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04 noviembre 2011

Calabacines Rellenos


Ingredientes para hacer Calabacines Rellenos (para 4 personas):
  • 4 calabacines medianos
  • 500 gramos de champiñones
  • 2 cebollas medianas
  • 2 zanahorias grandes
  • 3 dientes de ajo
  • 100 gramos de queso rallado (si eres celiaco asegúrate de que es queso sin gluten)
  • 1/2 vaso de leche (unos 125 ml)
  • 5 cucharadas de aceite de oliva (unos 50 ml)
  • una pizca de nuez moscada rallada
  • sal y pimienta
  1. Lo primero que tenemos que hacer es preparar los calabacines para sacarles la carne (o pulpa) y utilizarla en el relleno. Así que limpia los calabacines bajo el chorro de agua del grifo para quitarles toda la arena. Después corta a la mitad a lo largo y pon a cocer los calabacines en agua con sal (media cucharada pequeña de sal por cada 2 litros de agua) . Si quieres puedes ver como preparar, cocer y rellenar los calabacines paso a paso y con fotos en el siguiente enlace –> Como hacer calabacines rellenos
  2.  Deja durante 10 minutos o hasta que estén tiernos los calabacines.
  3. Mientras se cuecen los calabacines podemos aprovechar para preparar las otras verduras del relleno. Limpia los champiñones y pícalos (en este enlace puedes ver como preparar champiñones). Pela la zanahoria y rállala con la ayuda de un rallador. Pela la cebolla y losajos y pícalos.
  4. Cuando estén tiernos los calabacines escúrrelos bien y si tienen muchas pepitas sácalas con una cuchara pequeña y tíralas. Luego con una cuchara saca la carne del calabacín sin romper la piel, para que podamos rellenarlos después. Pica la pulpa de los calabacines y resérvala.
  5. Ahora que tenemos la carne de los calabacines podemos empezar el relleno. En una sartén pon el aceite a calentar a fuego medio, añade la cebolla y media cucharada pequeña de sal. Cuando lleve un par de minutos añade el ajo picado. Deja un par de minutos más y entonces añade la carne de los calabacines, los champiñones picados y lazanahoria rallada.
  6. Deja a fuego medio hasta que la verdura esté hecha, unos 10 minutos. Luego añade la leche, la nuez moscada y la pimienta molida. Deja a fuego medio hasta que espese un poco la mezcla (que no quede líquida).
  7. El relleno ya está listo, ahora lo que debemos hacer es repartir el relleno entre los calabacines. Luego echamos por encima el queso rallado y metemos al horno a 180ºhasta que se derrita el queso y se ponga un poco dorado. Y listo …. fuera de la cocina y a comer!!!
El hombre-pez 


En el lugar de Liérganes, cercano a la villa de Santander, vivía a mediados del siglo XVII, Francisco de la Vega Casar, excepcional nadador conocido como "el sireno". Este personaje fue famoso y hay datos que se sabe son reales, como que su casa estuvo entre el puente de Batán y el de la Cruz Mayor o que su partida de nacimiento está fechada en 1658. Nadaba por el río Miera hasta la ría de Cubas y según dicen, después atravesaba la bahía de Santander. Los testigos dicen que su cuerpo parecía cubierto de escamas. 
Hijo del matrimonio formado por Francisco de la Vega y María de Casar, que tenían otros tres vástagos. La mujer, al enviudar, mandó al segundo de ellos, Francisco, de 15 años, a Bilbao, para que aprendiese el oficio de carpintero. Francisco mostró desde pequeño gran inclinación a pescar, nadar y estar en el río. Tanto que cuenta la tradición que, como pasaba el día en el agua, su madre le maldijo: "¡Permita la Virgen que te conviertas en pez!". Fuera así o no, lo cierto es que, a los dos años de estar en Bilbao, la víspera del día de san Juan del año 1674, fue a nadar con unos amigos a la ría del Nervión. Desnudóse el joven, entró en el agua y nadó ría abajo, hasta perderse de vista. Dado que el muchacho era un excelente nadador, sus compañeros no temieron por él hasta pasadas unas horas. Entonces, al ver que no regresaba, diéronle por ahogado.
Cinco años más tarde, en 1679, unos pescadores que faenaban en la bahía de Cádiz divisaron un extraño ser acuático de apariencia humana. Cuando se acercaron a él para ver de qué se trataba, desapareció. La insólita aparición se repitió por varios días, hasta que finalmente pudieron atraparlo, cebándolo con pedazos de pan y cercándolo con las redes. Cuando lo subieron a cubierta comprobaron con asombro que el extraño ser era un hombre joven, corpulento, de tez pálida y cabello rojizo. Tenía una cinta de escamas que le descendía de la garganta hasta el estómago, otra que le cubría todo el espinazo y unas uñas gastadas, como corroídas por el salitre.
Lleváronle al convento de San Francisco de aquella ciudad, donde le interrogaron en varios idiomas sin obtener de él respuesta alguna. Coligieron de esta taciturnidad que estaba poseído por algún espíritu maligno, en cuyo concepto le conjuraron algunos religiosos. Al cabo de unos días, los esfuerzos de los frailes en hacerle hablar se vieron recompensados con una palabra: "Liérganes". El suceso corrió de boca en boca, y nadie encontraba explicación alguna al vocablo hasta que un mozo montañés, que trabajaba en Cádiz, vino a comentar que por sus tierras había un lugar que se llamaba así. Don Domingo de la Cantolla, secretario del Santo Oficio de la Inquisición, confirmó la existencia de Liérganes como un lugar cercano a Santander, perteneciente al arzobispado de Burgos, y del cual él era oriundo. De inmediato mandó noticia del hallazgo efectuado en Cádiz a sus parientes, solicitando que le informaran si allí había ocurrido algún suceso que pudiese tener conexión con el extraño sujeto que tenían en el convento. De Liérganes respondieron que allí no había ocurrido nada extraordinario fuera de la desaparición de Francisco de la Vega, hijo de la viuda María de Casar, mientras nadaba en la ría de Bilbao; pero que esto había ocurrido cinco años atrás. 
Recibidas estas noticias se determinó que un fraile franciscano, Juan Rosendo, comprobara por sí mismo la verdad de un acontecimiento tan extraordinario. Salió el fraile con el mozo hacia Cantabria, y llegando al monte llamado de la Dehesa, que dista de Liérganes un cuarto de legua, le hizo seña de que siguiese adelante y guiase. Así lo hizo su silencioso acompañante , de suerte que, dirigióse directamente hacia Liérganes sin errar una sola vez el camino; y ya en el caserío, se encaminó sin dudar hacia la casa de María de Casar. Ésta, en cuanto le vio, reconociólo como su hijo Francisco, al igual que dos de sus hermanos que se hallaban en casa, haciendo con él las naturales demostraciones de cariño; pero él mantúvose inmóvil sin corresponder a ellas en manera alguna.
El joven Francisco quedóse en casa de su madre, donde vivía tranquilo, sin mostrar el menor interés por nada ni por nadie. Siempre iba descalzo, y si no le daban ropa no se vestía y andaba desnudo con absoluta indiferencia. No hablaba; sólo de vez en cuando pronunciaba las palabras "vino", "pan" y "tabaco", pero sin relación directa con el deseo de fumar o comer. Si se le preguntaba si lo quería, no contestaba. No solicitaba la comida, pero si se la ponían delante o si veía comer y se lo permitían, comía con avidez, para luego pasarse cuatro o cinco días sin probar bocado. Era dócil y servicial; si se le mandaba llevar algún papel de un pueblo a otro de los que conocía antes de irse, lo ejecutaba con gran puntualidad, y siempre silenciosamente. En una ocasión le enviaron a Santander con un papel para un caballero de este pueblo, y no hallando el barco de Pedreña se arrojó al mar, y pasó a nado una legua que hay de travesía desde este embarcadero a Santander. Mojado como salió entregó el papel. El sujeto a quien iba dirigido lo hizo secar para poder leerlo, y aunque preguntóle cómo estaba de aquella suerte, no respondió nada. Por el mismo rumbo volvió puntualmente la contestación. Iba a la iglesia si veía ir a otros, o si se lo mandaban; pero en el templo de nada hacía caso, ni se le notaba atención alguna a la misa y demás funciones eclesiásticas. Jamás mostraba entusiasmo por nada. Por todo ello se le tuvo por loco hasta que un buen día, al cabo de nueve años, desapareció de nuevo en el mar sin que se supiera nunca más nada de él.

 
La maldición de Laurinaga 


Allá por el siglo XV uno de los nobles caballeros más avezados a la lucha contra los moros, don Pedro Fernández de Saavedra, fue nombrado señor de una de las Islas Afortunadas, Fuerteventura, que por entonces era, según su nombre indica, la más venturosa de todas.
Don Pedro, tan conquistador en el amor como en la guerra, cobró fama, no bien llegó a la isla, por sus múltiples aventuras con las tostadas muchachitas guanches. Se casó, a poco de estar allí, con doña Constanza Sarmiento, hija de García de la Herrera, de la que tuvo catorce hijos, amén de todos los ilegítimos que sembró por la isla en sus frívolas aventuras.
Con el transcurso de los años, uno de los hijos de doña Constanza, don Luis Fernández de Herrera, se convirtió en un apuesto caballero, que demostró desde muy joven haber heredado todos los defectos de su padre, sin ninguna de sus virtudes. Era altanero, petulante y conquistador; pero cobarde para la guerra, y también, como a don Pedro, le resultaba divertido seducir a las muchachas indígenas, que le miraban como a un héroe.
En una ocasión se encaprichó de una bellísima doncella que ya había sido bautizada como cristiana con el nombre de Fernanda. A ella no le disgustaba la presencia de don Luis; pero no se decidió a poner en juego su reputación accediendo a sus deseos. Pasaron los meses, y el galán, siempre tenaz, siguió asediando a Fernanda, que cada día se sentía más dispuesta para aquel juego, hasta el extremo de aceptar complacida una invitación de don Luis para asistir a una cacería organizada por su padre.
Llegado el día, el joven caballero se las arregló para estar solo toda la mañana con la ya enamorada doncella. Comieron plácidamente a la sombra de un chopo y poco después don Luis la invitó a dar un paseo por la fronda. En animada conversación, que cada vez les alejaba más de los cazadores, llegaron a una espesa arboleda cuando ya la tarde declinaba. Don Luis, entonces, creyendo que era llegada la hora de prescindir de galanteos platónicos, intentó abrazar a Fernanda. Ella trató de defenderse por unos instantes; pero comprendiendo que le sería imposible hacerlo, pidió socorro a grandes voces con acento desesperado. Los gritos fueron oídos por los cazadores, que sólo entonces advirtieron la ausencia de la joven pareja.
Don Pedro montó en su caballo y, en compañía de otros dos caballeros picó espuelas para dirigirse hacia allí. Antes de que llegaran, pudo acudir un labrador indígena, que, viendo la situación de la doncella, trató de defenderla de don Luis. Éste, ofendido y molesto ante aquella intromisión, desenvainó su cuchillo, dispuesto a quitar la vida a aquel indígena, a la que no concedía la menor importancia. Pero no le fue posible hacerlo, porque, tras breves minutos de lucha, el labrador pudo arrebatar el arma a don Luis. Iba a clavársela como venganza, ciego de ira, cuando don Pedro, que llegaba a todo galope y había visto la escena, se precipitó con su caballo sobre el campesino, que cayó con violencia al suelo y quedó muerto en el acto. Entonces apareció por entre los árboles una anciana indígena, madre del labrador, que, lanzando una mirada dolorida ante aquel cuadro, se dio cuenta enseguida de lo ocurrido. Levantó la cabeza para conocer al causante de aquella muerte, y su mirada se encontró con la de don Pedro, el caballero que la había seducido en su juventud y del que había tenido aquel hijo que acababa de morir. La anciana, al reconocerle, ciega de indignación, le hizo saber que ella era Laurinaga y que aquel cadáver era el de su propio hijo. Luego, elevando los ojos al cielo, como invocando a los dioses guanches, maldijo con voz temblorosa y acento grave a aquella tierra de Fuerteventura, por ser señorío de aquel caballero don Pedro Fernández de Saavedra, causante de todas sus desgracias.
Dicen que a partir de este momento empezaron a soplar sobre aquellas tierras los vientos ardientes del Sahara, que se empezaron a quemar las flores y toda la isla fue convirtiéndose en un esqueleto agonizante, que según la maldición de Laurinaga acabará por desaparecer
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La aldeana de Cardeñosa (Santa Barbada)



En tiempos de los godos, según unos cronistas, o en los últimos de la dominación romana, según otros, vivía en Ávila una bellísima muchacha que tenía el nombre de Paula. Había nacido en el cercano pueblo de Cardeñosa, y era conocida tanto por su hermosura como por la sincera y humilde piedad cristiana de que daba continuas muestras. Una de sus devotas costumbres consistía en la visita frecuente a la iglesia en donde se hallaba el sepulcro de San Segundo. Llegaba, se arrodillaba delante de la sepultura del santo varón y así pasaba largo tiempo orando. Después salía, daba una limosna a algunos de los mendigos que estaban en la puerta, y regresaba con todo recato a su pueblo.
Una tarde, estaba arrodillada, cuando tuvo la sensación de que era contemplada fijamente por alguien. Alzó la vista, y advirtió que un joven, noble, a juzgar por sus vestiduras, había clavado en ella sus ojos. Entonces, un poco turbada, salió antes que de ordinario, pero en el mismo atrio fue requerida por su admirador. «Soy - le dijo - caballero y rico. Nunca contemplé una mujer tan hermosa como vos, y desde este momento mi deseo más ferviente es lograr vuestro favor». Mas Paula, rechazando enérgicamente al caballero, le reprochó tales palabras en un sitio sagrado, rogándole que dejase en paz a una pobre aldeana.
Esta escena se repitió varias veces, y el insensato amor iba creciendo en el ánimo del joven noble. Era éste de disipadas costumbres y solía satisfacer, fuera como fuera, todos sus caprichos. Así, lleno de ansia por llegar a poseer aquella sorprendente hermosura, y al mismo tiempo irritado en su orgullo, al ver cómo se le rechazaba, se propuso hacer toda suerte de intentos. Y en uno de los atardeceres en que vio marchar a Paula, la siguió, para averiguar hacia dónde se dirigía. Y al día siguiente salió hacia allá.
Cuenta la leyenda que Paula estaba sola, sentada en una peña vecina a la hoy desaparecida ermita de San Lorenzo. Vio venir a un jinete, y con terror conoció que era el caballero que la importunaba tan repetidamente. Cuando ya estaba casi al llegar, oró fervientemente, pidiendo protección al Señor, expresando su angustia al saberse bella y al ver que esa belleza podía ser causa de su perdición. Y notó cómo de pronto una fuerte barba le iba cubriendo el rostro hasta dejárselo casi oculto. Llegó el caballero, y al preguntarle si había visto entrar en la capilla a una joven, Paula le contestó: «A nadie vi desde que aquí estoy sino a mí misma». Fueron inútiles todas las pesquisas del caballero, que volvió burlado y lleno de coraje.
Paula le vio marchar llena de alegría, y postrándose de hinojos, dio gracias al Señor por el milagro que acababa de obrar. Y desde entonces, renunciando ya del todo a las cosas del mundo, se entregó a una vida de oración y penitencia. Cuando murió, ya la fama de su virtud se había extendido por toda la comarca. Su cuerpo se conserva en la capilla de San Segundo, de Adaja, cerca del sepulcro del Santo Obispo. En una inscripción hecha en una tablilla que pende del sepulcro de Paula, se lee:
Sednos buena intercesora y abogada, gloriosa Paula Barbada.