogió la toalla y el peine y se puso a correr. Los perros quisieron despedazarla, pero les tiró un trozo de pan; las puertas de una cancela rechinaron y se cerraron de golpe, pero la muchacha untó los goznes con aceite, y las puertas se abrieron de par en par. Más allá, un álamo blanco quiso arañarle la cara; entonces ató las ramas con una cinta y pudo pasar.
El gato se sentó al telar y quiso tejer; pero no hacía más que enredar los hilos. La bruja, acercándose a la ventana, preguntó:
—¿Estás tejiendo, sobrinita? ¿Estás tejiendo, querida?
—Sí, tía, estoy tejiendo —respondió con voz ronca el gato.
Baba yaga entró en la cabaña, y viendo que la chica no estaba y que el gato la había engañado, se puso a pegarle, diciéndole:
—¡Ah viejo goloso! ¿Por qué has dejado escapar a mi sobrina? ¡Tu obligación era quitarle los ojos y arañarle la cara!
—Llevo mucho tiempo a tu servicio —dijo el gato— y todavía no me has dado ni siquiera un huesecito, y ella me ha dado un pedazo de jamón.
Baba Yaga se enfadó con los perros, con la cancela, con el álamo y con la criada y se puso a pegarles  a todos.
Los perros le dijeron:
—Te hemos servido muchos años sin que tú nos hayas dado ni siquiera una corteza dura de pan quemado, y ella nos ha regalado con pan fresco.
La cancela dijo:
—Te he servido mucho tiempo sin que a pesar de mis chirridos me hayas engrasado con sebo, y ella me ha untado los goznes con aceite.
El álamo dijo:
—Te he servido mucho tiempo, sin que me hayas regalado ni siquiera un hilo, y ella me ha engalanado con una cinta.
La criada exclamó:
—Te he servido mucho tiempo, sin que me hayas dado ni siquiera un trapo, y ella me ha regalado un pañuelo.
Baba Yaga se apresuró a sentarse en el mortero; arreándole con el mazo y barriendo con la escoba sus huellas, salió en persecución de la muchacha. Ésta arrimó su oído al suelo para escuchar y oyó acercarse a la bruja. Entonces tiró al suelo la toalla, y al instante se formó un río muy ancho.
Baba Yaga llegó a la orilla, y viendo el obstáculo que se le interponía en su camino, rechinó los dientes de rabia, volvió a su cabaña, reunió a todos sus bueyes y los llevó al río: los animales bebieron toda el agua y la bruja continuó la persecución de la muchacha.
Ésta arrimó otra vez su oído al suelo y oyó que Baba Yaga estaba ya muy cerca: tiró al suelo el peine y se transformó en un bosque espesísimo y frondoso.
La bruja se puso a roer los troncos de los árboles para abrirse paso; pero a pesar de todos sus esfuerzos no lo consiguió, y tuvo que volverse furiosa a su cabaña.
Entretanto, el comerciante volvió a casa y preguntó a su mujer.
—¿Dónde está mi hijita querida?
—Ha ido a ver a su tía —contestó la madrastra.
Al poco rato, con gran sorpresa de la madrastra, regresó la niña.
—¿Dónde has estado? —le preguntó el padre.
—¡Oh padre mío! Mi madre me ha mandado a casa de su hermana a pedirle una aguja con hilo para coserme una camisa, y resulta que la tía es la mismísima bruja Baba Yaga , que quiso comerme.
—¿Cómo has podido escapar de ella, hijita?
Entonces la niña le contó todo lo sucedido.
Cuando el comerciante se enteró de la maldad de su mujer, la echó de su casa y se quedó con su hija.
Los dos vivieron en paz muchos años felices.


La zarevna Belleza Inextinguible – Alekandr Nikoalevich Afanasiev [Cuento folclórico ruso]


Hace mucho tiempo, en cierto país de cierto Imperio, vivía el famoso Zar Afron Afronovich. Tenía tres hijos: el mayor era el Zarevitz Dimitri, el segundo, el Zarevitz Vasili, y el tercero, el Zarevitz Iván. Todos eran buenos mozos. El menor tenía diecisiete años cuando el Zar Afron frisaba en los sesenta. Y un día, mientras el Zar estaba reflexionando y contemplando a sus hijos, se le ensanchó el corazón y pensó: “Verdaderamente, la vida es deliciosa para estos jóvenes, que pueden disfrutar de este mundo de maravillas que Dios creó; pero yo resbalo por la pendiente de la vejez, empiezan a afligirme los achaques y poca alegría me ofrece ya este mundo. ¿Qué será de mí en adelante? ¿Cómo podría librarme de la senectud?”
Y así pensando, se quedó dormido y tuvo un sueño. En una tierra desconocida, más allá del país Tres Veces Nueve, en el Imperio Tres Veces Diez, habitaba la Zarevna Belleza Inextinguible, la hija de tres madres, la nieta de tres abuelas, la hermana de nueve hermanos, y bajo la almohada de esta Zarevna se guardaba un frasco de agua de la vida, y todos los que bebían de esta agua rejuvenecían treinta años.
Apenas se despertó el Zar, llamó a sus hijos y a todos los sabios del reino y les dijo:
—Interpretadme el sueño, sabios y perspicaces consejeros. ¿Qué he de hacer para encontrar a esta Zarevna?
Los sabios guardaron silencio. Los perspicaces se atusaban la barba, bajaban y levantaban la vista, se retorcían las manos, y por fin contestaron:
—¡Oh, Soberano Zar! Aunque no hemos visto eso con los ojos, hemos oído hablar de esa Zarevna Belleza Inextinguible; pero no sabemos dónde se halla ni el camino que conduce a ella.
Apenas oyeron esto los tres Zarevitzs, imploraron los tres a una voz:
—¡Querido padre Zar! Danos tu bendición y envíanos a las cuatro partes del mundo, para que podamos ver tierras y conozcamos a la gente y nos demos a conocer hasta que descubramos a la Zarevna Belleza Inextinguible.
El padre accedió, les dio provisiones para el viaje, se despidió de ellos con ternura y los mandó a las cuatro partes del mundo. Al salir de la ciudad, los hermanos mayores se dirigieron a la derecha, pero el menor, el Zarevitz Iván, se dirigió a la izquierda. Sólo se habrían alejado de casa unos centenares de leguas los hermanos mayores cuando acertaron a encontrar en el camino a un anciano, que les preguntó:
—¿Adónde vais, jóvenes? ¿Hacéis un viaje muy largo?
A lo que replicaron los jóvenes:
—¡Apártate, perillán! ¿Qué te importa a ti?
El anciano siguió su camino en silencio. Los Zarevitzs continuaron andando toda la noche y todo el día siguiente y una semana entera y llegaron a un paraje tan agreste, que no podían ver ni tierra ni cielo, ni habitación ni ser viviente, y en lo más desolado de este desierto encontraron a otro anciano, más viejo que el primero.
—¡Hola, buenos jóvenes! —dijo a los Zarevitzs.—¿Sois unos holgazanes o vais en busca de algo?
—Claro que vamos en busca de algo. ¡Buscamos a la Zarevna Belleza Inextinguible con su frasco de agua de la vida!
—¡Ay, hijos míos! —exclamó el anciano.—¡Cuánto mejor sería que no fueseis allí!
—¿Por qué? ¡Vamos a ver!
—Os lo diré. Tres ríos cruzan este camino, ríos muy anchos y caudalosos. En cada uno de estos ríos hay un barquero. El primer barquero os cortará el brazo derecho, el segundo os cortará el izquierdo; pero el tercero ¡os cortará la cabeza!
Los dos hermanos se quedaron tan consternados, que sus rubias cabezas cayeron de sus robustos hombros, y pensaron para sí: “¿Hemos de perder la vida para salvar la de nuestro padre? Más vale que volvamos a casa vivos y esperemos el buen tiempo para divertirnos por la playa”. Y retrocedieron. Y cuando estaban a veinticuatro horas de su casa, decidieron quedarse en el campo. Levantaron sus tiendas con sus mástiles de oro, dejaron que paciesen los caballos y dijeron: “Aquí descansaremos esperando a nuestro hermano”.
Pero el Zarevitz Iván se condujo en el viaje de muy otra manera. Encontró en el camino al mismo anciano que se había cruzado con sus hermanos y escuchó de él la misma pregunta:
—¿Adónde vas, joven? ¿Haces un viaje muy largo?
Y el Zarevitz Iván replicó:
—¿Qué te importa? ¡Nada tengo que decirte!
Pero luego, cuando ya se había alejado un poco, reflexionó en lo que había hecho. “¿Por qué he contestado al anciano tan groseramente? Los hombres de edad saben muchas cosas. Tal vez me hubiera aconsejado bien”.
Volvió grupas, alcanzó al anciano y le dijo:
—¡Espera, padrecito! No he oído bien lo que me has dicho.
—Te he preguntado si hacías un viaje muy largo.
—Te diré, abuelo. El caso es que voy en busca de la Zarevna Belleza Inextinguible, la hija de tres madres, la nieta de tres abuelas, la hermana de nueve hermanos. Deseo obtener de ella el agua de la vida para mi padre el Zar.
—Has hecho perfectamente, buen joven, de contestar como un caballero, y por eso te enseñaré el camino. Pero nunca llegarías con un caballo ordinario.
—¿Pero dónde podré encontrar un caballo extraordinario?
—Te lo diré. Vuelve a casa y ordena a los palafreneros que lleven hasta el mar azul a todos los caballos de tu padre, y al que se destaque de los otros para meterse en el agua hasta el cuello y empiece a beber hasta que el mar azul se agite y rompan las olas de orilla a orilla, elígelo y móntalo.
—Gracias por tus sabias palabras, abuelo.
El Zarevitz hizo lo que el viejo le aconsejó. Eligió la más briosa cabalgadura entre los caballos de su padre, veló todo la noche, y cuando al día siguiente salió de la ciudad en su nueva cabalgadura, el caballo le habló con voz humana:
—¡Zarevitz Iván, apéate! He de darte tres bofetadas para probar tu musculatura de héroe.
Le dio una bofetada, le dio otra; pero no le dio la tercera.
—Estoy viendo —dijo—que si te diera otra bofetada, el mundo no podría sostenernos a los dos.
Entonces, el Zarevitz Iván montó a caballo, se puso la armadura de caballero, y armado con la espada invencible de su padre, emprendió el viaje. Caminaron día y noche durante un mes y durante dos meses y durante tres, y llegaron a un terreno donde el caballo se hundía en agua hasta la rodilla y en hierba hasta el cuello, mientras el pobre joven no tenía nada que comer. Y en medio de este lugar desierto encontraron una choza miserable que se sostenía sobre una pata de gallina y dentro estaba la Baba Yaga, la de las piernas huesudas, con las piernas estiradas de un ángulo a otro. El Zarevitz Iván entró en la choza y gritó:
—¡Hola, abuela!
—Salud, Zarevitz Iván. ¿Vienes a descansar o vas en busca de algo?
—Voy en busca de algo, abuela. Voy más allá de las tierras Tres Veces Nueve al Imperio de Tres Veces Diez, en busca de la Zarevna Belleza Inextinguible. Quiero pedirle el agua de la vida para mi padre, el Zar.
Baba Yaga contestó:
—Aunque no lo he visto con mis ojos, ha llegado a mis oídos; pero no podrás llegar.
—¿Por qué?
—Porque hay tres barqueros que la guardan. El primero te cortará la mano derecha, el segundo te cortará la mano izquierda, y el tercero te cortará la cabeza.
—Y bien, abuela, ¿qué importa una cabeza?
—¡Ay, Zarevitz Iván! ¡Cuánto mejor sería que te volvieras por donde has venido! ¡Aun eres joven y tierno, no has estado nunca en lugares peligrosos, no has presenciado grandes horrores!
—¡Calla, abuela! La flecha que sale del arco no vuelve atrás.
Se despidió de Baba Yaga para continuar su viaje y no tardó en llegar a la primera barca. Vio a los barqueros dormidos en ella y se detuvo a reflexionar. “Si grito para despertarlos —pensó—los dejaré sordos para toda la vida y si silbo con todas mis fuerzas hundiré la barca”. Por consiguiente lanzó un ligero silbido y los barqueros salieron de su profundo sueño y lo pasaron a remo.
—¿Qué os debo por el trabajo? —les preguntó.
—¡No discutamos y danos tu brazo derecho! ­contestaron a una los barqueros.
—Mi brazo derecho, no; ¡lo necesito para mí! ­replicó el Zarevitz Iván. Y desenvainando su pesada espada empezó a repartir mandobles a diestro y siniestro, hiriendo a los barqueros hasta que los dejó medio muertos. Y hecho esto prosiguió su camino y usó el mismo procedimiento para abatir a los otros dos enemigos.
Por fin llegó al Imperio de Tres Veces Diez y en la frontera encontró a un hombre salvaje, alto como un árbol del bosque y gordo como un almiar, y su mano empuñaba una clava de roble. Y el gigante dijo al Zarevitz Iván:
—¿Adónde vas, gusano?
—Voy al reino de la Zarevna Belleza Inextinguible en busca del agua de la vida para mi padre el Zar.
—¿Cómo te atreves a tanto, pigmeo? ¿No sabes que hace siglos soy yo el guardián de su reino? Te advierto que me alimento de héroes, y aunque los jóvenes que vinieron antes montaban más que tú, todos cayeron en mis manos y sus huesos están esparcidos por aquí. ¡En cuanto a ti, no tengo para sacar de pena mi estómago, pues no eres más que un gusano!
El Zarevitz comprendió que no podría derribar al gigante y cambió de dirección. Anda que andarás, se metió con su caballo por lo más intrincado de un bosque, hasta que llegó a una choza donde vivía una vieja muy vieja, que al ver al joven exclamó:
—¡Salud, Zarevitz Iván! ¿Cómo te ha guiado Dios hasta aquí?
El Zarevitz le reveló sus secretos y la vieja, compadecida de él, le dio un manojo de hierbas venenosas y una pelota.
—Baja al llano —le dijo,—enciende una hoguera y arroja al fuego esta hierba. Pero ten mucho cuidado. Si no te pones al lado de donde sopla el viento, el fuego se convertiría en tu enemigo. El humo llevado por el viento hará caer al gigante en un profundo sueño, entonces le cortas la cabeza, arrojas la pelota ante ti y la sigues a donde vaya. La pelota te llevará a las tierras donde reina la Zarevna Belleza Inextinguible. La Zarevna pasea por allí durante nueve días y el día décimo recobra las fuerzas durmiendo el sueño de los héroes en su palacio. Pero guárdate de entrar por la puerta. Salta por encima del muro con todas tus fuerzas y procura que no tropiecen tus pies con los cordeles tendidos en lo alto, porque despertarías a todo el Imperio y no escaparías con vida. Pero cuando hayas saltado el muro, entra enseguida al palacio y dirígete al dormitorio; abre la puerta con mucha precaución y coge el frasco de agua de la vida que hallarás bajo la almohada de la Zarevna. Pero una vez el frasco en tu poder, vuelve atrás inmediatamente y ¡no te quedes ni un momento contemplando la belleza de la Zarevna, porque en tu mocedad no podrías resistirla!
El Zarevitz Iván dio las gracias a la vieja e hizo cuanto le ordenó. Apenas encendió el fuego, arrojó a las llamas la hierba de modo que el humo flotase en dirección al lugar donde el gigante estaba montando la guardia. Enseguida se le nublaron los ojos, bostezó y cayó al suelo dormido como un tronco. El Zarevitz le cortó la cabeza, arrojó la pelota y echó a correr tras ella. Corre que correrás, corre que correrás, la pelota no dejó de rodar hasta que, entre el verde del bosque se destacó relumbrante el palacio de oro. De pronto se levantó del palacio y a lo largo del camino una nube de polvo, entre el que relucían lanzas y corazas, y al mismo tiempo llegaba un ruido como de escuadrones de guerreros en marcha. La pelota se desvió del camino y el Zarevitz la siguió entre unas malezas que lo ocultaban. Allí se apeó y dejó que el caballo paciese, mientras él observaba a la Zarevna Belleza Inextinguible que se acercaba con su séquito y se detenía en unos hermosos prados para recrearse. Y todo el séquito de la Zarevna estaba compuesto de doncellas a cual más hermosa, pero la belleza inextinguible de la Zarevna se destacaba entre ellas como la luna entre las estrellas.
Levantaron tiendas de campaña y allí estuvieron distrayéndose durante nueve días con diversos juegos; pero el Zarevitz como un lobo hambriento, no podía apartar sus ojos de la Zarevna, y por mucho que miraba nunca estaba satisfecho. Por fin, el décimo día, cuando todo el mundo dormía en la dorada corte de la Zarevna, el joven espoleó el caballo con todo su fuerza, y de un brinco fue a parar al jardín del departamento de las doncellas de compañía; ató las riendas de su caballo a un poste y con las precauciones de un ladrón se introdujo en el palacio y se encaminó directamente al aposento principesco, donde la Zarevna Belleza Inextinguible, tendida en un blando lecho, dormía su sueño heroico.
El Zarevitz cogió el frasco del agua de la vida que la durmiente guardaba bajo la almohada, con propósito de escapar de allí corriendo; pero aquel acto era demasiado tentador para su corazón de doncel e inclinándose sobre la Zarevna besó tres veces sus labios, más dulces que la miel. Pero no bien hubo salido del palacio y hubo brincado por encima del muro, montado en su brioso corcel, se despertó la princesa a causa de los besos.
Belleza Inextinguible montó de un salto su yegua veloz como el viento y se lanzó en persecución del Zarevitz Iván. Éste estimulaba a su brioso corcel, tirando de las riendas de seda y golpeando sus ijares con el látigo hasta que el animal volvió la cabeza para hablarle de esta manera:
—¿Qué sacarás con pegarme, Zarevitz Iván? Ni las aves del aire ni las bestias de la selva podrían escapar ni burlar a esa yegua. ¡Corre tanto, que la tierra tiembla, cruza los ríos de un salto y las colinas y las cañadas desaparecen bajo sus patas!
Apenas dichas estas palabras, la Zarevna dio alcance al joven; asestó contra él su espada vibrante y le atravesó el pecho. El Zarevitz Iván cayó del caballo a la húmeda tierra, sus claros ojos se cerraron, su sangre moza manaba por la herida. Belleza Inextinguible lo contempló un momento y experimentó una pena indecible, pues comprendió que en todo el mundo no encontraría un joven tan hermoso como aquél. Puso su blanca mano sobre la herida, la lavó con agua de la vida vertida del frasco, y al momento se cicatrizó la herida y se levantó el Zarevitz Iván, sano y salvo.
—¿Quieres casarte conmigo?
—¡Es mi mayor deseo, Zarevna!
—Pues vuélvete a tu reino y si dentro de tres años no me has olvidado, seré tu mujer y tú serás mi marido.
Los prometidos se despidieron y se alejaron en diferentes direcciones. El Zarevitz Iván caminó mucho tiempo y vio muchas cosas, y por fin llegó ante una tienda de campaña sostenida por un mástil dorado, y junto a la tienda vio dos hermosos caballos que se alimentaban de trigo candeal y se abrevaban en aguamiel, y en la tienda estaban sus dos hermanos tumbados a la bartola, comiendo y bebiendo y entreteniéndose en mil diversiones. Y el mayor de los hermanos le preguntó así que lo vio:
—¿Traes el agua de la vida para nuestro padre?
—¡Sí! —contestó Iván, que no acostumbraba guardar secretos y en todo era sincero.
Sus hermanos lo invitaron a comer con ellos, lo embriagaron y lo arrojaron por un precipicio, después de quitarle el frasco del agua de la vida.
El Zarevitz Iván rodó por la pendiente al fondo de un abismo muy hondo, tan hondo que fue a parar al Reino Subterráneo. “¡Esto sí que es desgracia!”—pensó para sí.— ¡Nunca encontraré el camino que pueda sacarme de aquí!” Y se puso a andar por el Reino Subterráneo. Anda que andarás, anda que andarás vio que el día iba menguando, menguando, hasta que fue completamente noche. Por fin llegó a un lugar que no era desierto, y junto al mar había un castillo como una ciudad y una choza como una mansión. El Zarevitz Iván se acercó a buen paso a un pajar y desde el pajar se introdujo en la choza, rogando a Dios que le concediera un descanso reparador aquella noche.
Pero en la choza vivía una vieja, muy vieja, muy vieja, toda llena de arrugas y con el pelo blanco, que le dijo:
—¡Buenos noches, amiguito! Sé bien venido, puedes descansar aquí, pero, dime: ¿cómo has llegado?
—Muchos años tienes, abuela, pero tu pregunta no denota mucho seso. Lo primero que deberías hacer es darme de comer y de beber y dejarme dormir, y luego me harás las preguntas que quieras.
La vieja le sirvió enseguida de comer y de beber, dejó que se acostase a dormir, y luego volvió a preguntar. Y el Zarevitz le contestó:
—Estuve en el Reino de Tres Veces Diez como huésped de la Zarevna Belleza Inextinguible y ahora regreso a casa de mi padre el Zar Afron; pero me he perdido. ¿No podrías enseñarme el camino que me lleve a casa?
—¿Cómo voy a enseñarte lo que yo misma desconozco, Zarevitz? Llevo las nueve décimas partes de mis años viviendo en esta tierra y nunca había oído hablar del Zar Afron. Bueno, duerme en paz y mañana llamaré a mis mensajeros y tal vez alguno de ellos lo sepa.
Al día siguiente, el Zarevitz se levantó muy temprano, se lavó bien y salió con la vieja a una galería, desde donde ella gritó con voz penetrante:
—¡Eh, eh! ¡Peces que nadáis en el mar y reptiles que os arrastráis en la tierra, mis fieles servidores, reunios aquí al momento sin que falte ni uno de vosotros!
Inmediatamente se produjo una viva agitación en las azules aguas del mar y todos los peces, grandes y pequeños, se reunieron; tampoco faltaban los reptiles. Todos se acercaron a la orilla por debajo del agua.
—¿Sabe alguno de vosotros en qué parte del mundo habita el Zar Afron y qué camino lleva a sus dominios?
Y todos los peces y reptiles contestaron a una voz:
—Ni lo hemos visto con los ojos ni nos ha llegado la noticia a los oídos.
Entonces la vieja se volvió al otro lado y gritó:
—¡Eh! ¡Animales que andáis sueltos por los bosques, aves que voláis por el aire, mis fieles servidores, volad y corred aquí al momento sin que falte ni uno de vosotros!
Y las bestias salieron corriendo del bosque a manadas y las aves acudieron a bandadas, y la vieja les preguntó por el Zar Afron, y todos a una voz le contestaron:
—Ni lo hemos visto con los ojos ni ha llegado la noticia a nuestros oídos.
—Y bien, Zarevitz, ya no queda nadie por preguntar, y ya ves lo que han contestado todos.
Y ya se volvían a la choza, cuando se oyó un ruido como si alguien rasgase el aire, y el pájaro Mogol apareció volando y oscureciendo el día con sus alas y fue a posarse junto a la choza.
—¿Dónde estabas tú y por qué has tardado tanto? —le chilló la vieja.
—Estaba volando muy lejos de aquí, sobre el reino del Zar Afron, que se halla al extremo opuesto del mundo.
—¡Caramba! ¡Sólo tú me hacías falta! Si quieres hacerme ahora un favor que te agradeceré mucho, conduce allá al Zarevitz Iván.
—Con mucho gusto te serviría, pero necesito montones de carne, porque hay que pasar tres días volando para ir allá.
—Te daré toda la que necesites.
La vieja preparó provisiones para el viaje del Zarevitz Iván. Colocó sobre el pájaro un tonel de agua y sobre el tonel una banasta llena de carne. Luego entregó al joven una barra de hierro puntiagudo y le dijo:
—Mientras vueles a caballo del pájaro Mogol, siempre que éste vuelva la cabeza y te mire, metes este hierro en la banasta y le das un trozo de carne.
El Zarevitz dio las gracias a la vieja y se acomodó sobre el lomo del enorme pájaro, que inmediatamente desplegó las alas y emprendió el vuelo. Vuela que volarás, vuela que volarás, se pasaba el tiempo y venía la gana, y siempre que el animal se volvía a mirar al Zarevitz, éste hundía la barra de hierro en la carne, sacaba un tasajo y se lo alargaba. Al fin, el Zarevitz Iván vio que la banasta estaba casi vacía y dijo al pájaro Mogol:
—Mira, pájaro Mogol, ya te queda muy poco alimento; desciende a tierra y te llenaré la banasta de carne fresca.
Pero el pájaro Mogol contestó diciendo:
—¿Estás loco, Zarevitz Iván? A nuestros pies se extiende un bosque negro y espantoso que está cuajado de ciénagas y lodazales. Si descendiésemos en él ni tú ni yo saldríamos en toda nuestra vida.
Cuando ya no quedaba ni un pedazo de carne, el Zarevitz empujó la banasta y el tonel y los arrojó al espacio; pero el pájaro Mogol seguía volando y volvía la cabeza pidiendo más comida. ¿Qué hacer en semejante situación? El Zarevitz Iván se quitó el calzado de piel de becerro y poniéndolo en la punta de la barra de hierro lo presentó al voraz animal que se lo tragó. Poco después descendía con su preciosa carga para descansar de su largo vuelo en un verde prado sembrado de azules flores. Apenas el Zarevitz Iván hubo saltado al suelo, el pájaro Mogol devolvió las botas de piel de becerro, calzó a su dueño, las humedeció con su saliva, y el Zarevitz se alejó caminando aligerado y reconfortado.
Llegó a la corte del Zar Afron, su padre, y vio que algo extraordinario ocurría en la ciudad. Por las calles todo era grupos de gente que iban de un lado a otro y los sabios consejeros del Zar, vagaban como desconcertados haciendo preguntas a cuantos hallaban al paso y moviendo sus canosas cabezas como si hubieran perdido el juicio. El Zarevitz preguntó al primer ciudadano que encontró:
—¿A qué se debe esta agitación que se nota en la ciudad?
Y el buen ciudadano le contestó:
—La Zarevna Belleza Inextinguible nos ha declarado la guerra y ha venido contra nosotros con un ejército innumerable en cuarenta naves. Exige que el Zar le entregue al Zarevitz Iván que la despertó hace tres años besándole los labios que son más dulces que la miel, y si no se lo entrega entrará en nuestro país a sangre y fuego.
—¡Caramba! ¡Me parece que no he podido llegar más a tiempo! Quiero a esa Zarevna tanto como ella me quiere a mí.
Inmediatamente se dirigió a bordo de la nave de la Zarevna donde los dos jóvenes se abrazaron cariñosamente. Luego fueron juntos a la iglesia donde recibieron la corona nupcial, y desde allí se dirigieron a presencia del Zar Afron y se lo contaron todo.
El Zar Afron expulsó a sus hijos mayores de la corte, los desheredó y vivió con su hijo menor en completa felicidad y lleno de prosperidades.