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Espero disfruten de mi Blog y les guste tanto como a mi.

08 septiembre 2012

Rio de Casas de Don Antonio


EXTREMADURA Tierra de Conquistadores.avi




Día de Extremadura

El Día de Extremadura se celebra el 8 de septiembre y es la festividad oficial de laComunidad Autónoma de Extremadura (España), coincidiendo con la fiesta religiosa de la Virgen de Guadalupe, patrona de la región. A todos los efectos es una jornada festiva en todo el territorio extremeño.


Historia

El primer Día de Extremadura se celebró en 1985 y los actos principales tuvieron lugar en la localidad de Guadalupe, donde se ubica el Real Monasterio de Santa María de Guadalupe, que es uno de los símbolos de la identidad extremeña, por ser el santuario de la Virgen de Guadalupe, cuya coronación como patrona canónica de Extremadura, fue una de las primeras manifestaciones de exaltación regionalista el 20 de marzo de1907 y por las implicaciones históricas y culturales que a través de Guadalupe unen al pueblo extremeño con Iberoamérica.
A partir de 1987 se celebra en la localidad cacereña de Trujillo, donde llegaron a reunirse unas 100.000 personas cada año para participar en los actos culturales, folklóricos, deportivos y políticos.

Celebración actual

El 8 de septiembre tienen lugar actos de carácter religioso y festivo, con motivo del patronazgo regional de la Virgen de Guadalupe, en la localidad del mismo nombre. Cada ayuntamiento organiza actos institucionales, culturales y deportivos en su municipio para conmemorar la fiesta regional.

06 septiembre 2012

Cuentos de Terror

28 de Diciembre

Abrí los ojos. Todo a mi alrededor permanecía igual: La mesita de hierro, la silla de plástico de color marrón, un inodoro mugriento y visitado constantemente por las moscas y una pequeña ventana por donde se dejaban oír sonidos lejanos, inciertos... Todo igual.
En cambio yo no estaba como siempre. Sabía que en breves minutos vendría el sacerdote para infundirme valor y esperanza: valor para aguantar con entereza lo que hacía meses estaba anunciado y esperanza... supongo que la esperanza debía guardármela como pasaporte, como tarjeta codificada con la que abrir la puerta del cielo.
Valor y esperanza.
Valor para andar en dirección a la muerte. Un paso detrás de otro, un metro más, un metro más... valor para mirar a los que me odian y valor para aguantar sus miradas, su desprecio, sus ganas de matarme con sus propias manos.
Esperanza para que todo sea rápido, sin dolor. Para que esa descarga eléctrica salvaje y repentina no deje momentos de sufrimiento. Que todo sea inmediato, sin convulsiones, sin gritos...
El sacerdote se plantó de pie, delante de mí. No me había dado cuenta de que ya estaba dentro. Sus manos sostenían el Libro Sagrado y un discreto crucifijo de plata. En su expresión se adivinaba algo que, de momento me sorprendió, pero enseguida deduje que esa expresión era la misma que utilizaba siempre en estos casos.
Su pesadumbre implícita en el momento no me servía de nada. Sólo deseaba oír su voz, saber si su dicción iba a ser la adecuada en este momento, en que nada te sirve, en que sólo deseas que todo termine lo antes posible... Sólo deseas que el tiempo pase deprisa en su redonda representación.
-Hola... supongo que sabes por qué estoy aquí, ahora, contigo.
-Lo sé padre. Y creo que es porque no tiene nada mejor que hacer.
-Esto no es agradable... y lo sabes. Si te soy sincero, en estos momentos preferiría ser otra cosa que sacerdote.
-¿Y eso por qué?
-Porque las palabras no te sirven de nada ahora. Todo es irremediable... Ni Dios puede evitarlo.
-Sí padre, ni Dios puede evitarlo. Ni dios puede evitarlo...
La Ley de Dios no encuentra espacio en la ley de los hombres.
Y los hombres no encuentran a Dios cuando se trata de condenar a muerte.
-Ahora sólo puedo hacerte compañía, esperar contigo el momento.
-Sí padre, espere conmigo el momento.
Cuatro guardias esperaban en el pasillo. Esperaban a que el cura terminara... a que el reloj diese la hora señalada. Pero para nada esperaban a que yo les dijese que estaba preparado para morir.
Les miré a la cara, a los ojos. Todos ellos bajaron o volvieron la cabeza, excepto ella. Sí, ella, paciente... observándome, sin bajar la cabeza, penetrándome el alma turbada por el miedo.
Respiré hondo. Me levanté del catre diciendo a los guardias que el cura ya había terminado.
-Faltan dos minutos. Cuando se cumplan saldrás de la celda.
¡Ah cabrón! Dos minutos, dos jodidos minutos de espera para que abras la puerta y puedas oler el sudor que me empapa la camisa.
Ella sonrió al captar mi pensamiento. Sí, dos minutos de paciente impaciencia rondando por mi cabeza para volverme loco del todo. Un segundo detrás de otro. Una respiración detrás de otra respiración...
Ante mí se extiende un largo pasillo. En el suelo de éste, las sombras de los barrotes de las puertas quedan dibujadas por las luces de las pequeñas lámparas. Sombras ciertas, tajantes, sombras que hablan de límites y desesperación, de libertad racionada, de niebla que se extiende a tu alrededor confundiéndote, extraviando su valor en algún rincón oscuro e inaccesible. Y sin embargo, y por raro que parezca, estoy tranquilo, a pesar de que ella está detrás de mí, entonando una melodía desconocida y extraña. Pero entiendo a quién se la dedica: a mí, sólo a mí.
En sus manos una pequeña bola de cristal transparente gira sin cesar, de una mano a otra, recorriendo sus marcados pliegues, saltando por el angosto camino que forman sus huesudos y largos dedos. Algo me dice que en esa esfera está metida un alma... y ella juega con ella, decidiendo si la soltará para romperse en miles de trozos que se extenderán tanto que ni Dios podrá juntarlos, cuando quiera mirarme a los ojos y saber si dentro de ellos hay vida o hay negrura y muerte.. Cordura o locura. Y yo lo entiendo: no creo que quisiese volver a pasar por la experiencia de echar a otro ángel negro de su comunidad.
Y seguimos andando.
Pocos metros quedan ya para el final. Mis ojos sólo ven negrura y muerte. La tranquilidad me abandona tan de repente como había llegado. Allí, al final del pasillo, cuando éste se ensancha formando una habitación, está esperando lo que yo tanto temo: la electricidad... la muerte.
Comienzo a sudar con más intensidad. Mi corazón no late, o al menos eso es lo que yo pienso ya que no siento latidos, sino cañonazos. Todo mi ser se estremece ante la idea de que pronto me sentaré en esa silla horrible y rara, en que las manecillas del reloj clavado en la pared indicarán al domador que ya puede soltar a la fiera.
Ella sonríe, proporcionando a su rostro una mueca insoportable.
-Sí, el final se acerca – dice con despreocupación, como si el hecho de morir achicharrado no tuviese la mayor importancia. Pero en realidad nada me extraña: tiene en su manga todas las cartas ganadoras y eso la hace todavía más insoportable.
Puedo contestarle, pero callo porque todo se mezcla en mi cabeza: las palabras del cura, que a pesar de toda la sinceridad con la que me ha aclarado que nada tenía que decirme, está ahora leyendo párrafos para la ocasión, el eco de  esas palabras, el eco de esas pisadas, el eco de los cañonazos que dispara mi corazón... y la sonrisa de ella.
Freno en seco. Detengo mi cuerpo, los de los guardias, el del sacerdote, el de ella. Todos me miran ala vez y en cada una de esas miradas hay una pregunta. Respondo a todas esas interrogaciones con un grito que me parte de las entrañas a velocidad de vértigo. Un grito largo, estremecedor hasta para mí mismo. El corazón dispara con más fuerza obligando al pecho a convertirse en un auténtico campo de batalla. Por mi espalda, rayos de electricidad suben y bajan provocándome temblores... pero todo es inútil.
Dos de los guardias me arrastran, como a un mueble viejo, en dirección a la sala, donde las miradas me esperan para clavarme a la silla.
El médico me toma la tensión. ¿Para qué coño querrá saberla si dentro de nada mi tensión va a elevarse por encima de cuarenta? ¡Da igual, da igual!
El sacerdote me mira, pero no directamente a los ojos, supongo que le falta valor.
Valor y esperanza...
Yo en cambio sí que lo miro directamente, con valor, sin esperanza, pero con valor. Lo mito pensando que es muy desgraciado... incluso más que yo en estos momentos.
Uno de los guardias me coloca una ventosa en la sien izquierda y otra en la derecha. Están frías... pero pronto el calor las calentará sin problema alguno.
Por unos instantes, me olvido de observar los preparativos para dedicarme a contemplar a las personas que esperan el desenlace al otro lado de los cristales. Y ninguno de ellos tiene valor para devolverme la mirada: estaba equivocado, muy equivocado. Todos ellos carecían del valor suficiente para mirarme, pero guardaban, sin embargo, la esperanza de saber que pronto moriría, que pronto desaparecería de sus vidas, convirtiéndome sólo en un recuerdo. Sólo una de esas personas sí que me mira: ella y sólo ella... esperando, esperando con las alas desplegadas y con la esfera preparada para estrellarla contra el suelo.
Otro guardia instala al lado derecho y muy cerca de mi brazo, un aparato con una palanca en su centro. Después inserta tres cables en él para luego introducirlos en el aro de metal que me rodea la cabeza a la altura de la frente. Tengo la cabeza sujeta, así como las piernas y el brazo izquierdo. Pero ¿y el derecho? ¿Por qué no el derecho?
Una quietud inoportuna se hace en la habitación. El silencio me oprime la garganta, tanto que pienso que también me han atado por el cuello.
Esperar, esperar con valor, con esperanza, esperar sin dolor, sin dolor. Un segundo, dos, tres, cuatro... La impaciencia penetra en mí como un hierro caliente. Quiero que todo termine, pero nada pasa, nada. No existe nada comparable al desasosiego que me embarga al preguntarme el por qué de esta espera... el por qué de tener el brazo libre, el por qué de esa palanca al alcance de la mano.
-Bien, es la hora... ¿dispuesto?
-A ti que te parece, carcelero de los cojones.
-Ahora debes accionar la palanca.
Ella sonríe de nuevo.
-¿Qué?
- La palanca. ¡Vamos hombre! Si no la accionas no habrá descarga.
-No entiendo. ¿Tratas de decirme que yo...?
-Sí. Tú debes darle a la palanca.
Ella me mira fijamente, viendo cómo los ojos se me inundan de agua.
-¿Debo matarme? ¿Es eso lo que tratas de decirme?
-Sí, ya te lo he dicho...
Las lágrimas comienzan a mojarme la cara. Estos cabrones pretenden que yo mismo me electrocute... debo estar soñando, soñando que soñaba que yo mismo me electrocutaba.
Ella ya no sonríe. Su cara se entrega a una risa malvada, traviesa y malvada como la de un loco.
-Tú, hija de puta, ¿de qué te ríes?
Joder, ¿qué está pasando aquí? Sé que estoy condenado a muerte, conozco la sentencia desde el mismo día que me trasladaron al corredor de la muerte. Lo sé, lo sé, losé... Primero en el mes... Dijeron que la sentencia se haría efectiva en Diciembre. Pero, ¿y el día? Vamos a ver, hoy es, hoy es... sí, hoy es veintisiete de Diciembre... hoy es...
Ella ríe con intensidad, con fuerza, sin ningún escrúpulo, sin respeto... Pero miro el calendario que está justo al lado del reloj y compruebo que hoy es...
- ¡Hijos de puta! Hoy es el día de los inocentes. Hoy no es veintisiete... ¡hijos de puta! ¡Yo ya tendría que estar muerto, ya tendría que estar muerto...!
Lo comprendo todo: el dejarme el brazo derecho libre, la palanca, las palabras del guardia... todo.
Comenzó a gritar de rabia, de impotencia. Sólo quería librarse de las correas para pegar, para insultar, para llorar en un rincón. Pero con sus movimientos para librarse de las correas, el codo derecho empujó la palanca que activó la electricidad alcanzando por entero su cuerpo.
Ella despegó, soltando la esfera, que rompiéndose en miles de trozos, liberó el alma atormentado de aquél que había sido víctima de una inocentada.
Ella se introdujo en su cuerpo buscando el hilo que aún mantenía la chispa encendida, para apagarla por completo. Y después, volvió a desplegar sus alas, para alejarse de allí, de él y de su ignorancia.
El sacerdote se acercó a su cuerpo aún humeante... pero no demasiado, ya que, aún le faltaban el valor y la esperanza de saber que algún día podría dejar de lado los días oscuros destinados a reconfortar el espíritu de los condenados, incluido el 28 de Diciembre. 

Cuentos de Terror

Debajo de la cama

La imagen que más le había impresionado en toda su vida pertenecía a una película de la cual no recordaba ni el título. Había una niña tumbada sobre su cama. Poco más allá, a su izquierda, había un espejo, y ella podía verse dormir. La luna reflejaba su imagen, y cada noche, por aquello del miedo que atenaza a los niños, la cría se miraba en el espejo y aprovechaba para ver si debajo de su cama había algo de lo que debiera tener conocimiento. Tras ver que no había nada se quedó tranquila. Unas escenas más adelante volvió a hacer lo mismo y luego cerró los ojos. Su mano cayó hacia el suelo. En un momento dado notó una humedad viscosa en su mano lacia y abrió los ojos sin atrever a moverse un ápice. Giró la cabeza hacia la izquierda y miró el espejo. Bajo su cama había un hombre con ojos de sádico, que lamía su mano con la boca sangrienta en un rictus perverso.
Aquella escena era la que más terror le producía, pero ella no tenía un espejo al lado de la cama para mirar si estaba sola en la habitación, y por más que había pedido a sus padres que le pusieran un espejo estos siempre le habían dicho lo mismo: no hay sitio. A un lado tenía el balcón y al otro un armario y la puerta. No cabía esa posibilidad, y ponerlo enfrente no tenía sentido.
De modo que Leticia miraba debajo de su cama nada más entrar en la habitación, con las luces abiertas y la puerta del cuarto abierta, por si tenía que gritar y ser escuchada por sus padres. Una vez comprobaba que no habia nada, cerraba la puerta para asegurarse de que nadie podía entrar, y tras leer algunas páginas de un libro de la colección del Barco de Vapor, se dormía con la luz de la lamparilla encendida. Más tarde, como cada noche, entraría alguno de sus padres para darle un beso en la frente y cerrar la luz. También cerraban la puerta por expreso deseo de ella. Si antes no habían entrado, después tampoco lo harían.
Una noche entró e hizo su rutina habitual. Cuando terminó abrió el libro que estaba leyendo, sus ojos consumieron ávidamente unas páginas y cayó rendida. Su madre entró veinte minutos después, besó su frente, cerró la luz y se marchó, dejando cerrada la puerta.
Leticia no pudo ver como media hora más tarde el pomo de su puerta giraba lentamente. La puerta no chirribaba, de modo que tampoco se enteró cuando ésta se abrió lentamente y “algo” que no tenía forma ni color se deslizó por el suelo sin hacer ningún ruido. Ella permanecía inerte sumida en sueños cuando la sábana que la cubría comenzó a deslizarse hacia sus pies. Un pequeño cosquilleo producido por el movimiento de las sábanas hizo que moviera las piernas incómodamente, casi en un arranque nervioso, pero no llegó a despertarla. Cuando las sábanas terminaron en el suelo Leticia comenzó a tener una pesadilla. Sus ojos, ocultos tras los párpados cerrados, se movían rítmica y velozmente. Mientras tanto un ser invisible a la vista humana, deslizaba parte de sí por las piernas desnudas de Leticia, provocando que toda su piel se estremeciera y el bello de todo su cuerpo se erizara. Un frio glacial recorrió sus pies, sus piernas, su cintura, su pecho y sus brazos y terminó llegando hasta su rostro como un suspiro mortal. Leticia sintió que el corazón se le congelaba y abrió los ojos en un rictus de horror. Respiró hondo y comenzó a hiperventilarse mientras sus manos se agarraban fuerte a la sábana de fondo. Cuando logró aminorar la velocidad de su respiración y su corazón volvió a su número de palpitaciones habitual, Leticia parpadeó un par de veces más y se centró. Algo fallaba. No era solo la pesadilla que le había despertado, había algo más. Era un presentimiento. En un moviento tan rápido como el miedo le permitió, encendió la luz de la habitación.
Sentada aún en la cama se miró las propias piernas y encontró la respuesta a su pregunta. La sábana que cubría su cuerpo ahora no estaba. Miró a un lado y otro de la cama sin apenas mover más músculo de su cuerpo que el del cuello, y no encontró la pieza que faltaba. De un bote se puso de rodillas y se acercó hasta los pies de la cama. Allí abajo, de forma circular, estaba toda la sábana que debía haber estado cubriendo su cuerpo. Comenzó a sentir otra vez el miedo que la había hecho hiperventilarse y su respiración volvió a agitarse. De haber sido asmática ya habría sufrido un ataque. Era una suerte ser una niña sana. Si hubiera tenido setenta años probablemente aquella noche habría muerto de un ataque al corazón.
Alargó el brazo para recuperar su sábana y se la echó por encima. Todavía luchaba por recuperar también la serenidad. Tenía tanto miedo que apenas le salió un susurro de la boca cuando creyó estar gritando “mamá”. Su carne de gallina y su bello erizado no la tranquilizaba en absoluto. Tras gemir comenzó a llorar. Si las palabras no salían de su boca, tendría que ir hasta la habitación de sus padres para dejarse consolar... y aquello también le provocaba pavor. La habitación estaba dos cuartos más allá, al fondo del pasillo. Pero si quería que hubiera alguien con ella hasta que consiguiera volver a dormirse, tendría que salir de su propia habitación. Con todo el valor que una niña de doce años podría tener, Leticia localizó primero las zapatillas para ponérselas lo más rápido posible y salir corriendo de allí. Pensó que si corría llegaría antes a la habitación de sus padres y podría meterse entre ambos para recuperar la tranquilidad y el sueño. Sólo sus padres tenían esa capacidad de devolverle la paz. Ella era muy joven, no podía hacerlo todo sola. Necesitaba dos adultos a los que amaba y en los que confiaba.
Decidida, tras localizar sus zapatillas, se abrazó a la sábana, se calzó y corrió hacia la puerta de su habitación. Fue entonces, cuando al alargar el brazo para abrir el pomo, se dio cuenta de que la puerta estaba abierta. El miedo la paralizó de nuevo y sus ojos bailotearon de terror. No se atrevía a girarse y en el umbral permaneció el tiempo que a ella le pareció una eternidad. Sus pies no se atrevían a dar un paso más. Comenzó a hiperventilarse de nuevo y sintió marearse, y en un arranque último de valor extendió el brazo y abrió la luz del pasillo. ¿Iba a morir de miedo? Aquella duda consiguió que echara a correr hasta la habitación de sus padres pero fue tan rápida y torpe que se estampó contra la puerta semiabierta.
Cayó al suelo y se dañó un tobillo, pero provocó el suficiente ruido como para que su padre se despertara y abriera la luz.
- ¿Leticia?
La niña alzó su rostro poco a poco. Primero vio las baldosas del suelo, luego llegó hasta las zapatillas de su padre, y entonces miró debajo de la cama de matrimonio.
Antes de que la habitación comenzara a darle vueltas y cayera al suelo había podido ver que debajo de la cama de sus padres estaba su madre sobre un charco de sangre y un ser etéreo, como el cristal, al cual sólo se podía con los ojos de la infancia, lamía la barbilla sangrienta de su madre.
FIN.

CUENTOS DE MIEDO

La historia del pequeño Brandán

En esta historia se mezclan varias historias reales que tienen que ver con apariciones de fantasmas de otra época, la Santa Compaña, los OVNIS y un pequeño gran milagro. Para que ninguna de las tres se pierdan en la memoria, su autor las ha unido y lo ha convertido en un relato basado en hechos reales donde sólo cambia los lugares y los nombres. El resto es real.
Uxía y Lois (vamos a llamarles así porque ellos no me han dado permiso para escribir sus verdaderos nombres) son un matrimonio que vive en A Coruña y que tienen dos hijos preciosos.  El mayor se llama Brandán y el pequeño se llama Xosé.  En realidad es en Brandán en quien me voy a centrar para contarte esta historia.  Es un niño con una mirada preciosa, dulce e ingenua.  Tiene ahora siete años y -puedes creerme- te enamoras de él al primer golpe de vista.
Brandán fue un niño muy deseado por sus padres.  Uxía y Lois tenían muchas ganas de tener hijos.  En realidad, no se habían planteado seriamente casarse "con todas las de la ley" ni por la iglesia ni tan siquiera por lo civil.  No obstante decidieron formar una familia y tener su primer hijo antes de plantearse pasar por el juzgado.  De forma que en el mes de agosto de aquel año se fueron de vacaciones al pueblecito de Ézaro, un sitio muy pequeñito que se encuentra entre los pueblos de Cee y Carnota, trozo de costa que marca el límite entre las Rias Baixas y las Rias Altas.  Te aseguro, Anika, que si te digo que ese lugar es uno de los parajes más bellos que existen en la península Ibérica no exagero.  El mar posee un color azul que no tiene en ninguna otra parte del mundo, sus playas ofrecen unos contrastes magníficos entre las calas recogidas y los arenales abiertos a la furia del Atlántico... los bosques llegan hasta la orilla misma del agua.  Y en el pueblo de Ézaro, dominado por el Monte Pindo (monte que los paisanos del lugar procuran evitar por considerarlo morada de la Santa Compaña) la paz y la tranquilidad son la norma por excelencia.  Ves a las lugareñas pasear por el pueblo, ataviadas enteramente de negro y con los gorros de paja cubriendo sus cabezas para protegerse del sol en los meses de verano, y a poca gente más... algún turista despistado que llega por allí de vez en cuando porque se ha perdido.  Pero Uxía y Lois conocían la zona perfectamente y decidieron pasar allí el verano, en un pequeño camping de las cercanías de Ézaro.  El plan era pasar un verano relajado y tranquilo, sin más trabajo que el de amarse el uno al otro todo el tiempo y que Uxía regresase de las vacaciones embarazada...
Así, todas las mañanas después de desayunar en el camping, los dos se iban de paseo por la costa.  A ambos les gustaba andar y descubrir nuevos caminos.  Y fue durante uno de estos paseos matutinos cuando descubrieron una playa pequeñita con un muelle de madera en el que había multitud de barquitas de pescadores.  La arena estaba completamente cubierta de redes de color verde.  Y un grupo de mujeres se dedicaba a remendarlas, haciendo un pequeño círculo alrededor de otra mujer, aparentemente mucho mayor que ellas y vestida totalmente de negro de arriba abajo.  La llegada de la joven pareja a la playa (en la entrada de la cual había un viejo cartel de madera que ponía "Porto de Quilmás") causó una curiosa expectación entre las rederas que, a un gesto de la vieja, dejaron apresuradamente sus labores y se marcharon precipitadamente por un sendero que había al otro lado de la playa.  Lois se quedó mirando cómo las siete mujeres que remendaban las redes se marchaban.  Pero la vieja siguió allí, sentada en una piedra, en medio de la playa, mirando fijamente para Lois y para Uxía.  A Lois no le gustó la sensación que le produjo la mirada de la vieja.  Era cómo si aquella mirada, a pesar de la considerable distancia que les separaba, fuera "más allá", como si le entrase directamente en el alma e hiciera inspección de todo -lo bueno y lo malo- que había en ella.  Por eso, cuando la vieja se levantó y comenzó a caminar hacia ellos, Lois sintió un estremecimiento que le recorrió todo el cuerpo.  Al fin, la anciana llegó al lugar donde ellos se habían sentado a tomar el sol y, tomando asiento a su lado, se quedó mirando fíjamente para el anillo de oro que Uxía lucía en uno de sus dedos.  Se trataba de una alianza que Lois, a pesar de no estar casados, le había regalado el año anterior por su cumpleaños.
Uxía y Lois, cortésmente, le dieron los buenos días, pero la anciana no respondió y siguió mirando fijamente al anillo.  Al fin, Uxía, un poco violenta por la situación, le dijo:
- ¿Le gusta mi anillo?  Me lo ha regalado él. ¡Por cierto! Me llamo Uxía, y él es Lois...
La vieja habló por fin.
- ¿Por qué llevas anillo si no estás casada, niña?
Uxía miró asombrada a Lois.  Era cierto que no estaban casados pero, en todo caso ¿como lo sabía la vieja?  Bueno, ellos eran jóvenes, Lois no llevaba anillo... podía haberlo deducido fácilmente.
- Oh, bueno, es un regalo que me ha hecho él.  De todas formas pensamos casarnos algún día.
La vieja miró a los ojos a Uxía y dijo:
- Niña, cúidate, no te pongas demasiado al sol.  Estos días no salgas de noche.  No se te ocurra acercarte al monte Pindo.  No respires el aire que de allí llega... estamos en tiempo de Santa Compaña...
Lois intervino en la conversación.
- ¿De Santa Compaña? Sí, ya he oido hablar de esas historias que se cuentan por aquí (Se rió), pero no me dirá usted que realmente debemos temer ese tipo de cuentos ¿verdad?
La vieja miró al suelo y contestó a Lois.
- Cúidala.  No la lleves al monte Pindo.  Hazlo por tu hijo.
Uxía dijo:
- ¡Pero si el monte Pindo es lo más bonito que hay aquí!  Precisamente mañana vamos a ir de excursión.  Dicen que desde la cima se divisa una panorámica maravillosa de toda la ría.  Además ¿de que hijo habla usted? No
tenemos ninguno.  Al menos todavía...
La vieja miró fijamente al vientre de Uxía y contestó.
- Sí.  Ya ha venido.  Está ahí.  Llegó ayer.  Estás preñada.  De unas horas solamente.  Pero él ya está ahí.  Una mujer con su hijo en el vientre no debe ver a la Santa Compaña o la desgracia se cebará en el pequeño.  No
vayas al Monte Pindo.  Si ves a la procesión de la muerte, el niño no nacerá...
Dicho esto último se levantó y se fué.  Lois y Uxía se quedaron mirándose el uno al otro y se rieron.  Era, evidentemente, una vieja chiflada.  Todas esas habladurías de la Santa Compaña... y además ¿cómo iba a saber aquella mujer que Uxía estaba embarazada de unas horas? ¡Si hasta con los tests de embarazo que vendían en las farmacias había que esperar casi a la segunda falta para asegurarse...!
Volvieron hacia el camping riéndose.  Olvidaron el asunto y por la noche bajaron al pueblo a tomar un poco de pulpo con cachelos y una botella de Godello, vino que les encantaba a los dos.  Fueron directamente al bar de la Genoveba ("la primera con v y la segunda con b", como decía ella) y cuando ya apuraban los últimos restos de la botella, Lois comenzó a contarle a la Genoveba, entre risas, la historia de la vieja de la playa y toda la sarta de tonterías que les había dicho.  Pero la Genoveba, lejos de reirse, tornó seria su expresión y dijo:
- ¿Habéis visto a la vieja y a las siete doncellas? ¡Santo Dios! Hace muchos años que nadie las ve. ¡Hacedme caso! Haced todo lo que ella os dijo.  Uxía, si ella dice que llevas un niño en tu vientre es que lo llevas.  Es cierto que es imposible de confirmar antes de un mes y pico o así... pero el niño está ahí.  Haz caso a la vieja y no vayas al monte.  Hija, la Santa Compaña no se anda con bromas.  Quien ve a la procesión y es visto por ella, por fuerza tendrá que acompañarles hacia su destino, allende los mares.  Y si una mujer embarazada es sorprendida por ellos, se llevarán el alma de su pequeño y este no nacerá jamás...
La pareja abandonó el bar.  La verdad es que se habían reido un rato de la Genoveba.  Y el Godello había contribuido a aumentar la hilaridad de ambos.  Por supuesto, al llegar al camping, dejaron todo dispuesto para madrugar y marchar temprano al monte Pindo, al día siguiente. Uxía y Lois se levantaron muy temprano, a la mañana siguiente, dispuestos a hacer la ruta del monte Pindo.  Es realmente una ruta maravillosa, pero ciertamente dura y has de disponer de un día entero para hacerla.  El monte Pindo se encuentra situado entre la ensenada de Ézaro y la ensenada de otro pueblo que se llama, precisamente, O Pindo.  Es como una pequeña península con el monte metido en el mar, de forma que desde su cima divisas dos rias enteras: la ria de Corcubión y la ria de Muros.  Y si el tiempo lo permite y no hay "borraxeira" (niebla) puedes, incluso, divisar a lo lejos la ria de Arousa y la isla de A Toxa.  A mí, particularmente, no me extraña que los habitantes de los alrededores le tengan al monte Pindo un cierto "respeto".  Es una montaña vieja de formas redondeadas y, en su parte superior carece de vegetación, cosa que contrasta enormemente con todo el paisaje que la rodea.  Hay lugareños que dicen que en el monte Pindo no hay vida porque es la morada de la muerte.  En todo caso, nada más lejos de la realidad.  Hay multitud de caballos salvajes y, entre sus riachuelos y desfiladeros, aunque no se ven a simple vista hay multitud de árboles y verdaderas selvas con una vegetación curiosa, entre montañosa y marina.
Uxía y Lois comenzaron a ascender por el sendero que parte del pueblo de O Pindo y no pararon de caminar durante un par de horas.  Conforme iban subiendo, el sendero se hacía más y más tortuoso y la vegetación más escasa, lo cual no dejaba de ser una ventaja porque ese hecho les permitía disfrutar del paisaje.  Abajo distinguían ya los pueblos de Ézaro, O Pindo y hasta el pequeño puerto de Quilmás, en donde habían tenido su extraño encuentro con la vieja y las mujeres.  Hicieron fotografías, filmaron el paisaje con cámara de vídeo y estuvieron mucho rato mirando al mar, a la inmensidad del océano Atlántico.  ¿No te había dicho que una de las razones por las que se encontraban en aquel lugar era que Lois era un auténtico aficionado a los OVNIS y, al parecer, en aquella región marítima se habían dado numerosos avistamientos de naves extrañas que entraban y salían de las aguas del océano?  No.  Creo que no te lo había dicho.  El caso es que Lois miraba las aguas expectante, por si acaso... Uxía en esos temas era mucho más escéptica.
- Lo que no entiendo es cómo puedes reirte de las historias de la Santa Compaña y las doncellas y la vieja, y después pasarte los días y las noches mirando al cielo para ver si divisas naves con hombrecillos verdes... ¡Si son las mismas gilipolleces, solo que más modernizadas! Claro, antes la gente se emborrachaba con vino de barrica y veían espíritus y a la virgen... ahora, con las drogas de diseño y a base de gin-tonics, la gente ve OVNIS.  En fin, filliño, si tú lo disfrutas...
Lois no consiguió ver nada en todo el día.  Siguieron subiendo.  Y a la una de la tarde habían llegado a la cima.  En verdad había valido la pena.  Solo que la temperatura había bajado notablemente y la visibilidad había descendido de forma preocupante.  En Galicia el clima es así.  Puede que en un momento determinado haga calor y luzca el sol, pero nunca sabes lo que va a ocurrir en la hora siguiente.  De forma que el frío comenzó a apretar y decidieron comenzar el descenso por la otra ladera de la montaña con la intención de llegar cuanto antes al otro lado, al pueblo de Caldebarcos, en donde cenarían y después harían auto-stop hasta Ézaro. Uxía, de todas formas, comenzó a sentirse cada vez más y más cansada.  Quizá había comido los bocadillos demasiado rápido, porque notaba una pesadez inusual en el estómago.
- Lois, necesito parar a descansar otra vez.  No me siento bien.  Creo que ayer por la noche tomé demasiado vino.  Me siento rara y tengo náuseas.  Quiero parar. ¡Joder... y aún encima está empezando a llover!... ¿Que es eso que hay ahí delante? Parece una cabaña de pastores o algo así... Vamos a meternos dentro mientras no para de caer agua. ¡No me mires con esa cara! Me encuentro fatal, no puedo seguir andando... llevamos así todo el dia.  Ya se está haciendo casi de noche ¿Qué hora es? Las ocho y algo... ¿no?
    Lois miró para ella con cara de preocupación y dijo:
- No.  En realidad aún no son las seis.  Es extraño que haya tan poca luz.  Será la niebla.  En todo caso tienes razón.  Metámonos en la cabaña, descansa, toma un poco de agua y después continuamos.  Total todo lo que queda es bajada...
- Esto no me gusta, Lois.  Es lóbrego y oscuro. ¿Cómo puede haber cambiado tanto el paisaje y el clima en tan poco tiempo?  Desde luego, qué mala suerte... Dios, cada vez llueve más.  Vamos, entra en la cabaña. ¡Qué mal me encuentro! Creo que voy a vomitar... ¡ahora mismo!
    Y sin darle tiempo a reaccionar, se agarró al tronco de un árbol y vomitó dolorosamente durante un rato.  Al acabar se encontró mejor, pero su rostro tenía un ligero tinte verdoso y sus ojos estaban enrojecidos por el esfuerzo.  Lois sacó su cantimplora y observó contrariado que estaba vacía.
- No te preocupes, iré un momento hasta el arroyo ese que pasamos hace un rato, el que tenía una cascada.  Ese agua tiene que ser totalmente pura.  Te sentará bien.
- De acuerdo, pero vuelve pronto.  Esta cabaña es horrible.  Cuanto menos tiempo esté aquí sola, mejor...
Lois salió de la cabaña.  El riachuelo distaba de la cabaña sólo unos metros.  Un minuto de camino, calculó.  No más.  Y, efectivamente, nada más empezar a caminar oyó el ruido del agua del río, mezclado ahora con el ruido de la lluvia y el del viento que, para empeorar las cosas, se había desatado.
Pero no fue eso lo único que oyó.  Se quedó un rato parado escuchando.  Oyó claramente las voces de dos mujeres que charlaban por allí cerca. "Bueno, parece que no somos los únicos excursionistas gilipollas que se han dejado atrapar por el temporal", pensó.  Y se acercó al riachuelo para conocer a sus nuevas compañeras. "Cuantos más seamos en la cabaña, mejor.  Voy a decirles que vengan. ¿Donde estarán?" No tardó en descubrirlo.  Efectivamente estaban allí, al lado del río... pobres, debían de estar empapadas y sin saber donde meterse.  Las acompañaría a la cabaña.
- ¡Hola! ¡Tremendo temporal! ¿verdad? ¿qué tal? ¿venís de Ézaro?  Aquí al lado hay una cabaña, mi novia se ha quedado allí esperando y...
Se quedó callado bruscamente.  Ahora tenía a las dos mujeres justo enfrente... pero el espectáculo que se presentó ante sus ojos allí, en la cima del monte, en medio del temporal, en aquel sitio inhóspito que estaba a muchos quilómetros de cualquier sitio civilizado era muy diferente al que esperaba ver.  Ante él no había dos chicas con botas, cantimploras, chubasqueros y mochilas.
Eran dos mujeres.  Una de ellas era muy joven.  Tendría unos diecisiete o dieciocho años de edad.  Lois examinó con asombro su indumentaria.  La joven vestía un traje de raso que caía en línea recta desde sus hombros hasta un poco por encima de las rodillas, en donde continuaba hasta las mismas con unos flecos como de abalorios o lentejuelas... sus pies calzaban unos zapatos con un tacón de aguja altísimo.  Llevaba guantes largos, hasta un poco más arriba del codo, del mismo raso rojo que el vestido.  Su cabello era corto, negro, al más puro estilo años veinte.  E iba impecablemente maquillada.  Su rostro palidísimo contrastaba con los labios, muy rojos y pintados en forma de corazón y con los ojos, muy perfilados de negro y con unas pestañas postizas enormes.
    Miró divertida para Lois y dijo:
- Esto es un aburrimiento ¿verdad? ¡Y no hay música! ¿Le gusta a usted el charleston, caballero? ¡Yo lo adoro! ¡Lo adoro!
La interrumpió la otra mujer, en la que Lois todavía no se había fijado.  Era mayor que la joven.  Unos cuarenta años, quizá.  Vestía un abrigo largo abotonado desde el cuello hasta los tobillos, completamente entallado.  Sólo quedaban al descubierto sus pies, enfundados en unos botines de tacón alto con abotonadura lateral. ¡Y en la cabeza...! En la cabeza llevaba un enorme sombrero con una pluma gigantesca, como de avestruz o algo así...
- Oh... ¡Espero que sabrá usted perdonar a mi hija! ¿Verdad?  Solo piensa en divertirse.  Hija mía, no puedes dirigirte con semejante descaro a un desconocido... ¿Qué pensará el caballero de nosotras? Joven, le ruego nos disculpe. ¿Y ha dicho que su novia le espera en la cabaña? ¡Hija! ¡Cómo puedes hablarle así a un caballero comprometido! ¡Ah! ¡Por cierto! Le daré un consejo. Váyanse de la cabaña. Bajen del monte ya. Este sitio no es adecuado para ustedes. ¡Y sobre todo no bajen siguiendo el rio! ¡Ellos siempre van por el agua! ¿Me ha oido...? ¿Joven?
No. Lois no ha había oido. No había oido nada. Pensó estar volviéndose loco y se sintió presa del pánico. Dió media vuelta y echó a correr hacia la cabaña. Aquello tenía que ser una alucinación... eran dos damas recién salidas de un balneario de Biarritz o algo así en plenos años veinte... ¡y en la cima del monte Pindo! Además, Lois no se había fijado demasiado, pero a pesar de que la lluvia ahora caía torrencialmente y él estaba completamente empapado... ¡habría jurado que las dos mujeres estaban completamente secas! Corrió hacia la cabaña como un loco.  No le dijo nada a Uxía, que habría achacado sus alucinaciones al cansancio y a las ganas que tenía de ver OVNIS.  Cuándo ésta le preguntó que porqué traía la cantimplora vacía, Lois respondió:
- No pude llegar al riachuelo.  Llueve demasiado... ¡Vámonos de aquí! Es una tontería esperar a que pare de llover.  Seguro que no para en toda la noche...
    Uxía le miró extrañada.  Lois daba la sensación de estar aterrorizado.  Ella se levantó, recogió las cosas sin decir nada y salió de la cabaña, detrás de Lois.  Uxía era una mujer fría y racional, que sabía conservar el temple y la sangre fría cuando hacía falta. Sin embargo, no sabía porqué, no conseguía olvidar las palabras de la vieja el día anterior en el puerto. Y, de forma instintiva, se pasó una mano sobre el vientre. Entonces fué cuando se dió cuenta de que, realmente, estaba pasando miedo.
Procuraron bajar del monte a toda prisa. Uxía seguía encontrándose mal, pero sus ganas de salir de aquel desagradable lugar tenían más fuerza que las náuseas y el mareo que seguía sintiendo. Caminaban aprisa. En un momento determinado dudaron, en un cruce de senderos, acerca de cual sería el más adecuado. Uno de ellos parecía adentrarse en la espesura del bosque. El otro transcurría paralelo al río y parecía más despejado. Lois, unos momentos antes, cuando escapaba de las dos extrañas damas que había visto en el riachuelo, no había podido oir la extraña advertencia que la mayor de ellas le había hecho. Y optaron por el camino del rio. La lluvia seguía cayendo sin parar y el viento tampoco cesaba. Caminaban  aprisa, sin hablar. Hablar, en todo caso, habría sido una difícil tarea, entre el ruido de la lluvia, del viento, del río, y su propio nerviosismo. Sin embargo, ambos comenzaron a sentir poco a poco una curiosa sensación.  Independientemente de que no paraba de llover, de que el viento no cesaba y de que el agua del río bajaba con fuerza, los sonidos que todos esos elementos provocaban, parecían sentirse cada vez más amortiguados. Dicha sensación fue acrecentándose más y más hasta que a su alrededor reinó el silencio más absoluto.  Era, de todas formas, un silencio extraño. Un silencio "espeso", como si fuera eso precisamente lo que se sentía, el silencio. Uxía se sentía descentrada, fuera de lugar.  Todo aquello no tenía ninguna lógica, y ella era una persona que estaba acostumbrada a la misma y a los asuntos que se regían por las leyes de la naturaleza. Y aquello que le estaba sucediendo no tenía ningún sentido, ninguna explicación racional. Lois, sin embargo, parecía haber superado su miedo y comenzó a sentirse excitado y espectante. Como buen aficionado al tema OVNI, sabía y había leído que en la mayor parte de los fenómenos de avistamientos o de contacto con extraterrestres, aquel "silencio espeso" era una característica habitual que había sido narrada por multitud de testigos.
¿Sería aquella por fin su oportunidad de convertirse en un "contactado"?  No tardaría en descubrir la verdad.
Sobre el río, siguiendo el curso de la corriente, se acercaba hacia ellos una hilera de luces que transcurría lentamente, como una procesión. Al principio sólo distinguieron las luces. Eran luces mortecinas, amarillentas.  Pero cuando pasaron por delante de ellos (que también habían descubierto que no se podían mover y que ni siquiera podían comunicarse entre ellos) se dieron cuenta de que en realidad eran velas. Y las velas no caminaban solas, sino que cada una de ellas iba transportada por una sombra negruzca, parecida a un ser humano que llevase a la vela en sus manos. Lois y Uxía no supieron cuánto tiempo estuvieron allí parados mirando la macabra procesión. Pudieron ser unos minutos, pudieron ser horas. Tampoco tuvieron nunca demasiado claro el número de sombras con velas que pasaron ante ellos. Pudieron ser varias decenas... varios cientos. Nunca fueron conscientes de ello. Lo que sí les quedó grabado en la mente fue la melodía que escucharon durante todo el tiempo que duró la procesión. Era un canto sobrenatural, lúgubre y monótono. Uxía, que, entre otras cosas había estudiado una determinada rama de filología relacionada con lenguas muertas, juraría que el idioma de los cánticos era algo parecido al gaélico, pero no estaba segura.
    Y, de la misma forma que la procesión había comenzado, terminó. Poco a poco los sonidos de los alrededores fueron volviendo a la normalidad.  Ellos recuperaron su movilidad y la capacidad de hablar. Capacidad que, por cierto, no utilizaron. Cerca de las doce de la noche consiguieron llegar al camping. No hablaron en absoluto del asunto. Estaban agotados, pero no consiguieron dormir en toda la noche. En cuanto a Uxía, un solo pensamiento la atormentó toda aquella noche: el recuerdo del esfuerzo sobrehumano que había hecho durante todo el rato que había durado la experiencia para cubrirse el vientre con las manos. Pero no lo había conseguido. No había conseguido mover ni un solo músculo de su cuerpo.
Al día siguiente recogieron las tiendas y se marcharon de vuelta a A Coruña. A los veinte días se confirmó que Uxía estaba embarazada de tan solo tres semanas. Se había hecho los análisis un par de semanas después de llegar del camping. Supo que estaba embarazada, pues, una semana antes de tener su primera falta. En las semanas sucesivas todo transcurrió con normalidad.  Se hicieron las visitas de rigor al tocólogo, que confirmaba que el embarazo transcurría con normalidad. No sólo con normalidad, sino que tanto la salud de la madre como la del feto (los análisis revelaron que era varón), según todos los datos, era magnífica. El 28 de Octubre de aquel año se cumplían los tres meses de embarazo.
    Habían pasado las náuseas y los malestares de las primeras semanas del mismo y Uxía se sentía mejor que nunca. Aquella mañana se levantó, desayunó y leyó el periódico. Fue cuando se metió en la ducha cuando se dio cuenta de que tenía el interior de los muslos empapados en sangre. Lois la trasladó inmediatamente a urgencias.  Uxía estuvo todo el día en observación. A las 00 horas del 29 de Octubre, el médico confirmó que el feto estaba definitivamente muerto y procedió a hacerle a Uxía un legrado. El aborto espontáneo e inesperado afectó psicológicamente a Uxía de forma exagerada. El médico les dijo que el aborto había sido relativamente grave (el feto de 3 meses estaba extraordinariamente desarrollado) y no les dijo taxativamente que se olvidaran de tener hijos, pero le comentó a Uxía, desde un punto de vista médico y profesional que un embarazo sería peligroso porque el legrado había sido agresivo y complicado y las paredes del útero habían quedado bastante más dañadas de lo que hubiera sido deseable. Añadió también que las posibilidades de que un nuevo embarazo terminara en aborto eran considerables.
    Lois y Uxía hablaron del asunto. Uxía estaba dispuesta a arriesgarse y repetir la experiencia. Pero Lois, anteponiendo la seguridad y la salud de Uxía a sus instintos paternales, dijo que no quería ni oir hablar del asunto. Para complicar más las cosas, Uxía, tras el aborto, sufrió unas reacciones hormonales bastante fuertes que le causaron serios trastornos en la piel. Un espeso acné cubrió todo su rostro y ello le provocó una depresión de la que le resultó imposible librarse a pesar de que acudió a un afamado psiquiatra de A Coruña. Para sus trastornos hormonales le fueron recetados dos tipos diferentes de píldoras anticonceptivas que alternaba diariamente. El dermatólogo y el ginecólogo coincidieron en que, con semejante tratamiento sería imposible que Uxía quedara embarazada durante mucho tiempo, ya que los efectos de dichas píldoras tardarían en desaparecer muchos meses incluso después de haber abandonado dicho tratamiento. La posibilidad de un nuevo hijo, por tanto, quedaba completamente descartada independientemente de las decisiones que adoptara la pareja.
Entre las pastillas, los antidepresivos y los ansiolíticos que le fueron recetados, Uxía se convirtió poco menos que en un zombie que se pasaba los días sin hacer absolutamente nada. Poco a poco fue abandonando sus amistades y su vida social. Y al mismo tiempo desarrolló una pasión desmedida por los dulces y los pasteles que saciaba todas las tardes, a solas, en un salón de té cercano a su casa de A Coruña. El resultado fue que aumentó considerablemente de peso y se hundió todavía más en su depresión. Por su parte, Lois asistía al proceso autodestructivo de Uxía con impotencia. Aunque la verdad es que tampoco él tenía la moral lo suficientemente alta como para levantarle el ánimo a nadie.
En las navidades siguientes al  aborto, Uxía se centró cada vez más y más en los pasteles. En "La Jijonenca" (el salón de té al que iba cada tarde), cada navidad hacían turrones caseros y almendrados. Y Uxía añadió estas últimas delicias a su dieta, ya suficientemente sobrada de grasas y azúcares. Una tarde, mientras tomaba su café con tarta, se dió cuenta de que un grupo de elegantes damas que ocupaban una mesa cercana hablaban de ella y no se molestaban en absoluto en disimular. Uxía puso cara de disgusto y pasó de ellas. Estaba acostumbrada a las viejas damas de la burguesía coruñesa. Mucho abrigo de visón, perfumes caros y misa de una los domingos en la iglesia de San Jorge. Sin embargo, había en aquellas mujeres algo que la inquietaba. No sabía el qué. Quizá algo familiar. No sabía exactamente en donde las había visto, pero estaba segura de conocerlas de algo. Eran siete mujeres, de mediana edad, todas muy elegantes y con pinta de tener dinero en abundancia, lo cual se hacía patente por las pieles, joyas y complementos que lucían. Y las acompañaba otra mujer mayor, igual de elegante que todas las demás y que parecía llevar la voz cantante. Cuando, por fin, las damas se levantaron de la mesa, Uxía respiró aliviada. Al fin se vería libre de sus chismes y sus miradas. Sin embargo, cuando éstas abandonaban el local, al pasar al lado de donde estaba sentada Uxía, la mayor de todas se dirigió a las demás y les dijo:
- Esperadme en la calle.  Voy a saludar a una vieja amiga.
Y ante la estupefacción de Uxía, se sentó con ella en la mesa y la miró con una sonrisa amable.
- Hola, niña.
- Hola... disculpe, pero no me doy cuenta...
- Ya veo que no te das cuenta. El azúcar no es un buen aliado para el espíritu. Y las pastillas tampoco. En una ocasión te hablé y no me hiciste caso. No es que yo ahora pueda hacer mucho para remediarlo, pero en fin, quizá si tú pusieras algo de tu parte...
- Usted... usted...
- Si, niña. Ya sé que los collares de perlas y los visones (sintéticos, por supuesto, pobres animalillos...) poco tienen que ver con los pañuelos negros de las rederas y con los gorros de paja. Pero hay que saber adaptarse a los contextos y a las situaciones. Afortunadamente, ya veo que aún conservas algo de luz en tu cabecilla y me has reconocido...
    Uxía no pudo contestar.
- Es una pena que desperdicies tu vida autocompadeciéndote. Cierto es que la desgracia se ha adueñado de ti.  Pero tendrías que pensar más en tu hombre. Él también sufre. A su manera, pero sufre. Es un buen hombre... y le gustan las luces, como a mí. Las luces del cielo, no las de la procesión de la muerte. Deja de comer porquerías. A las mujeres en tu estado no les conviene ese tipo de dieta.
- ¿Qué dieta? ¿Qué estado?  Eso es ya imposible... usted no tiene ni idea del tratamiento que sigo... yo... si Lois y yo ya ni siquiera...
- Niña.  Esta vez hazle caso a la vieja. La fé de tu hombre en las luces del cielo puede volver a colocar al pequeño Brandán en tu vientre. Dale un beso al muchacho de mi parte, después llévalo a recibir el año nuevo a Ézaro. Y si véis a la luz... la luz que él quiere ver, todo irá bien. El pequeño Brandán os abandonó aquella vez.  Pero volverá.
Uxía se quedó mirando cómo se alejaba y decidió que estaba harta de pasteles. Al día siguiente, sin haberse hecho ningún tipo de prueba, llamó a su ginecólogo y le dijo que estaba embarazada. Este, sorprendido y asustado, le preguntó que porqué había abandonado el tratamiento. Y cuando ella le dijo que no lo había hecho, él le contestó que no dijera tonterías, que era realmente imposible que hubiera podido concebir.
El año nuevo lo recibieron en Ézaro, abrazados y mirando a la luna. Y cuando bajaron, después de las doce del 31 de diciembre, a pasear por el pequeño puerto de Quilmás, fue cuando vieron a la luz. La bola luminosa surcó el cielo por encima de ellos, se detuvo unos segundos y, a continuación desapareció en el mar, sumergiéndose en las aguas.
    Y en aquella ocasión Uxía sí que tuvo fuerzas para acariciarse el vientre.
    Lois no volvió a ver ninguna luz jamás, pero no pudo olvidar nunca lo maravillosa que fue la que vió aquel fin de año. A los quince días, Uxía se hizo los análisis. Tardaron una semana en dárselos, con el resultado de que estaba embarazada de tres semanas. A las 00 horas del 29 de Octubre vino al mundo el pequeño Brandán, justo un año después de haber desaparecido. En cuanto a su nombre, no hubo discusión alguna. La vieja ya lo había bautizado el día que hablase con Uxía en el salón de té. Y tres años y pico más tarde tuvo un hermanito, al que se le puso el nombre de Xosé. Sus padres quisieron compensarle de los tres meses de frío y soledad que, en otro tiempo, había pasado acompañando a la Santa Compaña. Y hoy por hoy Brandán es el niño más bonito y más feliz que hay en el mundo. Es dulce, bueno y siempre está de buen humor. Sólo se enfada mucho cuando alguien le quiere separar de su hermano, que es el único niño tan feliz del mundo como Brandán, porque no todo el mundo tiene un hermano como él.
Si alguna vez, Anika, ves a la vieja y a las siete doncellas... haz caso de sus sabios consejos.

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