Antes de nada os diré que todos los trabajos que aquí se muestran estan realizados con imagenes, videos, etc. tomadas de la red, respetando siempre su autoria y copyright, si alguna persona considerá que en este blog se incumplen las normas, solo debe comunicarmerlo y estaré encantada de atenderle y solucionar el problema.

Espero disfruten de mi Blog y les guste tanto como a mi.

11 noviembre 2011

La Historia del Viajante de comercio

La Historia del Viajante de comercio
por 
Charles dikens

Una tarde invernal, hacia las cinco, cuando empezaba a oscurecer, pudo verse a un hombre en un calesín que azuzaba a su fatigado caballo por el camino que cruza Marlborough Downs en dirección Bristol.
Digo que pudo vérsele, y sin duda habría sido así si hubiera pasado por ese camino cualquier que no fuera ciego; pero el tiempo era tan malo, y la noche tan fría y húmeda, que nada había fuera salve el agua, por lo que el viajero trotaba en mitad del camino solitario, y bastante melancólico. Si ese día cualquier viajante hubiera podido ver ese pequeño vehículo, a pesar de todo un calesín, con el cuerpo de color de arcilla y las ruedas rojas, y la yegua hay y zorruna de paso rápido, enojadiza, semejante a un cruce entre caballo de carnicero y caballo de posta de correo de los de dos peniques, habría sabido in mediatamente que aquel viajero no podía ser otra que Tom Smart, de la importante empresa de Bilsoi y Slum, Cateaton Street, City.
Sin embargo, comí no había ningún viajante mirando, nadie supo nada sobre el asunto; y por ello, Tom Smart y su calesa de color arcilla y ruedas rojas, y la yegua zorruna d paso rápido, avanzaron juntos guardando el secrete entre ellos: y nadie lo sabría nunca.
Incluso en este triste mundo hay lugares muchísimo más agradables que Marlborough Downs cuando sopla fuerte el viento, y si el lector se deja caer por allí una triste tarde invernal, por una carretera resbaladiza y embarrada, cuando llueve a cántaros, y a modo de experimento prueba el efecto en su propia persona, sabrá hasta qué punto es cierta esta observación.
El viento soplaba, pero no carretera arriba o carretera abajo, lo que ya habría sido suficientemente malo, sino barriéndola de través, enviando la lluvia inclinada, como las líneas que solían trazarse en los cuadernos de escritura en la escuela para que los muchachos marcaran bien la inclinación. Por un momento desaparecía y el viajero empezaba a engañarse creyendo que, agotada por su furia anterior, ella misma se había apaciguado, cuando de pronto la oía silbar y gruñir en la distancia y precipitarse desde la cumbre de las colinas, barriendo la llanura, reuniendo fuerza y estruendo al acercarse, hasta que caía en una fuerte ráfaga contra el caballo y el hombre, metiendo la lluvia afilada en las orejas, y calando su fría humedad hasta los mismos huesos; y después batía detrás de ellos, muy lejos, con un asombroso rugido, como si se mofara de la debilidad de ellos y se sintiera triunfante por la conciencia de su propia fuerza y poder.
La yegua baya chapoteaba en el barro y el agua con las orejas caídas; de vez en cuando sacudía con fuerza la cabeza como para expresar su disgusto ante esa poco caballerosa conducta de los elementos, pero manteniendo un buen paso, a pesar de todo hasta que una ráfaga de viento, más furiosa que cualquier otra que les hubiera atacado anteriormente, la obligaba a detenerse de pronto y plantar las cuatro patas con firmeza en el suelo para que no la. derribara. Y fue algo especialmente misericordioso que así lo hiciera, pues de haber sido derribada, la yegua zorruna era tan ligera, y el calesín era tan ligero, y Tom Smart tenía un peso tan ligero, que infaliblemente habrían ido todos juntos rodando hasta llegar a los confines de la tierra o hasta que cesara el viento; y en cualquiera de los casos lo más probable sería que ni la yegua zorruna, ni e calesín color de arcilla y ruedas rojas ni Tom Smar hubieran vuelto a encontrarse aptos para el servicio
-Condenadas sean mis correas y bigotes -exclamó Tom Smart (a veces Tom tenía un desagradable hábito de lanzar juramentos)-. ¡Condenadas sea¡ mis correas y bigotes, si esto no es agradable, que m, soplen!
Probablemente el lector me preguntará que por qué razón, puesto que a Tom Smart ya le habían soplado bastante, expresó ese deseo de someterse d, nuevo al mismo proceso. No puedo responder; b único que sé es que Tom Smart lo dijo así, o por 1l menos siempre le dijo a mi tío que así lo había dicho, y es la misma cosa.
-Que me soplen -dijo Tom Smart, y la yegua re linchó como si fuera exactamente de la misma opinión-. Alégrate, vieja -añadió Tom tocando a la yegua en el cuello con el extremo del látigo-. En una noche como ésta es inútil seguir tirando adelante, así que en la primera casa a la que lleguemos nos presentaremos, por lo que cuanto más rápido vayas, antes terminará todo. Vamos, vieja, con suavidad, con suavidad.
Es evidente que no puedo saber si la yegua zorruna conocía lo suficiente los tonos de la voz de Tom como para entender su significado, o si bien le resultaba más frío quedarse quieta que seguir en movimiento. Lo que sí puedo decir es que no había terminado de hablar Tom cuando la yegua levantó las orejas y se lanzó hacia delante a una velocidad que hizo traquetear el calesín de color arcilla hasta tal punto que uno supondría que cada uno de los radios rojos iba a salir volando sobre la hierba de Marlborough Downs; y Tom, a pesar de llevar el látigo, no pudo detenerla ni controlar su paso hasta que por sí misma se detuvo ante una posada situada a mano derecha del camino, aproximadamente a un cuarto de milla del final de los Downs.
Tom lanzó una mirada presurosa a la parte superior de la casa mientras llevaba las riendas a la pistolera y metía el látigo en la caja. Era un lugar antiguo y extraño, construido con una especie de tablas de ripia encajadas, por así decirlo, con vigas cruzadas, con ventanas terminadas en faldones que se proyectaban totalmente sobre el camino, y una puerta inferior con un porche oscuro y un par de empinados escalones que conducían a la casa, en lugar de la moda moderna de utilizar media docena de escalones más bajos. Sin embargo, era un lugar agradable a la vista, pues por la ventana enrejada salía una luz: potente y alegre que lanzaba rayos brillantes sobre e camino, llegando incluso a iluminar los setos de enfrente; y había una luz rojiza y parpadeante en la; otra ventana, que en algunos momentos era débil mente discernible, y después brillaba con fuerza a través de las cortinas cerradas, lo que daba a entender que había un buen fuego en el interior. Valoran do esas pequeñas evidencias con el ojo de un viajero experto, Tom desmontó con la agilidad que le permitieron sus piernas casi congeladas y entró en la casa.
En menos de cinco minutos, Tom se hallaba acomodado en la habitación opuesta al bar, la habitación en la que había imaginado el fuego ardiente ante un fuego que rugía compuesto por un cubo di carbón y suficiente madera como para provenir de media docena de buenos matorrales de uva espinados apilados hacia arriba en la chimenea, que rugían, crujían con un sonido que, por sí solo, habría calentado el corazón de cualquier hombre razonable Aquello resultaba cómodo, pero no era todo, pues una joven agradablemente vestida, de mirada brillante y tobillos finos, estaba poniendo sobre la mesa un mantel blanco y muy limpio; y mientras Tom estaba sentado con los pies, calzados con zapatillas, sobre el guardafuegos de la chimenea, dando la espalda a la puerta abierta, vio una atractiva perspectiva del bar reflejada en el espejo colocado soba la repisa de la chimenea, con deliciosas filas de botellas verdes con etiquetas doradas, junto a frascos de adobos y conservas, quesos y jamones cocidos, y redondos de vaca, dispuesto todo sobre anaqueles de la manera más tentadora y deliciosa. Bueno, también esto era confortable; pero no era todo: pues en el bar, sentada frente a un té en la mesita más agradable, cerca del pequeño fuego más brillante, había una rolliza viuda de unos cuarenta y ocho años, de rostro tan confortable como el bar, que era evidentemente la propietaria de la casa y la señora suprema de todas aquellas agradables posesiones. Tan sólo había un inconveniente en la belleza general del cuadro, y era un hombre alto, un hombre verdaderamente alto, de abrigo marrón con botones brillantes de cestería, bigotes negros y cabello negro y ondulado, sentado con la viuda en la mesa del té, y del que no se necesitaba gran penetración para saber que estaba en el camino adecuado de persuadirla para que dejara de ser viuda, confiriéndole a él el privilegio de sentarse en ese bar durante lo que le quedara de vida.
Ni mucho menos tenía Tom una disposición irritable o envidiosa, pero por una u otra razón el hombre alto del abrigo marrón con los brillantes botones de cestería despertó esa pequeña inquina que tenía en su composición, y le hizo sentirse extremadamente indigno: todavía más porque de vez en cuando podía observar, desde su asiento colocado frente al espejo, ciertas pequeñas familiaridades afectivas entre el hombre alto y la viuda, que indicaban en grado suficiente que el hombre alto recibía un trato de favor tan elevado como su propio tamaño. A Tom le encantaba el ponche caliente -m aventuraría a decir que le encantaba demasiado el ponche caliente-, y después de haber comprobado que la yegua zorruna estaba bien alimentada y dormía sobre suficiente paja, y de haberse comido hasta el último bocado de la agradable cena caliente que la viuda preparó para él con sus propias manos, se limitó a pedir un vasito a modo de experimento Ahora bien, si en toda la gama del arte doméstico había un artículo que la viuda supiera elaborar mejor que cualquier otro, era ése precisamente, y el primer vaso se adaptó tan agradablemente al gusto d Tom Smart que pidió un segundo con el menor retrasó posible. El ponche caliente, caballeros, es algo agradable -algo extremadamente agradable bajo cualquier circunstancia-, pero en aquel cómodo antiguo salón, ante un fuego rugiente, mientras viento soplaba en el exterior haciendo crujir todos los maderos de la vieja casa, a Tom Smart le resulta absolutamente delicioso. Pidió otro vaso, y luego otro más -no estoy muy seguro de que no pidió otro después de aquél-, pero cuanto más ponche caliente bebía, más pensaba en el hombre alto.
-¡Que su insolencia le confunda! -exclamó Tom para sí mismo-. ¿Qué asuntos tiene que resolver e este cómodo bar? ¡Un villano tan feo! Si la viuda tt viera algún gusto, elegiría seguramente a un tipo mejor que ése.
Tras decir aquellas cosas, la mirada de Tom pasó del espejo colocado sobre la repisa de la chimenea que había sobre la mesa; y conforme se fue sintiendo cada vez más sentimental, vació el cuarto vaso de ponche y pidió un quinto.
Tom Smart, caballeros, se había sentido siempre muy atraído por el negocio tabernero. Desde hacía, tiempo su ambición había sido atender un bar de su propiedad vestido con un abrigo verde, calzones de pana y fustán de pelo. Tenía grandes ideas acerca de cómo sentarse en cenas joviales, y había pensado a menudo lo bien que podría presidir con su conversación un salón propio, y qué ejemplo supremo sería para sus clientes en el departamento de bebidas. Todas estas cosas pasaron rápidamente por la mente de Tom mientras estaba sentado bebiendo ponche caliente junto al crujiente fuego, y se sintió justa y apropiadamente indignado por el hecho de que el hombre alto estuviera en el camino de conseguir tan excelente casa mientras que él, Tom Smart, estaba tan lejos de ella como siempre. Por ello, tras deliberar mientras tomaba los dos últimos vasos, acerca de si tenía perfecto derecho a iniciar una disputa con el hombre alto por haber conseguido éste la gracia de la rolliza viuda, Tom Smart llegó finalmente a la satisfactoria conclusión de que era un individuo perseguido, cuyas dotes no habían sabido utilizarse, y haría bien en irse a la cama.
La joven elegante guió a Tom por unas escaleras amplias y antiguas, utilizando una mano como pantalla de la vela para protegerla de las corrientes de aire que en un lugar tan antiguo y con tanto espacio para corretear habrían podido encontrar mucho sitio para divertirse sin apagar la vela, pero que, sin embargo, la apagarían; ello permitiría a los enemigos de Tom la oportunidad de afirmar que había sido él y no el viento, el que apagó la vela, y que mientras simulaba soplar para encenderla de nuevo en realidad estaba besando a la joven. Pero en cualquier caso obtuvieron otra luz y Tom fue conducido a través de un laberinto de habitaciones y pasillos hasta una estancia que había sido preparada para su recepción, en la que la joven se despidió de él deseándole buenas noches y le dejó a solas.
Era una habitación buena y grande con amplio armarios y una cama que habría servido para un internado completo, por no hablar de un par de roperos de roble en los que habrían cabido los equipajes de un pequeño ejército; pero lo que más llamó la atención a Tom fue una extraña silla de respaldo alto y aspecto horrendo tallada de la manera mi fantástica, con un cojín de damasco floreado y una abultamientos redondos en la parte inferior de lo patas cuidadosamente envueltos en paño rojo como si tuviera gota en los dedos. De cualquier otra extraña silla Tom sólo habría pensado que era una silla extraña, y ahí habría terminado el asunto; pero en esa silla particular había algo, aunque no podía decir qué era, tan extraño y tan diferente a cualquier otro mueble que hubiera visto nunca que pareció fascinarle. Se sentó delante del fuego y se quedó mirando fijamente la vieja silla durante media hora como si el demonio se hubiera apropiado de ella; el tan extraña que no podía apartar los ojos de aquel, objeto.
-Vaya -dijo lentamente mientras se desvestía sin dejar de mirar un solo momento la vieja silla, erguida con aspecto misterioso junto a la cama-. Jamás en mi vida vi cosa tan peculiar. Muy extraño -añadió Tom, que con el ponche caliente se había vuelto bastante sagaz-. Muy extraño.
Sacudió la cabeza con actitud de profunda sabiduría y volvió a contemplar la silla. Sin embargo, no pudo sacar nada en claro, por lo que se metió en la cama, se tapó hasta estar bien caliente y se quedó dormido.
Media hora después, Tom despertó sobresaltado de un confuso sueño en el que participaban hombres altos y vasos de ponche: y el primer objeto que se presentó ante su imaginación despierta fue la extraña silla.
-No voy a mirarla más -se dijo apretando los párpados uno contra otro y tratando de persuadirse de que iba a dormir de nuevo. Inútil; por sus ojos sólo bailaban sillas extrañas que coceaban con sus patas, saltaban las unas sobre los respaldos de las otras y realizaban las cabriolas más extrañas.
-Será mejor ver una silla auténtica que dos o tres series completas de sillas falsas -dijo sacando la cabeza desde abajo de las ropas de cama. Y ahí estaba, claramente discernible a la luz del fuego, tan provocativa como siempre.
Miró la silla y de pronto, mientras la contemplaba, pareció producirse en ella un cambio de lo más extraordinario. La talla del respaldo asumió gradualmente el alineamiento y la expresión de un rostro humano viejo y arrugado; el cojín de damasco se convirtió en una antiguo chaleco de solapas; los bultos redondos se convirtieron en dos pares de pies embutidos en zapatillas de paño rojo; y la vieja silla se asemejó a un anciano muy feo, del siglo anterior, con los brazos en jarras. Tom se sentó en la cama y se frotó los ojos para deshacer la ilusión. Pero no. La silla era un anciano feo; y lo que es más, le estaba guiñando un ojo a Tom Smart.
Tom era por naturaleza una especie de perro temerario y descuidado, y se había tomado cinco vasos de ponche caliente; es por eso que, aunque a principio se mostrara algo sorprendido, empezó < indignarse en cuanto vio que el anciano caballero le guiñaba un ojo y le sonreía descaradamente con un aire tan insolente. Finalmente decidió que no iba, soportarlo; y como el rostro envejecido seguía haciéndole guiños con mayor rapidez que nunca, con tono verdaderamente colérico, le dijo:
-¿Por qué diablos me está guiñando el ojo? -Porque me gusta, Tom Smart -contestó la silla o el anciano caballero, como prefiera llamarle el lector. Sin embargo dejó de hacer guiños cuando Ton habló, y empezó a sonreír como un mono viejísimo -¿Y cómo sabe mi nombre, viejo cascanueces -preguntó Tom con bastantes titubeos, aunque creía estar haciéndolo bastante bien.
-Vamos, vamos, Tom-dijo el anciano caballero, esa no es manera de dirigirse a una sólida madera de caoba española. Que me condenen si no me trataría con menos respeto si fuera de contrachapado.
Cuando el anciano caballero dijo esto, miró con tal violencia a Tom que éste empezó a asustarse. -No pretendía tratarle con ninguna falta de respeto, señor -dijo Tom en un tono mucho más humilde que el que había empleado al principio. -Bueno, bueno -contestó el anciano-. Quizá no… quizá no, Tom…
-Señor…
-Lo sé todo sobre ti, Tom; todo. Eres muy pobre, Tom.
-Ciertamente que lo soy -replicó Tom Smart-. Pero ¿cómo ha llegado a saber eso?
-No tiene importancia -dijo el anciano-. Y te gusta mucho el ponche, Tom.
Tom Smart estuvo a punto de protestar afirmando que no había probado una gota desde su último cumpleaños, pero cuando su mirada se encontró con la del anciano caballero, éste parecía tener tal conocimiento que Tom enrojeció y guardó silencio. -Tom, la viuda es una hermosa mujer… verdaderamente hermosa… ¿eh, Tom?
En ese momento el anciano levantó la mirada hacia arriba, alzó una de sus pequeñas y desgastadas patas y pareció tan desagradablemente amoroso que
Tom sintió un absoluto desagrado por la vanidad de su conducta… ¡a sus años!
-Soy su guardián, Tom -dijo el anciano. -¿Eso es lo que es? -preguntó Tom Smart. -Conocía a su madre, Tom -dijo el viejo-. Y a su abuela. Ella me tenía mucho cariño… fue la que me hizo este chaleco, Tom.
-¿Eso hizo? -preguntó Tom Smart.
-Y estos zapatos -añadió el anciano levantando una de las zapatillas de paño rojo-. Pero no lo cuentes por ahí, Tom. No me gustaría que se supiera que ella estaba tan unida a mí. Podría producir ciertas situaciones desagradables en la familia.
Cuando el viejo truhán dijo aquello tenía un aspecto tan extremadamente impertinente que, tal como declaró después Tom Smart, no habría sentido el menor remordimiento de sentarse encima de él,
-He sido un gran favorito entre las mujeres de mi época, Tom -afirmó el disoluto y viejo crápula-, Cientos de hermosas mujeres se han sentado en mi regazo durante horas. ¿Qué piensas de eso, eh, perro?
El anciano caballero iba a proceder a contar algunas otras hazañas de su juventud cuando le sobrevino un ataque de crujidos tan violento que fue incapaz de proseguir.
«Ahí tienes lo que te mereces, viejo», pensó Tom Smart; pero no llegó a decir nada.
-¡Ay! -exclamó el anciano-. Esto me inquieta, mucho ahora. Estoy envejeciendo, Tom, y he perdido casi todos mis barrotes. También me han hecho ya una operación, una pequeña pieza del respaldo, ) fue una prueba muy dura, Tom.
-Me atrevo a decir que así fue, señor -añadir Tom Smart.
-Sin embargo, eso no viene al caso -replicó e anciano caballero-. ¡Tom, quiero que te cases con la-, viuda!
-¿Yo, señor? -preguntó Tom.
-Sí, tú-contestó el anciano.
-Bendito sea su reverendo relleno -exclamó Tom, aunque apenas si le quedaban unos cuantos pelos de caballo-. Bendito sea su reverendo relleno, pero ella no me querría -exclamó Tom suspirando involuntariamente al pensar en el bar.
-¿Que no? -preguntó con firmeza el anciano. -No, no -respondió Tom-. Hay otro en el campo. Un hombre alto… un hombre terriblemente alto… de bigote negro.
-Tom -le informó el anciano-. Ella nunca le tendrá.
-¿Que no? -preguntó Tom-. Si estuviera usted en el bar, anciano caballero, hablaría de otra manera.
-Bah, bah. Lo sé todo sobre esa historia. -¿Sobre qué? -preguntó Tom.
-Sobre besos detrás de la puerta, y todas esas cosas, Tom -añadió el anciano.
En ese momento lanzó otra mirada insolente que encolerizó mucho a Tom, pues como todos ustedes, caballeros, saben bien, escuchar a un viejo,
que por serlo debería conocer mejor el mundo, hablar sobre esas cosas resulta muy desagradable… nada más que por eso.
-Lo sé todo al respecto, Tom. Lo he visto hacer muy a menudo en mi época, Tom, entre más personas de las que me gustaría mencionarte; pero al final nunca se llega a nada.
-Ha debido ver usted algunas cosas extrañas -preguntó Tom con mirada inquisitiva.
-Puedes afirmarlo, Tom -replicó el viejo con ut complicado guiño-. Soy el último de mi familia Tom -añadió el anciano lanzando un melancólico suspiro.
-¿Y fue muy grande? -preguntó Tom Smart. -Éramos doce, Tom; tipos hermosos de respaldo, tan bello y recto como le gustaría ver a cualquiera Nada de esos abortos modernos… todos con brazo y con un grado tal de pulido que habría alegrado t, corazón contemplarnos.
-¿Y qué ha sido de los demás, señor?
El anciano caballero se llevó un codo al ojo al tiempo que contestaba:
-Murieron, Tom, murieron. Teníamos un duro trabajo, Tom, y no todos poseían mi constitución Tenían reuma en piernas y brazos, y acabaron en cocinas y hospitales; y uno de ellos, tras un prolonga do servicio y una dura utilización, perdió el sentido se volvió tan loco que tuvieron que quemarlo. Qué cosa tan sorprendente ésa, Tom.
-¡Terrible! -exclamó Tom Smart.
El anciano guardó silencio unos minutos, evidentemente mientras combatía sus emotivos sentimientos, y después añadió:
-Sin embargo, Tom, me estoy apartando del tema. Ese hombre alto, Tom, es un aventurero ruin En el momento en que se casara con la viuda vendo ría todos los muebles y escaparía. ¿Y cuáles serían las, consecuencias? Ella quedaría abandonada y reducida a la ruina, y yo moriría de frío en alguna tienda de muebles viejos.
-Sí, pero…
-No me interrumpas. De ti, Tom Smart, tengo una opinión muy diferente; pues bien sé que si alguna vez te asentaras en una posada, nunca la abandonarías mientras’ hubiera algo que beber dentro de sus paredes.
-Me siento muy agradecido por su buena opinión, señor-le informó Tom Smart.
-Por tanto -siguió diciendo el anciano con tono autoritario-: tú serás el que la tenga, y él no. -¿Cómo puede impedirse? -preguntó ansiosamente Tom Smart.
-Con esta revelación: el ya está casado.
-¿Cómo puedo demostrarlo? -preguntó Tom saliendo a medias de la cama.
El anciano caballero separó un brazo de su costado y tras señalar a uno de los vestidores de roble volvió a colocarlo inmediatamente en su antigua posición.
-Poco piensa él que en el bolsillo derecho de unos pantalones de ese vestidor ha dejado una carta en la que se le pide que regrese junto a su desconsolada esposa, con seis niños, toma buena nota, Tom, seis niños, y todos ellos pequeños.
Cuando el anciano caballero pronunció con solemnidad aquellas palabras sus rasgos se fueron haciendo menos y menos claros y su figura se volvió más sombría. Sobre los ojos de Tom Smart cayó una película. El anciano pareció fundirse gradualmente con la silla, el chaleco de damasco convertirse en cojín, las zapatillas rojas encogerse en pequeñas bolsas
de paño rojo. La luz desapareció suavemente y Tom Smart se dejó caer sobre la almohada y se quedó profundamente dormido.
La mañana despertó a Tom del sueño letárgico en el que había caído al desaparecer el anciano. Se sentó en la cama y durante unos minutos trató vanamente de recordar los hechos de la noche anterior. Repentin4mente se acordó de ellos. Miró la silla; era ciertamente un mueble fantástico y feo, pero sólo una imaginación notablemente viva e ingeniosa podría haber descubierto cualquier parecido entre el mueble y el anciano.
-¿Cómo se encuentra, anciano? -preguntó Tom. A la luz del día se sentía más audaz, como le sucede a la mayoría de los hombres.
La silla permaneció inmóvil y no dijo una sola palabra.
-Hace una mañana espantosa -añadió Tom. Pero no. La silla no se sentía dispuesta a conversar. -¿A qué vestidor señaló? Al menos podría decirme eso -insistió Tom. Pero la silla, caballeros, no decía una sola palabra.
-De cualquier manera, no es muy difícil abrirlos -siguió diciendo Tom al tiempo que salía de la cama. Se dirigió hacia uno de los vestidores. La llave estaba puesta en la cerradura; la giró y abrió la puerta. Allí había unos pantalones. ¡Metió la mano en el bolsillo y sacó una carta idéntica a la que había descrito el anciano caballero!
-Qué cosa tan extraña es ésta -exclamó Tom Smart mirando primero a la silla, y luego al vestidor, después a la carta y finalmente otra vez a la silla-. ¡Muy extraño! -repitió.
Pero como no había allí nada que amortiguase la extrañeza, pensó que también él debía vestirse y arreglar enseguida los asuntos del hombre alto… sólo para sacarle de su desgracia.
Tom fue fijándose al pasar en las distintas habitaciones, mientras bajaba, con el ojo atento de un propietario; considerando que no sería imposible que en breve tiempo las estancias y sus contenidos fueran de su propiedad. El hombre alto estaba de pie en el cómodo bar, con las manos a la espalda, sintiéndose muy en su casa. Dirigió a Tom una sonrisa vacía. Un observador casual podría haber supuesto que lo hizo sólo para mostrarle sus dientes blancos; pero Tom Smart pensó que una conciencia de triunfo ocupaba el lugar en el que había estado la mente del hombre alto. Tom le sonrió directamente y llamó a la patrona.
-Buenos días, señora-dijo Tom Smart cerrando la puerta del saloncito cuando entró la viuda. -Buenos días, señor -respondió ella-. ¿Qué tomará para el desayuno, señor?
Tom estaba pensando en la forma de introducir el tema, por lo que no respondió.
-Tenemos un jamón muy bueno -dijo la viuda-. Y una estupenda ave fría mechada. ¿Le sirvo eso, señor?
Esas palabras sacaron a Tom de sus reflexiones. La admiración que sentía por la viuda aumentaba conforme ésta hablaba. ¡Qué criatura tan considerada! ¡Qué comodidad para proveerle de todo!
-¿Quién es el caballero que está en el bar, señora? -preguntó Tom.
-Se llama Jinkins, señor -respondió la viuda sonrojándose ligeramente.
-Es un hombre alto -dijo Tom.
-Es un hombre muy bueno, señor -contestó la viuda-. Y un caballero muy agradable.
-¡Ah! -exclamó Tom.
-¿Desea alguna cosa más, señor? -preguntó la viuda, que se sentía bastante perpleja por las maneras de Tom.
-Bueno, sí -contestó Tom-. Mi querida señora, ¿tendría la amabilidad de sentarse un momento?
La viuda pareció muy sorprendida, pero se sentó, y Tom lo hizo también cerca de ella. Caballeros, no sé cómo sucedió… la verdad es que mi tío solía contarme que Tom Smart le dijo que tampoco él sabía cómo había sucedido; pero el caso es que, de una manera o de otra, la palma de la mano de Tom se posó sobre el dorso de la mano de la viuda, y la dejó allí mientras hablaba.
-Mi querida señora -dijo Tom Smart, pues siempre había pensado lo importante que era mostrarse amable-. Mi querida señora, merece usted un marido excelente… cierto que sí.
-¡Vaya, señor! -exclamó la viuda, lo que no resulta ilógico, pues la manera que tuvo Tom de iniciar la conversación era bastante inusual, por no decir sorprendente, teniendo en cuenta el hecho de que hasta la noche anterior no la había visto nunca-. ¡Vaya, señor!
-Desprecio las adulaciones, mi querida señora. Pero merece usted un marido admirable, y sea éste quien sea, será un hombre afortunado.
Al decir aquello, la mirada de Tom pasó del rostro de la viuda a las comodidades que le rodeaban. La viuda parecía más sorprendida que nunca, e hizo un esfuerzo por levantarse. Tom le apretó suavemente la mano, como para detenerla, y ella permaneció en su asiento. Las viudas, caballeros, no suelen ser timoratas, tal como mi tío solía decir.
-Estoy segura de sentirme muy agradecida hacia usted, señor, por su buena opinión -dijo la rolliza patrona riéndose a medias-. Y si alguna vez vuelvo a casarme…
-Si… -repitió Tom Smart mirándola astutamente con el rabillo del ojo derecho-. Si…
-Bueno -añadió la viuda riéndose con franqueza esa vez-. Cuando lo haga, espero conseguir un esposo tan bueno como el que usted describe.
-Como por ejemplo Jinkins -dijo Tom. -¡Vaya, señor! -exclamó la viuda.
-Ay, no me diga eso -insistió Tom-. Le conozco. -Estoy convencida de que nadie que le conozca sabrá nada malo de él -dijo la viuda, pasando al ataque ante el aire misterioso con el que había hablado Tom.
-¡Ejem! -exclamó Tom Smart.
La viuda empezó a pensar que era ya un buen momento de llorar, por lo que sacó su pañuelo y preguntó a Tom si es que deseaba insultarla: si es que pensaba que era propio de un caballero hablar mal de otro a sus espaldas; que por qué motivo, s tenía algo que decir, no se lo decía al caballero como un hombre, en lugar de asustar a una pobre, débil mujer de esa manera, y cosas por el estilo.
-Se lo diré a él enseguida-dijo Tom-. Pero quiero que usted lo escuche primero.
-¿De qué se trata? -preguntó la viuda mirando fijamente el rostro de Tom.
-Le va a asombrar -contestó Tom llevándose una mano al bolsillo.
-Si es eso, que él quiere dinero -dijo la viuda- ya lo sé, y no tiene usted que preocuparse.
-Bah, qué tontería, eso no es nada -dijo Ton Smart-. También yo quiero dinero. No es eso. -Entonces, amigo mío, ¿de qué se trata? -excla mó la pobre viuda.
-No se asuste -le respondió Tom Smart mien tras sacaba lentamente la carta y la abría-. ¿Está segura de que no gritará? -le preguntó con vacilación -No, no -contestó la viuda-. Déjeme verla.
-¿Y no va a desmayarse, ni hará ninguna otra tontería? -preguntó Tom.
-No, no -contestó la viuda inmediatamente. -¿Y no saldrá corriendo para golpearle? -volvió, preguntar Tom-. Porque voy a hacer todo esto por usted; será mejor que no se lo tome a mal.
-De acuerdo, de acuerdo -dijo la viuda-. Déjeme verla.
-Así lo haré -contestó Tom Smart, y diciendo esas palabras colocó la carta en la mano de la viuda Caballeros, oí decir a mi tío que Tom Smart dijo que las lamentaciones de la viuda cuando se enteró de aquello habrían traspasado un corazón de piedra. El de Tom era ciertamente muy tierno, y traspasaron el suyo hasta la misma médula. La viuda se columpiaba hacia delante y hacia atrás retorciéndose las manos.
-¡Ay, qué hombre tan engañoso y vil! -exclamaba la viuda.
-¡Espantoso, mi querida señora! Pero compórtese.
-¡Ay, cómo voy a hacerlo! -gritó la viuda-. ¡Nunca encontraré a ningún otro a quien pueda amar tanto!
-Ay, claro que lo encontrará, mi querida señora -exclamó Tom Smart dejando caer una verdadera lluvia de enormes lágrimas por la piedad que sentía por el infortunio de la viuda. En la energía de su compasión, Tom Smart había rodeado con un brazo la cintura de la viuda; y la viuda, movida por la pasión de la pena, había sujetado la mano de Tom. Ésta miró a Tom al rostro y le sonrió entre sus lágrimas. Tom miró el semblante de ella, y sonrió entre las suyas.
Nunca pude averiguar, caballeros, si Tom besó o no a la viuda en ese momento particular. Solía decirle a mi tío que no lo había hecho, pero tengo mis dudas al respecto. Entre nosotros, caballeros, estoy convencido de que lo hizo.
En todo caso, Tom echó a patadas al hombre alto por la puerta delantera media hora más tarde y se casó con la viuda al cabo de un mes. Y solía recorrer el campo con el calesín de color arcilla y rueda, rojas y la yegua zorruna de paso rápido hasta que muchos años después abandonó el negocio y se fui a Francia con su esposa; y más tarde, la vieja casa se vino abajo.
LA HISTORIA DEL VIAJANTE DE COMERCIO
Autor: CHARLES DICKENS
Una tarde invernal, hacia las cinco, cuando empezaba a oscurecer, pudo verse a un hombre en uj calesín que azuzaba a su fatigado caballo por el camino que cruza Marlborough Downs en dirección Bristol. Digo que pudo vérsele, y sin duda habría sido así si hubiera pasado por ese camino cualquier que no fuera ciego; pero el tiempo era tan malo, y la noche tan fría y húmeda, que nada había fuera salve el agua, por lo que el viajero trotaba en mitad del camino solitario, y bastante melancólico. Si ese día cualquier viajante hubiera podido ver ese pequeño vehículo, a pesar de todo un calesín, con el cuerpo de color de arcilla y las ruedas rojas, y la yegua hay y zorruna de paso rápido, enojadiza, semejante a un cruce entre caballo de carnicero y caballo de posta de correo de los de dos peniques, habría sabido in mediatamente que aquel viajero no podía ser otra que Tom Smart, de la importante empresa de Bilsoi y Slum, Cateaton Street, City. Sin embargo, comí no había ningún viajante mirando, nadie supo nada sobre el asunto; y por ello, Tom Smart y su calesa de color arcilla y ruedas rojas, y la yegua zorruna d paso rápido, avanzaron juntos guardando el secrete entre ellos: y nadie lo sabría nunca.
Incluso en este triste mundo hay lugares muchísimo más agradables que Marlborough Downs cuando sopla fuerte el viento, y si el lector se deja caer por allí una triste tarde invernal, por una carretera resbaladiza y embarrada, cuando llueve a cántaros, y a modo de experimento prueba el efecto en su propia persona, sabrá hasta qué punto es cierta esta observación.
El viento soplaba, pero no carretera arriba o carretera abajo, lo que ya habría sido suficientemente malo, sino barriéndola de través, enviando la lluvia inclinada, como las líneas que solían trazarse en los cuadernos de escritura en la escuela para que los muchachos marcaran bien la inclinación. Por un momento desaparecía y el viajero empezaba a engañarse creyendo que, agotada por su furia anterior, ella misma se había apaciguado, cuando de pronto la oía silbar y gruñir en la distancia y precipitarse desde la cumbre de las colinas, barriendo la llanura, reuniendo fuerza y estruendo al acercarse, hasta que caía en una fuerte ráfaga contra el caballo y el hombre, metiendo la lluvia afilada en las orejas, y calando su fría humedad hasta los mismos huesos; y después batía detrás de ellos, muy lejos, con un asombroso rugido, como si se mofara de la debilidad de ellos y se sintiera triunfante por la conciencia de su propia fuerza y poder.
La yegua baya chapoteaba en el barro y el agua con las orejas caídas; de vez en cuando sacudía con fuerza la cabeza como para expresar su disgusto ante esa poco caballerosa conducta de los elementos, pero manteniendo un buen paso, a pesar de todo hasta que una ráfaga de viento, más furiosa que cualquier otra que les hubiera atacado anteriormente, la obligaba a detenerse de pronto y plantar las cuatro patas con firmeza en el suelo para que no la. derribara. Y fue algo especialmente misericordioso que así lo hiciera, pues de haber sido derribada, la yegua zorruna era tan ligera, y el calesín era tan ligero, y Tom Smart tenía un peso tan ligero, que infaliblemente habrían ido todos juntos rodando hasta llegar a los confines de la tierra o hasta que cesara el viento; y en cualquiera de los casos lo más probable sería que ni la yegua zorruna, ni e calesín color de arcilla y ruedas rojas ni Tom Smar hubieran vuelto a encontrarse aptos para el servicio
-Condenadas sean mis correas y bigotes -exclamó Tom Smart (a veces Tom tenía un desagradable hábito de lanzar juramentos)-. ¡Condenadas sea¡ mis correas y bigotes, si esto no es agradable, que m, soplen!
Probablemente el lector me preguntará que por qué razón, puesto que a Tom Smart ya le habían soplado bastante, expresó ese deseo de someterse d, nuevo al mismo proceso. No puedo responder; b único que sé es que Tom Smart lo dijo así, o por 1l menos siempre le dijo a mi tío que así lo había dicho, y es la misma cosa.
-Que me soplen -dijo Tom Smart, y la yegua re linchó como si fuera exactamente de la misma opinión-. Alégrate, vieja -añadió Tom tocando a la yegua en el cuello con el extremo del látigo-. En una noche como ésta es inútil seguir tirando adelante, así que en la primera casa a la que lleguemos nos presentaremos, por lo que cuanto más rápido vayas, antes terminará todo. Vamos, vieja, con suavidad, con suavidad.
Es evidente que no puedo saber si la yegua zorruna conocía lo suficiente los tonos de la voz de Tom como para entender su significado, o si bien le resultaba más frío quedarse quieta que seguir en movimiento. Lo que sí puedo decir es que no había terminado de hablar Tom cuando la yegua levantó las orejas y se lanzó hacia delante a una velocidad que hizo traquetear el calesín de color arcilla hasta tal punto que uno supondría que cada uno de los radios rojos iba a salir volando sobre la hierba de Marlborough Downs; y Tom, a pesar de llevar el látigo, no pudo detenerla ni controlar su paso hasta que por sí misma se detuvo ante una posada situada a mano derecha del camino, aproximadamente a un cuarto de milla del final de los Downs.
Tom lanzó una mirada presurosa a la parte superior de la casa mientras llevaba las riendas a la pistolera y metía el látigo en la caja. Era un lugar antiguo y extraño, construido con una especie de tablas de ripia encajadas, por así decirlo, con vigas cruzadas, con ventanas terminadas en faldones que se proyectaban totalmente sobre el camino, y una puerta inferior con un porche oscuro y un par de empinados escalones que conducían a la casa, en lugar de la moda moderna de utilizar media docena de escalones más bajos. Sin embargo, era un lugar agradable a la vista, pues por la ventana enrejada salía una luz: potente y alegre que lanzaba rayos brillantes sobre e camino, llegando incluso a iluminar los setos de enfrente; y había una luz rojiza y parpadeante en la; otra ventana, que en algunos momentos era débil mente discernible, y después brillaba con fuerza a través de las cortinas cerradas, lo que daba a entender que había un buen fuego en el interior. Valoran do esas pequeñas evidencias con el ojo de un viajero experto, Tom desmontó con la agilidad que le permitieron sus piernas casi congeladas y entró en la casa.
En menos de cinco minutos, Tom se hallaba acomodado en la habitación opuesta al bar, la habitación en la que había imaginado el fuego ardiente ante un fuego que rugía compuesto por un cubo di carbón y suficiente madera como para provenir de media docena de buenos matorrales de uva espinados apilados hacia arriba en la chimenea, que rugían, crujían con un sonido que, por sí solo, habría calentado el corazón de cualquier hombre razonable Aquello resultaba cómodo, pero no era todo, pues una joven agradablemente vestida, de mirada brillante y tobillos finos, estaba poniendo sobre la mesa un mantel blanco y muy limpio; y mientras Tom estaba sentado con los pies, calzados con zapatillas, sobre el guardafuegos de la chimenea, dando la espalda a la puerta abierta, vio una atractiva perspectiva del bar reflejada en el espejo colocado soba la repisa de la chimenea, con deliciosas filas de botellas verdes con etiquetas doradas, junto a frascos de adobos y conservas, quesos y jamones cocidos, y redondos de vaca, dispuesto todo sobre anaqueles de la manera más tentadora y deliciosa. Bueno, también esto era confortable; pero no era todo: pues en el bar, sentada frente a un té en la mesita más agradable, cerca del pequeño fuego más brillante, había una rolliza viuda de unos cuarenta y ocho años, de rostro tan confortable como el bar, que era evidentemente la propietaria de la casa y la señora suprema de todas aquellas agradables posesiones. Tan sólo había un inconveniente en la belleza general del cuadro, y era un hombre alto, un hombre verdaderamente alto, de abrigo marrón con botones brillantes de cestería, bigotes negros y cabello negro y ondulado, sentado con la viuda en la mesa del té, y del que no se necesitaba gran penetración para saber que estaba en el camino adecuado de persuadirla para que dejara de ser viuda, confiriéndole a él el privilegio de sentarse en ese bar durante lo que le quedara de vida.
Ni mucho menos tenía Tom una disposición irritable o envidiosa, pero por una u otra razón el hombre alto del abrigo marrón con los brillantes botones de cestería despertó esa pequeña inquina que tenía en su composición, y le hizo sentirse extremadamente indigno: todavía más porque de vez en cuando podía observar, desde su asiento colocado frente al espejo, ciertas pequeñas familiaridades afectivas entre el hombre alto y la viuda, que indicaban en grado suficiente que el hombre alto recibía un trato de favor tan elevado como su propio tamaño. A Tom le encantaba el ponche caliente -m aventuraría a decir que le encantaba demasiado el ponche caliente-, y después de haber comprobado que la yegua zorruna estaba bien alimentada y dormía sobre suficiente paja, y de haberse comido hasta el último bocado de la agradable cena caliente que la viuda preparó para él con sus propias manos, se limitó a pedir un vasito a modo de experimento Ahora bien, si en toda la gama del arte doméstico había un artículo que la viuda supiera elaborar mejor que cualquier otro, era ése precisamente, y el primer vaso se adaptó tan agradablemente al gusto d Tom Smart que pidió un segundo con el menor retrasó posible. El ponche caliente, caballeros, es algo agradable -algo extremadamente agradable bajo cualquier circunstancia-, pero en aquel cómodo antiguo salón, ante un fuego rugiente, mientras viento soplaba en el exterior haciendo crujir todos los maderos de la vieja casa, a Tom Smart le resulta absolutamente delicioso. Pidió otro vaso, y luego otro más -no estoy muy seguro de que no pidió otro después de aquél-, pero cuanto más ponche caliente bebía, más pensaba en el hombre alto.
-¡Que su insolencia le confunda! -exclamó Tom para sí mismo-. ¿Qué asuntos tiene que resolver e este cómodo bar? ¡Un villano tan feo! Si la viuda tt viera algún gusto, elegiría seguramente a un tipo mejor que ése.
Tras decir aquellas cosas, la mirada de Tom pasó del espejo colocado sobre la repisa de la chimenea que había sobre la mesa; y conforme se fue sintiendo cada vez más sentimental, vació el cuarto vaso de ponche y pidió un quinto.
Tom Smart, caballeros, se había sentido siempre muy atraído por el negocio tabernero. Desde hacía, tiempo su ambición había sido atender un bar de su propiedad vestido con un abrigo verde, calzones de pana y fustán de pelo. Tenía grandes ideas acerca de cómo sentarse en cenas joviales, y había pensado a menudo lo bien que podría presidir con su conversación un salón propio, y qué ejemplo supremo sería para sus clientes en el departamento de bebidas. Todas estas cosas pasaron rápidamente por la mente de Tom mientras estaba sentado bebiendo ponche caliente junto al crujiente fuego, y se sintió justa y apropiadamente indignado por el hecho de que el hombre alto estuviera en el camino de conseguir tan excelente casa mientras que él, Tom Smart, estaba tan lejos de ella como siempre. Por ello, tras deliberar mientras tomaba los dos últimos vasos, acerca de si tenía perfecto derecho a iniciar una disputa con el hombre alto por haber conseguido éste la gracia de la rolliza viuda, Tom Smart llegó finalmente a la satisfactoria conclusión de que era un individuo perseguido, cuyas dotes no habían sabido utilizarse, y haría bien en irse a la cama.
La joven elegante guió a Tom por unas escaleras amplias y antiguas, utilizando una mano como pantalla de la vela para protegerla de las corrientes de aire que en un lugar tan antiguo y con tanto espacio para corretear habrían podido encontrar mucho sitio para divertirse sin apagar la vela, pero que, sin embargo, la apagarían; ello permitiría a los enemigos de Tom la oportunidad de afirmar que había sido él y no el viento, el que apagó la vela, y que mientras simulaba soplar para encenderla de nuevo en realidad estaba besando a la joven. Pero en cualquier caso obtuvieron otra luz y Tom fue conducido a través de un laberinto de habitaciones y pasillos hasta una estancia que había sido preparada para su recepción, en la que la joven se despidió de él deseándole buenas noches y le dejó a solas.
Era una habitación buena y grande con amplio armarios y una cama que habría servido para un internado completo, por no hablar de un par de roperos de roble en los que habrían cabido los equipajes de un pequeño ejército; pero lo que más llamó la atención a Tom fue una extraña silla de respaldo alto y aspecto horrendo tallada de la manera mi fantástica, con un cojín de damasco floreado y una abultamientos redondos en la parte inferior de lo patas cuidadosamente envueltos en paño rojo como si tuviera gota en los dedos. De cualquier otra extraña silla Tom sólo habría pensado que era una silla extraña, y ahí habría terminado el asunto; pero en esa silla particular había algo, aunque no podía decir qué era, tan extraño y tan diferente a cualquier otro mueble que hubiera visto nunca que pareció fascinarle. Se sentó delante del fuego y se quedó mirando fijamente la vieja silla durante media hora como si el demonio se hubiera apropiado de ella; el tan extraña que no podía apartar los ojos de aquel, objeto.
-Vaya -dijo lentamente mientras se desvestía sin dejar de mirar un solo momento la vieja silla, erguida con aspecto misterioso junto a la cama-. Jamás en mi vida vi cosa tan peculiar. Muy extraño -añadió Tom, que con el ponche caliente se había vuelto bastante sagaz-. Muy extraño.
Sacudió la cabeza con actitud de profunda sabiduría y volvió a contemplar la silla. Sin embargo, no pudo sacar nada en claro, por lo que se metió en la cama, se tapó hasta estar bien caliente y se quedó dormido.
Media hora después, Tom despertó sobresaltado de un confuso sueño en el que participaban hombres altos y vasos de ponche: y el primer objeto que se presentó ante su imaginación despierta fue la extraña silla.
-No voy a mirarla más -se dijo apretando los párpados uno contra otro y tratando de persuadirse de que iba a dormir de nuevo. Inútil; por sus ojos sólo bailaban sillas extrañas que coceaban con sus patas, saltaban las unas sobre los respaldos de las otras y realizaban las cabriolas más extrañas.
-Será mejor ver una silla auténtica que dos o tres series completas de sillas falsas -dijo sacando la cabeza desde abajo de las ropas de cama. Y ahí estaba, claramente discernible a la luz del fuego, tan provocativa como siempre.
Miró la silla y de pronto, mientras la contemplaba, pareció producirse en ella un cambio de lo más extraordinario. La talla del respaldo asumió gradualmente el alineamiento y la expresión de un rostro humano viejo y arrugado; el cojín de damasco se convirtió en una antiguo chaleco de solapas; los bultos redondos se convirtieron en dos pares de pies embutidos en zapatillas de paño rojo; y la vieja silla se asemejó a un anciano muy feo, del siglo anterior, con los brazos en jarras. Tom se sentó en la cama y se frotó los ojos para deshacer la ilusión. Pero no. La silla era un anciano feo; y lo que es más, le estaba guiñando un ojo a Tom Smart.
Tom era por naturaleza una especie de perro temerario y descuidado, y se había tomado cinco vasos de ponche caliente; es por eso que, aunque a principio se mostrara algo sorprendido, empezó < indignarse en cuanto vio que el anciano caballero le guiñaba un ojo y le sonreía descaradamente con un aire tan insolente. Finalmente decidió que no iba, soportarlo; y como el rostro envejecido seguía haciéndole guiños con mayor rapidez que nunca, con tono verdaderamente colérico, le dijo:
-¿Por qué diablos me está guiñando el ojo? -Porque me gusta, Tom Smart -contestó la silla o el anciano caballero, como prefiera llamarle el lector. Sin embargo dejó de hacer guiños cuando Ton habló, y empezó a sonreír como un mono viejísimo -¿Y cómo sabe mi nombre, viejo cascanueces -preguntó Tom con bastantes titubeos, aunque creía estar haciéndolo bastante bien.
-Vamos, vamos, Tom-dijo el anciano caballero, esa no es manera de dirigirse a una sólida madera de caoba española. Que me condenen si no me trataría con menos respeto si fuera de contrachapado.
Cuando el anciano caballero dijo esto, miró con tal violencia a Tom que éste empezó a asustarse. -No pretendía tratarle con ninguna falta de respeto, señor -dijo Tom en un tono mucho más humilde que el que había empleado al principio. -Bueno, bueno -contestó el anciano-. Quizá no… quizá no, Tom…
-Señor…
-Lo sé todo sobre ti, Tom; todo. Eres muy pobre, Tom.
-Ciertamente que lo soy -replicó Tom Smart-. Pero ¿cómo ha llegado a saber eso?
-No tiene importancia -dijo el anciano-. Y te gusta mucho el ponche, Tom.
Tom Smart estuvo a punto de protestar afirmando que no había probado una gota desde su último cumpleaños, pero cuando su mirada se encontró con la del anciano caballero, éste parecía tener tal conocimiento que Tom enrojeció y guardó silencio. -Tom, la viuda es una hermosa mujer… verdaderamente hermosa… ¿eh, Tom?
En ese momento el anciano levantó la mirada hacia arriba, alzó una de sus pequeñas y desgastadas patas y pareció tan desagradablemente amoroso que
Tom sintió un absoluto desagrado por la vanidad de su conducta… ¡a sus años!
-Soy su guardián, Tom -dijo el anciano. -¿Eso es lo que es? -preguntó Tom Smart. -Conocía a su madre, Tom -dijo el viejo-. Y a su abuela. Ella me tenía mucho cariño… fue la que me hizo este chaleco, Tom.
-¿Eso hizo? -preguntó Tom Smart.
-Y estos zapatos -añadió el anciano levantando una de las zapatillas de paño rojo-. Pero no lo cuentes por ahí, Tom. No me gustaría que se supiera que ella estaba tan unida a mí. Podría producir ciertas situaciones desagradables en la familia.
Cuando el viejo truhán dijo aquello tenía un aspecto tan extremadamente impertinente que, tal como declaró después Tom Smart, no habría sentido el menor remordimiento de sentarse encima de él,
-He sido un gran favorito entre las mujeres de mi época, Tom -afirmó el disoluto y viejo crápula-, Cientos de hermosas mujeres se han sentado en mi regazo durante horas. ¿Qué piensas de eso, eh, perro?
El anciano caballero iba a proceder a contar algunas otras hazañas de su juventud cuando le sobrevino un ataque de crujidos tan violento que fue incapaz de proseguir.
«Ahí tienes lo que te mereces, viejo», pensó Tom Smart; pero no llegó a decir nada.
-¡Ay! -exclamó el anciano-. Esto me inquieta, mucho ahora. Estoy envejeciendo, Tom, y he perdido casi todos mis barrotes. También me han hecho ya una operación, una pequeña pieza del respaldo, ) fue una prueba muy dura, Tom.
-Me atrevo a decir que así fue, señor -añadir Tom Smart.
-Sin embargo, eso no viene al caso -replicó e anciano caballero-. ¡Tom, quiero que te cases con la-, viuda!
-¿Yo, señor? -preguntó Tom.
-Sí, tú-contestó el anciano.
-Bendito sea su reverendo relleno -exclamó Tom, aunque apenas si le quedaban unos cuantos pelos de caballo-. Bendito sea su reverendo relleno, pero ella no me querría -exclamó Tom suspirando involuntariamente al pensar en el bar.
-¿Que no? -preguntó con firmeza el anciano. -No, no -respondió Tom-. Hay otro en el campo. Un hombre alto… un hombre terriblemente alto… de bigote negro.
-Tom -le informó el anciano-. Ella nunca le tendrá.
-¿Que no? -preguntó Tom-. Si estuviera usted en el bar, anciano caballero, hablaría de otra manera.
-Bah, bah. Lo sé todo sobre esa historia. -¿Sobre qué? -preguntó Tom.
-Sobre besos detrás de la puerta, y todas esas cosas, Tom -añadió el anciano.
En ese momento lanzó otra mirada insolente que encolerizó mucho a Tom, pues como todos ustedes, caballeros, saben bien, escuchar a un viejo,
que por serlo debería conocer mejor el mundo, hablar sobre esas cosas resulta muy desagradable… nada más que por eso.
-Lo sé todo al respecto, Tom. Lo he visto hacer muy a menudo en mi época, Tom, entre más personas de las que me gustaría mencionarte; pero al final nunca se llega a nada.
-Ha debido ver usted algunas cosas extrañas -preguntó Tom con mirada inquisitiva.
-Puedes afirmarlo, Tom -replicó el viejo con ut complicado guiño-. Soy el último de mi familia Tom -añadió el anciano lanzando un melancólico suspiro.
-¿Y fue muy grande? -preguntó Tom Smart. -Éramos doce, Tom; tipos hermosos de respaldo, tan bello y recto como le gustaría ver a cualquiera Nada de esos abortos modernos… todos con brazo y con un grado tal de pulido que habría alegrado t, corazón contemplarnos.
-¿Y qué ha sido de los demás, señor?
El anciano caballero se llevó un codo al ojo al tiempo que contestaba:
-Murieron, Tom, murieron. Teníamos un duro trabajo, Tom, y no todos poseían mi constitución Tenían reuma en piernas y brazos, y acabaron en cocinas y hospitales; y uno de ellos, tras un prolonga do servicio y una dura utilización, perdió el sentido se volvió tan loco que tuvieron que quemarlo. Qué cosa tan sorprendente ésa, Tom.
-¡Terrible! -exclamó Tom Smart.
El anciano guardó silencio unos minutos, evidentemente mientras combatía sus emotivos sentimientos, y después añadió:
-Sin embargo, Tom, me estoy apartando del tema. Ese hombre alto, Tom, es un aventurero ruin En el momento en que se casara con la viuda vendo ría todos los muebles y escaparía. ¿Y cuáles serían las, consecuencias? Ella quedaría abandonada y reducida a la ruina, y yo moriría de frío en alguna tienda de muebles viejos.
-Sí, pero…
-No me interrumpas. De ti, Tom Smart, tengo una opinión muy diferente; pues bien sé que si alguna vez te asentaras en una posada, nunca la abandonarías mientras’ hubiera algo que beber dentro de sus paredes.
-Me siento muy agradecido por su buena opinión, señor-le informó Tom Smart.
-Por tanto -siguió diciendo el anciano con tono autoritario-: tú serás el que la tenga, y él no. -¿Cómo puede impedirse? -preguntó ansiosamente Tom Smart.
-Con esta revelación: el ya está casado.
-¿Cómo puedo demostrarlo? -preguntó Tom saliendo a medias de la cama.
El anciano caballero separó un brazo de su costado y tras señalar a uno de los vestidores de roble volvió a colocarlo inmediatamente en su antigua posición.
-Poco piensa él que en el bolsillo derecho de unos pantalones de ese vestidor ha dejado una carta en la que se le pide que regrese junto a su desconsolada esposa, con seis niños, toma buena nota, Tom, seis niños, y todos ellos pequeños.
Cuando el anciano caballero pronunció con solemnidad aquellas palabras sus rasgos se fueron haciendo menos y menos claros y su figura se volvió más sombría. Sobre los ojos de Tom Smart cayó una película. El anciano pareció fundirse gradualmente con la silla, el chaleco de damasco convertirse en cojín, las zapatillas rojas encogerse en pequeñas bolsas
de paño rojo. La luz desapareció suavemente y Tom Smart se dejó caer sobre la almohada y se quedó profundamente dormido.
La mañana despertó a Tom del sueño letárgico en el que había caído al desaparecer el anciano. Se sentó en la cama y durante unos minutos trató vanamente de recordar los hechos de la noche anterior. Repentin4mente se acordó de ellos. Miró la silla; era ciertamente un mueble fantástico y feo, pero sólo una imaginación notablemente viva e ingeniosa podría haber descubierto cualquier parecido entre el mueble y el anciano.
-¿Cómo se encuentra, anciano? -preguntó Tom. A la luz del día se sentía más audaz, como le sucede a la mayoría de los hombres.
La silla permaneció inmóvil y no dijo una sola palabra.
-Hace una mañana espantosa -añadió Tom. Pero no. La silla no se sentía dispuesta a conversar. -¿A qué vestidor señaló? Al menos podría decirme eso -insistió Tom. Pero la silla, caballeros, no decía una sola palabra.
-De cualquier manera, no es muy difícil abrirlos -siguió diciendo Tom al tiempo que salía de la cama. Se dirigió hacia uno de los vestidores. La llave estaba puesta en la cerradura; la giró y abrió la puerta. Allí había unos pantalones. ¡Metió la mano en el bolsillo y sacó una carta idéntica a la que había descrito el anciano caballero!
-Qué cosa tan extraña es ésta -exclamó Tom Smart mirando primero a la silla, y luego al vestidor, después a la carta y finalmente otra vez a la silla-. ¡Muy extraño! -repitió.
Pero como no había allí nada que amortiguase la extrañeza, pensó que también él debía vestirse y arreglar enseguida los asuntos del hombre alto… sólo para sacarle de su desgracia.
Tom fue fijándose al pasar en las distintas habitaciones, mientras bajaba, con el ojo atento de un propietario; considerando que no sería imposible que en breve tiempo las estancias y sus contenidos fueran de su propiedad. El hombre alto estaba de pie en el cómodo bar, con las manos a la espalda, sintiéndose muy en su casa. Dirigió a Tom una sonrisa vacía. Un observador casual podría haber supuesto que lo hizo sólo para mostrarle sus dientes blancos; pero Tom Smart pensó que una conciencia de triunfo ocupaba el lugar en el que había estado la mente del hombre alto. Tom le sonrió directamente y llamó a la patrona.
-Buenos días, señora-dijo Tom Smart cerrando la puerta del saloncito cuando entró la viuda. -Buenos días, señor -respondió ella-. ¿Qué tomará para el desayuno, señor?
Tom estaba pensando en la forma de introducir el tema, por lo que no respondió.
-Tenemos un jamón muy bueno -dijo la viuda-. Y una estupenda ave fría mechada. ¿Le sirvo eso, señor?
Esas palabras sacaron a Tom de sus reflexiones. La admiración que sentía por la viuda aumentaba conforme ésta hablaba. ¡Qué criatura tan considerada! ¡Qué comodidad para proveerle de todo!
-¿Quién es el caballero que está en el bar, señora? -preguntó Tom.
-Se llama Jinkins, señor -respondió la viuda sonrojándose ligeramente.
-Es un hombre alto -dijo Tom.
-Es un hombre muy bueno, señor -contestó la viuda-. Y un caballero muy agradable.
-¡Ah! -exclamó Tom.
-¿Desea alguna cosa más, señor? -preguntó la viuda, que se sentía bastante perpleja por las maneras de Tom.
-Bueno, sí -contestó Tom-. Mi querida señora, ¿tendría la amabilidad de sentarse un momento?
La viuda pareció muy sorprendida, pero se sentó, y Tom lo hizo también cerca de ella. Caballeros, no sé cómo sucedió… la verdad es que mi tío solía contarme que Tom Smart le dijo que tampoco él sabía cómo había sucedido; pero el caso es que, de una manera o de otra, la palma de la mano de Tom se posó sobre el dorso de la mano de la viuda, y la dejó allí mientras hablaba.
-Mi querida señora -dijo Tom Smart, pues siempre había pensado lo importante que era mostrarse amable-. Mi querida señora, merece usted un marido excelente… cierto que sí.
-¡Vaya, señor! -exclamó la viuda, lo que no resulta ilógico, pues la manera que tuvo Tom de iniciar la conversación era bastante inusual, por no decir sorprendente, teniendo en cuenta el hecho de que hasta la noche anterior no la había visto nunca-. ¡Vaya, señor!
-Desprecio las adulaciones, mi querida señora. Pero merece usted un marido admirable, y sea éste quien sea, será un hombre afortunado.
Al decir aquello, la mirada de Tom pasó del rostro de la viuda a las comodidades que le rodeaban. La viuda parecía más sorprendida que nunca, e hizo un esfuerzo por levantarse. Tom le apretó suavemente la mano, como para detenerla, y ella permaneció en su asiento. Las viudas, caballeros, no suelen ser timoratas, tal como mi tío solía decir.
-Estoy segura de sentirme muy agradecida hacia usted, señor, por su buena opinión -dijo la rolliza patrona riéndose a medias-. Y si alguna vez vuelvo a casarme…
-Si… -repitió Tom Smart mirándola astutamente con el rabillo del ojo derecho-. Si…
-Bueno -añadió la viuda riéndose con franqueza esa vez-. Cuando lo haga, espero conseguir un esposo tan bueno como el que usted describe.
-Como por ejemplo Jinkins -dijo Tom. -¡Vaya, señor! -exclamó la viuda.
-Ay, no me diga eso -insistió Tom-. Le conozco. -Estoy convencida de que nadie que le conozca sabrá nada malo de él -dijo la viuda, pasando al ataque ante el aire misterioso con el que había hablado Tom.
-¡Ejem! -exclamó Tom Smart.
La viuda empezó a pensar que era ya un buen momento de llorar, por lo que sacó su pañuelo y preguntó a Tom si es que deseaba insultarla: si es que pensaba que era propio de un caballero hablar mal de otro a sus espaldas; que por qué motivo, s tenía algo que decir, no se lo decía al caballero como un hombre, en lugar de asustar a una pobre, débil mujer de esa manera, y cosas por el estilo.
-Se lo diré a él enseguida-dijo Tom-. Pero quiero que usted lo escuche primero.
-¿De qué se trata? -preguntó la viuda mirando fijamente el rostro de Tom.
-Le va a asombrar -contestó Tom llevándose una mano al bolsillo.
-Si es eso, que él quiere dinero -dijo la viuda- ya lo sé, y no tiene usted que preocuparse.
-Bah, qué tontería, eso no es nada -dijo Ton Smart-. También yo quiero dinero. No es eso. -Entonces, amigo mío, ¿de qué se trata? -excla mó la pobre viuda.
-No se asuste -le respondió Tom Smart mien tras sacaba lentamente la carta y la abría-. ¿Está segura de que no gritará? -le preguntó con vacilación -No, no -contestó la viuda-. Déjeme verla.
-¿Y no va a desmayarse, ni hará ninguna otra tontería? -preguntó Tom.
-No, no -contestó la viuda inmediatamente. -¿Y no saldrá corriendo para golpearle? -volvió, preguntar Tom-. Porque voy a hacer todo esto por usted; será mejor que no se lo tome a mal.
-De acuerdo, de acuerdo -dijo la viuda-. Déjeme verla.
-Así lo haré -contestó Tom Smart, y diciendo esas palabras colocó la carta en la mano de la viuda Caballeros, oí decir a mi tío que Tom Smart dijo que las lamentaciones de la viuda cuando se enteró de aquello habrían traspasado un corazón de piedra. El de Tom era ciertamente muy tierno, y traspasaron el suyo hasta la misma médula. La viuda se columpiaba hacia delante y hacia atrás retorciéndose las manos.
-¡Ay, qué hombre tan engañoso y vil! -exclamaba la viuda.
-¡Espantoso, mi querida señora! Pero compórtese.
-¡Ay, cómo voy a hacerlo! -gritó la viuda-. ¡Nunca encontraré a ningún otro a quien pueda amar tanto!
-Ay, claro que lo encontrará, mi querida señora -exclamó Tom Smart dejando caer una verdadera lluvia de enormes lágrimas por la piedad que sentía por el infortunio de la viuda. En la energía de su compasión, Tom Smart había rodeado con un brazo la cintura de la viuda; y la viuda, movida por la pasión de la pena, había sujetado la mano de Tom. Ésta miró a Tom al rostro y le sonrió entre sus lágrimas. Tom miró el semblante de ella, y sonrió entre las suyas.
Nunca pude averiguar, caballeros, si Tom besó o no a la viuda en ese momento particular. Solía decirle a mi tío que no lo había hecho, pero tengo mis dudas al respecto. Entre nosotros, caballeros, estoy convencido de que lo hizo.
En todo caso, Tom echó a patadas al hombre alto por la puerta delantera media hora más tarde y se casó con la viuda al cabo de un mes. Y solía recorrer el campo con el calesín de color arcilla y rueda, rojas y la yegua zorruna de paso rápido hasta que muchos años después abandonó el negocio y se fui a Francia con su esposa; y más tarde, la vieja casa se vino abajo.

LA historia de los duendes que secuestraron un enterrador

La historia de los duendes que secuestraron un enterrador
por Charles Dickens


En una antigua ciudad abacial, en el sur de es parte del país, hace mucho, pero que muchísimo tiempo -tanto que la historia debe ser cierta porque nuestros tatarabuelos creían realmente en ella-, trabajaba como enterrador y sepulturero del campo santo un tal Gabriel Grub.
No se deduce en absoluto de ello que porque un hombre sea enterrador, esté rodeado constantemente por los emblemas la mortalidad, tenga que ser un hombre melancolico y triste; entre los funerarios se encuentran los i pos más alegres del mundo; en una ocasión tuve honor de trabar amistad íntima con uno muy silencioso que en su vida privada, estando fuera de ser necio, era el tipo más cómico y jocoso que haya gorjeado nunca canciones osadas, sin el menor tropiezo f su memoria, ni que haya vaciado nunca el contenido de un buen vaso sin detenerse ni a respirar. Pe no obstante estos precedentes que parecen contrariar la historia, Gabriel Grub era un tipo malparado, intratable y arisco, un hombre taciturno y solitario que no se asociaba con nadie sino consigo mismo, aparte de con una antigua botella forrada o cestería que ajustaba en el amplio bolsillo de chaleco, y que contemplaba cada rostro alegre que pasara junto a él con tan poderoso gesto de malicia y mal humor que resultaba difícil enfrentarlo sin tener una sensación terrible.
Poco antes del crepúsculo, el día de Nochebuena, Gabriel se echó al hombro el azadón, encendió el farol y se dirigió hacia el cementerio viejo, pues tenía que terminar una tumba para la mañana siguiente, y como se sentía algo bajo de ánimo pensó que quizá levantara su espíritu si se ponía a trabajar enseguida. En el camino, al subir por una antigua calle, vio la alegre luz de los fuegos chispeantes que brillaban tras los viejos ventanos, y escuchó las fuertes risotadas y los alegres gritos de aquellos que se encontraban reunidos; observó los ajetreados preparativos de la alegría del día siguiente y olfateó los numerosos y sabrosos olores consiguientes que ascendían en forma de nubes vaporosas desde las ventanas de las cocinas. Todo aquello producía rencor y amargura en el corazón de Gabriel Grub; y cuando grupos de niños salían dando saltos de las casas, cruzaban la carretera a la carrera y antes de que pudieran llamar a la puerta de enfrente eran recibidos por media docena de pillastres de cabello rizado que se ponían a cacarear a su alrededor mientras subían todos en bandada a pasar la tarde dedicados a sus juegos de Navidad, Gabriel sonreía taciturno y aferraba con mayor firmeza el mango de su azadón mientras pensaba en el sarampión, la escarlatina, el afta, la tos ferina y otras muchas fuentes de consuelo.
Gabriel caminaba a zancadas en ese feliz estado
mental: devolviendo un gruñido breve y hosco a le saludos bienhumorados de aquellos vecinos que pasaban junto a él, hasta que se metía en el oscuro callejón que conducía al cementerio. Gabriel llevaba y tiempo deseando llegar al callejón oscuro, porque hablando en términos generales era un lugar agradable, taciturno y triste que las gentes de la ciudad n gustaban de frecuentar, salvo a plena luz del día cuando brillaba el sol; por ello se sintió no poco ir dignado al oír a un joven granuja que cantaba estruendosamente una festiva canción sobre unas navidades alegres en aquel mismo santuario que había recibido el nombre de CALLEJÓN DEL ATAÚD desde época de la vieja abadía y de los monjes de cabes afeitada. Mientras Gabriel avanzaba la voz fue haciéndose más cercana y descubrió que procedía c un muchacho pequeño que corría a solas con la intención de unirse a uno de los pequeños grupos de calle vieja, y que en parte para hacerse compañía a mismo, y en parte como preparativo de la ocasión vociferaba la canción con la mayor potencia de si pulmones. Gabriel aguardó a que llegara el muchacho, le acorraló en una esquina y le golpeó cinco seis veces en la cabeza con el farol para enseñarle modular la voz. Y mientras el muchacho escapó corriendo con la mano en la cabeza y cantando una melodía muy distinta, Gabriel Grub sonrió cordialmente para sí mismo y entró en el cementerio, cerrando la puerta tras él.
Se quitó el abrigo, dejó en el suelo el farol y metiéndose en la tumba sin terminar trabajó en él durante una hora con muy buena voluntad. Pero la tierra se había endurecido con la helada y no era asunto fácil desmenuzarla y sacarla fuera con la pala; y aunque había luna, ésta era muy joven e iluminaba muy poco la tumba, que estaba a la sombra de la iglesia. En cualquier otro momento estos obstáculos hubieran hecho que Gabriel Grub se sintiera desanimado y desgraciado, pero estaba tan complacido de haber acallado los cantos del muchachito que apenas se preocupó por los escasos progresos que hacía y miró la tumba, cuando llegada la noche hubo terminado el trabajo, con melancólica satisfacción, murmurando mientras recogía sus herramientas:
Valiente acomodo para cualquiera,
valiente acomodo para cualquiera,
unos pies de tierra fría cuando la vida ha terminado,
una piedra en la cabeza, una piedra en los pies,
una comida rica y jugosa para los gusanos,
la hierba sobre la cabeza, y la tierra húmeda alrededor,
¡valiente acomodo para cualquiera,
aquí en el camposanto!
-¡Ja, ja! -echó a reír Gabriel Grub sentándose en una lápida que era su lugar de descanso favorito; fue a buscar entonces su botella-. ¡Un ataúd en Navidad! ¡Una caja de Navidad! ¡Ja, ja, ja!
-¡Ja, ja, ja! -repitió una voz que sonó muy cerca detrás de él.
En el momento en el que iba a llevarse la botella
a los labios, Gabriel se detuvo algo alarmado y miró a su alrededor. El fondo de la tumba más vieja que estaba a su lado no se encontraba más quieto e inmóvil que el cementerio bajo la luz pálida de la luna. La fría escarcha brillaba sobre las tumbas lanzando destellos como filas de gemas entre las tallas de piedra dula vieja iglesia. La nieve yacía dura y crujiente sobre el suelo, y se extendía sobre los montículos apretados de tierra como una cubierta blanca y lisa que daba la impresión de que los cadáveres yacieran allí ocultos sólo por las sábanas en las que los habían enrollado. Ni el más débil crujido interrumpía la tranquilidad profunda de aquel escenario solemne. Tan frío y quieto estaba todo que el sonido mismo parecía congelado.
-Fue el eco -dijo Gabriel Grub llevándose otra vez la botella a los labios.
-¡No lo fue! -replicó una voz profunda.
Gabriel se sobresaltó y levantándose se quedó firme en aquel mismo lugar, lleno de asombro y terror, pues sus ojos se posaron en una forma que hizo que se le helara la sangre.
Sentada en una lápida vertical, cerca de él, había una figura extraña, no terrenal, que Gabriel comprendió enseguida que no pertenecía a este mundo. Sus piernas fantásticas y largas, que podrían haber llegado al suelo, las tenía levantadas y cruzadas de manera extraña y rara; sus fuertes brazos estaban desnudos y apoyaba las manos en las rodillas. Sobre el cuerpo, corto y redondeado, llevaba un vestido ajustado adornado con pequeñas cuchilladas; colgaba a su espalda un manto corto; el cuello estaba recortado en curiosos picos que le servían al duende de golilla o pañuelo; y los zapatos estaban curvados hacia arriba con los dedos metidos en largas puntas. En la cabeza llevaba un sombrero de pan de azúcar de ala ancha, adornado con una única pluma. Llevaba el sombrero cubierto de escarcha blanca, y el duende parecía encontrarse cómodamente sentado en esa misma lápida desde hacía doscientos o trescientos años. Estaba absolutamente quieto, con la lengua fuera, a modo de burla; le sonreía a Gabriel Grub con esa sonrisa que sólo un duende puede mostrar.
-No fue el eco -dijo el duende.
Gabriel Grub quedó paralizado y no pudo dar respuesta alguna.
-¿Qué haces aquí en Nochebuena? -le preguntó el duende con un tono grave.
-He venido a cavar una tumba, señor-contestó, tartamudeando, Gabriel Grub.
-¿Y qué hombre se dedica a andar entre tumbas y cementerios en una noche como ésta? -gritó el duende.
-¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub! -contestó a gritos un salvaje coro de voces que pareció llenar el cementerio. Temeroso, Gabriel miró a su alrededor sin que pudiera ver nada.
-¿Qué llevas en esa botella? -preguntó el duende. -Ginebra holandesa, señor -contestó el enterrador temblando más que nunca, pues la había comprado a unos contrabandistas y pensó que quizá el
que le preguntaba perteneciera al impuesto de consumos de los duendes.
-¿Y quién bebe ginebra holandesa a solas, en un cementerio, en una noche como ésta? -preguntó el duende.
-¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub! -exclamaron de nuevo las voces salvajes.
El duende miró maliciosamente y de soslayo al aterrado enterrador, y luego, elevando la voz, exclamó:
-¿Y quién, entonces, es nuestro premio justo y legítimo?
Ante esa pregunta, el coro invisible contestó de una manera que sonaba como las voces de muchos cantantes entonando, con el poderoso volumen del órgano de la vieja iglesia, una melodía que parecía llevar hasta los oídos del enterrador un viento desbocado, y desaparecer al seguir avanzando; pero la respuesta seguía siendo la misma:
-¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub!
El duende mostró una sonrisa más amplia que nunca mientras decía:
-Y bien, Gabriel, ¿qué tienes que decir a eso?
El enterrador se quedó con la boca abierta, falto de aliento.
-¿Qué es lo que piensas de esto, Gabriel? -preguntó el duende pateando con los pies el aire a ambos lados de la lápida y mirándose las puntas vueltas hacia arriba de su calzado con la misma complacencia que si hubiera estado contemplando en Bond Street las botas Wellingtons más a la moda.
-Es… resulta… muy curioso, señor -contestó el enterrador, medio muerto de miedo-. Muy curioso, y bastante bonito, pero creo que tengo que regresar a terminar mi trabajo, señor, si no le importa.
-¡Trabajo! -exclamó el duende-. ¿Qué trabajo? -La tumba, señor; preparar la tumba -volvió a contestar tartamudeando el enterrador.
-Ah, ¿la tumba, eh? -preguntó el duende-. ¿Y quién cava tumbas en un momento en el que todos los demás hombres están alegres y se complacen en ello?
-¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub! -volvieron a contestar las misteriosas voces.
-Me temo que mis amigos te quieren, Gabriel -dijo el duende sacando más que nunca la lengua y dirigiéndola a una de sus mejillas… y era una lengua de lo más sorprendente-. Me temo que mis amigos te quieren, Gabriel -repitió el duende.
-Por favor, señor-replicó el enterrador sobrecogido por el horror-. No creo que sea así, señor; no me conocen, señor; no creo esos caballeros me hayan visto nunca, señor.
-Oh, claro que te han visto -contestó el duende-. Conocemos al hombre de rostro taciturno, ceñudo y triste que vino esta noche por la calle lanzando malas miradas a los niños y agarrando con fuerza su azadón de enterrador. Conocemos al hombre que golpeó al muchacho con la malicia envidiosa de su corazón porque el muchacho podía estar alegre y él no. Le conocemos, le conocemos.
En ese momento el duende lanzó una risotada fuerte y aguda que el eco devolvió multiplicada por veinte, y levantando las piernas en el aire, se quedó e pie sobre su cabeza, o más bien sobre la punta misma del sombrero de pan de azúcar en el borde más estrecho de la lápida, desde donde con extraordinaria agilidad dio un salto mortal cayendo directamente a los pies del enterrador, plantándose allí en la actitud en que suelen sentarse los sastres sobre su tabla.
-Me… me… temo que debo abandonarle, señor -dijo el enterrador haciendo un esfuerzo por ponerse en movimiento.
-¡Abandonarnos! -exclamó el duende-. Gabri Grub va a abandonarnos. ¡Ja, ja, ja!
Mientras el duende se echaba a reír, el sepulturero observó por un instante una iluminación brillan tras las ventanas de la iglesia, como si el edificio dentro hubiera sido iluminado; desapareció, el órgano atronó con una tonada animosa y grupos enteros duendes, la contrapartida misma del primero, aparecieron en el cementerio y comenzaron a jugar al salto de la rana con las tumbas, sin detenerse un instante tomar aliento y «saltando» las más altas de ellas, una tras otra, con una absoluta y maravillosa destreza. El primer duende era un saltarín de lo más notable. Ninguno de los demás se le aproximaba siquiera; incluso en su estado de terror extremo el sepulturero no pudo dejar de observar que mientras que sus amigos se contentaban con saltar las lápidas de tamaño común el primero abordaba las capillas familiares con las barandillas de hierro y todo, con la misma facilidad que si se tratara de postes callejeros.
Finalmente el juego llegó al punto más culminante e interesante; el órgano comenzó a sonar más y más veloz y los duendes a saltar más y más rápido: enrollándose, rodando de la cabeza a los talones sobre el suelo y botando sobre las tumbas como pelotas de fútbol. El cerebro del enterrador giraba en un torbellino con la rapidez del movimiento que estaba contemplando y las piernas se le tambaleaban mientras los espíritus volaban delante de sus ojos, hasta que el duende rey, lanzándose repentinamente hacia él, le puso una mano en el cuello y se hundió con él en la tierra.
Cuando Gabriel Grub tuvo tiempo de recuperar el aliento, que había perdido por causa de la rapidez de su descenso, se encontró en lo que parecía ser una amplia caverna rodeado por todas partes por multitud de duendes feos y ceñudos. En el centro de la caverna, sobre una sede elevada, se encontraba su amigo del cementerio; y junto a él estaba el propio Gabriel Grub sin capacidad de movimiento.
-Hace frío esta noche -dijo el rey de los duendes-. Mucho frío. ¡Traed un vaso de algo caliente! Al escuchar esa orden, media docena de solícitos duendes de sonrisa perpetua en el rostro, que Gabriél Grub imaginó serían cortesanos, desaparecieron presurosamente para regresar de inmediato con una copa de fuego líquido que presentaron al rey. -¡Ah! -gritó el duende, cuyas mejillas y garganta se habían vuelto transparentes, mientras se tragaba la llama-. ¡Verdaderamente esto calienta a cualquiera! Traedle una copa de lo mismo al señor Grub.
En vano protestó el infortunado enterrador diciendo que no estaba acostumbrado a tomar nada caliente por la noche; uno de los duendes le sujetó mientras el otro derramaba por su garganta el líquido ardiente; la asamblea entera chilló de risa cuando él se puso a toser y a ahogarse y se limpió las lágrimas, que brotaron en abundancia de sus ojos, tras tragar la ardiente bebida.
-Y ahora -dijo el rey al tiempo que golpeaba con la esquina ahusada del sombrero de pan de azúcar el ojo del enterrador, ocasionándole con ello el dolor más exquisito-… y ahora mostrémosle al hombre de la tristeza y la desgracia unas cuantas imágenes de nuestro gran almacén.
Al decir aquello el duende, una nube espesa que oscurecía el extremo más remoto de la caverna desapareció gradualmente revelando, aparentemente a gran distancia, un aposento pequeño y escasamente amueblado, pero pulcro y limpio. Había una multitud de niños pequeños reunidos alrededor de un fuego brillante, agarrados a la bata de su madre y dando brincos alrededor de su silla. De vez en cuando la madre se levantaba y apartaba la cortina de li ventana, como deseando ver algún objeto que esperaba; sobre la mesa estaba dispuesta una comida frugal; cerca del fuego había un sillón. Se oyó que llamaban a la puerta: la madre la abrió y los niños se amontonaron a su alrededor, aplaudiendo de alegría, cuando entró el padre. Estaba mojado y fatigado se sacudió la nieve de las ropas mientras los niños se amontonaban a su alrededor agarrando su manto, sombrero, bastón y guantes con verdadero celo y saliendo a toda prisa con ellos de la habitación. Después, mientras se sentaba delante del fuego y de su comida, los niños se le subieron en las rodillas y la madre se sentó a su lado y todos parecían felices y contentos.
Pero se produjo, casi imperceptiblemente, un cambio de la visión. El escenario se alteró transformándose en un dormitorio pequeño en donde yacía moribundo el niño más joven y hermoso: el color sonrosado había huido de sus mejillas y la luz había desaparecido de sus ojos; y mientras el sepulturero le miró con un interés que nunca antes había conocido o sentido, el niño murió. Sus jóvenes hermanos y hermanas se apiñaron alrededor de su camita y le cogieron la diminuta mano, tan fría y pesada; pero retrocedieron ante el contacto y miraron con temor su rostro infantil; pues aunque estuviera en calma y tranquilo, y el hermoso niño pareciera estar durmiendo descansado y en paz, vieron que estaba muerto y supieron que era un ángel que les miraba desde arriba, bendiciéndoles desde un cielo brillante y feliz.
De nuevo la nube luminosa traspasó el cuadro y de nuevo cambió el tema. Ahora el padre y la madre eran ancianos e indefensos, y el número de los que les rodeaban había disminuido a más de la mitad; pero el contento y la alegría se hallaban asentados en cada rostro, brillaban en cada mirada, mientras rodeaban el fuego y contaban y escuchaban viejas historias de días anteriores ya pasados. Lenta y pacíficamente entró el padre en la tumba, y poco después quien había compartido todas sus preocupaciones y problemas le siguió a un lugar de descanso. Los pocos que todavía les sobrevivían se arrodillaron junto a su tumba y regaron con sus lágrimas la hierba verde que la cubría; después se levantaron y se dieron la vuelta: tristes y lamentándose, pero sin gritos amargos ni lamentaciones desesperadas, pues sabían que un día volverían a encontrarlos; y de nuevo se mezclaron con el mundo ajetreado y recuperaron su alegría y su contento. La nube cayó sobre el cuadro y lo ocultó de la vista del sepulturero.
-¿Qué piensas de eso?-preguntó el duende volviendo su rostro grande hacia Gabriel Grub. Gabriel murmuró algo en el sentido de que era muy hermoso y pareció algo avergonzado cuando el duende volvió hacia él sus ojos ardientes.
-¡Tú, miserable! -exclamó el duende con un tono de gran desprecio-. ¡Tú!
Parecía dispuesto a añadir algo más, pero la indignación sofocó sus palabras, levantó una de las piernas que tenía dobladas y, tras sostenerla un momento por encima de la cabeza del sepulturero, para asegurar su puntería, le administró a Gabriel Grub una buena y sonora patada; inmediatamente después de eso, todos los duendes que habían estado aguardando rodearon al infeliz enterrador y le patearon sin piedad: de acuerdo con la costumbre establecida e invariable entre los cortesanos de la tierra, quienes patean a aquél al que ha pateado k realeza y abrazan a quien la realeza abraza.
-¡Enseñadle algo más! -dijo el rey de los duendes. Ante esas palabras desapareció la nube revelándose ante su vista un paisaje rico y hermoso; hasta el día de hoy hay otro semejante a menos de un kilómetro de la antigua ciudad abacial. El sol brillaba desde el cielo claro y azul, el agua centelleaba bajo sus rayos, los árboles parecían más verdes y las flores más alegres bajo su animosa influencia. El agua corría con un sonido agradable; los árboles rugían bajo el viento ligero que murmuraba entre sus hojas; los pájaros cantaban sobre las ramas; y la alondra gorjeaba desde lo alto su bienvenida a la mañana. Sí, era por la mañana: la mañana brillante y fragante de verano; la más diminuta hoja, la brizna de hierba más pequeña, estaban animadas de vida. La hormigase arrastraba dedicada a sus tareas diarias, la mariposa aleteaba y se solazaba bajo los pálidos rayos del sol; miríadas de insectos extendían las alas transparentes y gozaban de su existencia breve pero feliz. El hombre caminaba entusiasmado con la escena; y todo era brillo y esplendor.
-¡Tú, miserable! -exclamó el rey de los duendes con un tono más despreciativo todavía que el anterior. Y de nuevo el rey de los duendes levantó una pierna y de nuevo la dejó caer sobre los hombros del enterrador; y otra vez los duendes que asistían a la reunión imitaron el ejemplo de su jefe.
Muchas veces la nube se fue y regresó, y enseñó muchas lecciones a Gabriel Grub, quien tenía los hombros doloridos por las frecuentes aplicaciones de los pies de los duendes, pero, aún así, miraba con un interés que nada podía disminuir. Vio a hombre,, que trabajaban con duro esfuerzo y se ganaban su escaso pan con una vida de trabajo, pero eran alegres y felices; y a los más ignorantes, para quienes e. rostro dulce de la naturaleza era una fuente incesante de alegría y gozo. Vio a aquellos que habían sido delicadamente alimentados y tiernamente criados alegres ante las privaciones y superiores ante el sufrimiento, quienes habían superado muchas situaciones duras porque llevaban dentro del pecho los materiales de la felicidad, el contento y la paz. Vio que las mujeres, lo más tierno y frágil de todas la criaturas de Dios, eran a menudo capaces de superar li pena, la adversidad y la tristeza; y vio que era as porque en su corazón llevaban una inagotable fuente de afecto y devoción. Pero sobre todo vio que hombres como él mismo, que refunfuñaban por e gozo y la alegría de los demás, eran las peores hierbas en la hermosa superficie de la tierra; y poniendo todo el bien del mundo contra el mal, llegó a la conclusión de que al fin y al cabo era un mundo mu3 decente y respetable. Nada más acababa de formarse cuando la nube que ocultó el último cuadro pareció ponerse sobre sus sentidos y llevarle al reposo. Uno a uno los duendes fueron desapareciendo de su vista; y cuando el último de ellos se hubo ido, quedé dormido.
Había despuntado el día cuando despertó Gabriel Grub y se encontró tumbado cuan largo era sobre la lápida plana del cementerio, con el cubrebotellas de cestería vacío a su lado y la capa, el azadón, y el farol, blanqueados por la helada de la noche anterior, tirados por el suelo. La piedra sobre la que había visto por primera vez al duende se erguía audaz ante él, y la tumba en la que había trabajado la noche anterior no estaba lejana. Al principio empezó a dudar de la realidad de sus aventuras, pero el dolor agudo que sintió en los hombros cuando intentó levantarse le aseguró que las patadas de los duendes no habían sido ciertamente meras ideas. Vaciló de nuevo al no encontrar rastros de huellas en la nieve sobre la que los duendes habían jugado al salto de la rana con las piedras de las tumbas, pero rápidamente se explicó esa circunstancia al recordar que, siendo espíritus, no dejarían tras ellos impresiones visibles. Por tanto, Gabriel Grub se puso en pie tan bien como pudo teniendo en cuenta el dolor de su espalda; y cepillándose la escarcha del abrigo, se lo puso y volvió el rostro hacia la ciudad.
Pero era ya un hombre cambiado y no podía soportar el pensamiento de regresar a un lugar en el que se burlarían de su arrepentimiento y no creerían en su reforma. Vaciló unos momentos y luego se alejó errando hacia donde pudiera, buscándose el pan en otra parte.
Aquel día encontraron en el cementerio el farol, el azadón y el cubrebotellas de cestería. Hubo muchas especulaciones acerca del destino del enterrador, al principio, pero rápidamente se decidió que se lo habrían llevado los duendes; y no faltaron algunos testigos muy creíbles que lo habían visto claramente a través del aire a lomos de un caballo castaño tuerto, con los cuartos traseros de un león y la cola de un oso. Finalmente acabaron por creer devotamente en todo aquello; y el nuevo enterrador solía enseñar a los curiosos, a cambio de un ligero emolumento, un trozo de buen tamaño perteneciente a h veleta de la iglesia que accidentalmente había sido coceado por el caballo antes mencionado en su vuelo aéreo, y que él mismo recogió en el cementerio uno o dos años después.
Desafortunadamente esas historias se vieron algo enmarañadas por la reaparición, no esperada del propio Gabriel Grub, unos diez años más tarde como un anciano reumático y andrajoso, pero contento. Le contó su historia al clérigo, y también a alcalde; y con el curso del tiempo aquello se convirtió en parte de la historia, y en esa forma se ha seguido contando hasta hoy. Los que creyeron en el relato del trozo de veleta, habiendo colocado mal si confianza en otro tiempo, dejaron de predominar se apartaron de esa historia, tratando de parecer li más sabios que pudieran, encogiéndose de hombros, tocándose la frente y murmurando algo parecido a que Gabriel Grub se había bebido toda la ginebra de Holanda y se quedó dormido sobre un lápida plana; y luego trataban de explicar lo que s suponía que él había presenciado en la caverna de los duendes diciendo que había visto el mundo y s había hecho más sabio. Pero esta opinión que en absoluto fue popular en ningún momento, acabó gradualmente por desaparecer; y sea como sea, puesto que Gabriel Grub se vio afectado por el reumatismo al final de sus días, la historia tiene al menos una moraleja, aunque no pueda enseñar otra mejor, y es que si un hombre se vuelve taciturno y bebe solo en la época de Navidad, no por ello va a decidir ser mejor: los espíritus puede que no vuelvan a ser tan buenos, ni estar dispuestos a presentar tantas pruebas, como aquellos a los que vio Gabriel Grub en la caverna de los duendes.
LA HISTORIA DE LOS DUENDES QUE SECUESTRARON A UN ENTERRADOR
Autor: CHARLES DICKENS
En una antigua ciudad abacial, en el sur de es parte del país, hace mucho, pero que muchísimo tiempo -tanto que la historia debe ser cierta porque nuestros tatarabuelos creían realmente en ella-, trabajaba como enterrador y sepulturero del campo santo un tal Gabriel Grub. No se deduce en absoluto de ello que porque un hombre sea enterrador, esté rodeado constantemente por los emblemas la mortalidad, tenga que ser un hombre melancolico y triste; entre los funerarios se encuentran los i pos más alegres del mundo; en una ocasión tuve honor de trabar amistad íntima con uno muy silencioso que en su vida privada, estando fuera de ser necio, era el tipo más cómico y jocoso que haya gorjeado nunca canciones osadas, sin el menor tropiezo f su memoria, ni que haya vaciado nunca el contenido de un buen vaso sin detenerse ni a respirar. Pe no obstante estos precedentes que parecen contrariar la historia, Gabriel Grub era un tipo malparado, intratable y arisco, un hombre taciturno y solitario que no se asociaba con nadie sino consigo mismo, aparte de con una antigua botella forrada o cestería que ajustaba en el amplio bolsillo de chaleco, y que contemplaba cada rostro alegre que pasara junto a él con tan poderoso gesto de malicia y mal humor que resultaba difícil enfrentarlo sin tener una sensación terrible.
Poco antes del crepúsculo, el día de Nochebuena, Gabriel se echó al hombro el azadón, encendió el farol y se dirigió hacia el cementerio viejo, pues tenía que terminar una tumba para la mañana siguiente, y como se sentía algo bajo de ánimo pensó que quizá levantara su espíritu si se ponía a trabajar enseguida. En el camino, al subir por una antigua calle, vio la alegre luz de los fuegos chispeantes que brillaban tras los viejos ventanos, y escuchó las fuertes risotadas y los alegres gritos de aquellos que se encontraban reunidos; observó los ajetreados preparativos de la alegría del día siguiente y olfateó los numerosos y sabrosos olores consiguientes que ascendían en forma de nubes vaporosas desde las ventanas de las cocinas. Todo aquello producía rencor y amargura en el corazón de Gabriel Grub; y cuando grupos de niños salían dando saltos de las casas, cruzaban la carretera a la carrera y antes de que pudieran llamar a la puerta de enfrente eran recibidos por media docena de pillastres de cabello rizado que se ponían a cacarear a su alrededor mientras subían todos en bandada a pasar la tarde dedicados a sus juegos de Navidad, Gabriel sonreía taciturno y aferraba con mayor firmeza el mango de su azadón mientras pensaba en el sarampión, la escarlatina, el afta, la tos ferina y otras muchas fuentes de consuelo.
Gabriel caminaba a zancadas en ese feliz estado
mental: devolviendo un gruñido breve y hosco a le saludos bienhumorados de aquellos vecinos que pasaban junto a él, hasta que se metía en el oscuro callejón que conducía al cementerio. Gabriel llevaba y tiempo deseando llegar al callejón oscuro, porque hablando en términos generales era un lugar agradable, taciturno y triste que las gentes de la ciudad n gustaban de frecuentar, salvo a plena luz del día cuando brillaba el sol; por ello se sintió no poco ir dignado al oír a un joven granuja que cantaba estruendosamente una festiva canción sobre unas navidades alegres en aquel mismo santuario que había recibido el nombre de CALLEJÓN DEL ATAÚD desde época de la vieja abadía y de los monjes de cabes afeitada. Mientras Gabriel avanzaba la voz fue haciéndose más cercana y descubrió que procedía c un muchacho pequeño que corría a solas con la intención de unirse a uno de los pequeños grupos de calle vieja, y que en parte para hacerse compañía a mismo, y en parte como preparativo de la ocasión vociferaba la canción con la mayor potencia de si pulmones. Gabriel aguardó a que llegara el muchacho, le acorraló en una esquina y le golpeó cinco seis veces en la cabeza con el farol para enseñarle modular la voz. Y mientras el muchacho escapó corriendo con la mano en la cabeza y cantando una melodía muy distinta, Gabriel Grub sonrió cordialmente para sí mismo y entró en el cementerio, cerrando la puerta tras él.
Se quitó el abrigo, dejó en el suelo el farol y metiéndose en la tumba sin terminar trabajó en él durante una hora con muy buena voluntad. Pero la tierra se había endurecido con la helada y no era asunto fácil desmenuzarla y sacarla fuera con la pala; y aunque había luna, ésta era muy joven e iluminaba muy poco la tumba, que estaba a la sombra de la iglesia. En cualquier otro momento estos obstáculos hubieran hecho que Gabriel Grub se sintiera desanimado y desgraciado, pero estaba tan complacido de haber acallado los cantos del muchachito que apenas se preocupó por los escasos progresos que hacía y miró la tumba, cuando llegada la noche hubo terminado el trabajo, con melancólica satisfacción, murmurando mientras recogía sus herramientas:
Valiente acomodo para cualquiera,
valiente acomodo para cualquiera,
unos pies de tierra fría cuando la vida ha terminado,
una piedra en la cabeza, una piedra en los pies,
una comida rica y jugosa para los gusanos,
la hierba sobre la cabeza, y la tierra húmeda alrededor,
¡valiente acomodo para cualquiera,
aquí en el camposanto!
-¡Ja, ja! -echó a reír Gabriel Grub sentándose en una lápida que era su lugar de descanso favorito; fue a buscar entonces su botella-. ¡Un ataúd en Navidad! ¡Una caja de Navidad! ¡Ja, ja, ja!
-¡Ja, ja, ja! -repitió una voz que sonó muy cerca detrás de él.
En el momento en el que iba a llevarse la botella
a los labios, Gabriel se detuvo algo alarmado y miró a su alrededor. El fondo de la tumba más vieja que estaba a su lado no se encontraba más quieto e inmóvil que el cementerio bajo la luz pálida de la luna. La fría escarcha brillaba sobre las tumbas lanzando destellos como filas de gemas entre las tallas de piedra dula vieja iglesia. La nieve yacía dura y crujiente sobre el suelo, y se extendía sobre los montículos apretados de tierra como una cubierta blanca y lisa que daba la impresión de que los cadáveres yacieran allí ocultos sólo por las sábanas en las que los habían enrollado. Ni el más débil crujido interrumpía la tranquilidad profunda de aquel escenario solemne. Tan frío y quieto estaba todo que el sonido mismo parecía congelado.
-Fue el eco -dijo Gabriel Grub llevándose otra vez la botella a los labios.
-¡No lo fue! -replicó una voz profunda.
Gabriel se sobresaltó y levantándose se quedó firme en aquel mismo lugar, lleno de asombro y terror, pues sus ojos se posaron en una forma que hizo que se le helara la sangre.
Sentada en una lápida vertical, cerca de él, había una figura extraña, no terrenal, que Gabriel comprendió enseguida que no pertenecía a este mundo. Sus piernas fantásticas y largas, que podrían haber llegado al suelo, las tenía levantadas y cruzadas de manera extraña y rara; sus fuertes brazos estaban desnudos y apoyaba las manos en las rodillas. Sobre el cuerpo, corto y redondeado, llevaba un vestido ajustado adornado con pequeñas cuchilladas; colgaba a su espalda un manto corto; el cuello estaba recortado en curiosos picos que le servían al duende de golilla o pañuelo; y los zapatos estaban curvados hacia arriba con los dedos metidos en largas puntas. En la cabeza llevaba un sombrero de pan de azúcar de ala ancha, adornado con una única pluma. Llevaba el sombrero cubierto de escarcha blanca, y el duende parecía encontrarse cómodamente sentado en esa misma lápida desde hacía doscientos o trescientos años. Estaba absolutamente quieto, con la lengua fuera, a modo de burla; le sonreía a Gabriel Grub con esa sonrisa que sólo un duende puede mostrar.
-No fue el eco -dijo el duende.
Gabriel Grub quedó paralizado y no pudo dar respuesta alguna.
-¿Qué haces aquí en Nochebuena? -le preguntó el duende con un tono grave.
-He venido a cavar una tumba, señor-contestó, tartamudeando, Gabriel Grub.
-¿Y qué hombre se dedica a andar entre tumbas y cementerios en una noche como ésta? -gritó el duende.
-¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub! -contestó a gritos un salvaje coro de voces que pareció llenar el cementerio. Temeroso, Gabriel miró a su alrededor sin que pudiera ver nada.
-¿Qué llevas en esa botella? -preguntó el duende. -Ginebra holandesa, señor -contestó el enterrador temblando más que nunca, pues la había comprado a unos contrabandistas y pensó que quizá el
que le preguntaba perteneciera al impuesto de consumos de los duendes.
-¿Y quién bebe ginebra holandesa a solas, en un cementerio, en una noche como ésta? -preguntó el duende.
-¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub! -exclamaron de nuevo las voces salvajes.
El duende miró maliciosamente y de soslayo al aterrado enterrador, y luego, elevando la voz, exclamó:
-¿Y quién, entonces, es nuestro premio justo y legítimo?
Ante esa pregunta, el coro invisible contestó de una manera que sonaba como las voces de muchos cantantes entonando, con el poderoso volumen del órgano de la vieja iglesia, una melodía que parecía llevar hasta los oídos del enterrador un viento desbocado, y desaparecer al seguir avanzando; pero la respuesta seguía siendo la misma:
-¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub!
El duende mostró una sonrisa más amplia que nunca mientras decía:
-Y bien, Gabriel, ¿qué tienes que decir a eso?
El enterrador se quedó con la boca abierta, falto de aliento.
-¿Qué es lo que piensas de esto, Gabriel? -preguntó el duende pateando con los pies el aire a ambos lados de la lápida y mirándose las puntas vueltas hacia arriba de su calzado con la misma complacencia que si hubiera estado contemplando en Bond Street las botas Wellingtons más a la moda.
-Es… resulta… muy curioso, señor -contestó el enterrador, medio muerto de miedo-. Muy curioso, y bastante bonito, pero creo que tengo que regresar a terminar mi trabajo, señor, si no le importa.
-¡Trabajo! -exclamó el duende-. ¿Qué trabajo? -La tumba, señor; preparar la tumba -volvió a contestar tartamudeando el enterrador.
-Ah, ¿la tumba, eh? -preguntó el duende-. ¿Y quién cava tumbas en un momento en el que todos los demás hombres están alegres y se complacen en ello?
-¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub! -volvieron a contestar las misteriosas voces.
-Me temo que mis amigos te quieren, Gabriel -dijo el duende sacando más que nunca la lengua y dirigiéndola a una de sus mejillas… y era una lengua de lo más sorprendente-. Me temo que mis amigos te quieren, Gabriel -repitió el duende.
-Por favor, señor-replicó el enterrador sobrecogido por el horror-. No creo que sea así, señor; no me conocen, señor; no creo esos caballeros me hayan visto nunca, señor.
-Oh, claro que te han visto -contestó el duende-. Conocemos al hombre de rostro taciturno, ceñudo y triste que vino esta noche por la calle lanzando malas miradas a los niños y agarrando con fuerza su azadón de enterrador. Conocemos al hombre que golpeó al muchacho con la malicia envidiosa de su corazón porque el muchacho podía estar alegre y él no. Le conocemos, le conocemos.
En ese momento el duende lanzó una risotada fuerte y aguda que el eco devolvió multiplicada por veinte, y levantando las piernas en el aire, se quedó e pie sobre su cabeza, o más bien sobre la punta misma del sombrero de pan de azúcar en el borde más estrecho de la lápida, desde donde con extraordinaria agilidad dio un salto mortal cayendo directamente a los pies del enterrador, plantándose allí en la actitud en que suelen sentarse los sastres sobre su tabla.
-Me… me… temo que debo abandonarle, señor -dijo el enterrador haciendo un esfuerzo por ponerse en movimiento.
-¡Abandonarnos! -exclamó el duende-. Gabri Grub va a abandonarnos. ¡Ja, ja, ja!
Mientras el duende se echaba a reír, el sepulturero observó por un instante una iluminación brillan tras las ventanas de la iglesia, como si el edificio dentro hubiera sido iluminado; desapareció, el órgano atronó con una tonada animosa y grupos enteros duendes, la contrapartida misma del primero, aparecieron en el cementerio y comenzaron a jugar al salto de la rana con las tumbas, sin detenerse un instante tomar aliento y «saltando» las más altas de ellas, una tras otra, con una absoluta y maravillosa destreza. El primer duende era un saltarín de lo más notable. Ninguno de los demás se le aproximaba siquiera; incluso en su estado de terror extremo el sepulturero no pudo dejar de observar que mientras que sus amigos se contentaban con saltar las lápidas de tamaño común el primero abordaba las capillas familiares con las barandillas de hierro y todo, con la misma facilidad que si se tratara de postes callejeros.
Finalmente el juego llegó al punto más culminante e interesante; el órgano comenzó a sonar más y más veloz y los duendes a saltar más y más rápido: enrollándose, rodando de la cabeza a los talones sobre el suelo y botando sobre las tumbas como pelotas de fútbol. El cerebro del enterrador giraba en un torbellino con la rapidez del movimiento que estaba contemplando y las piernas se le tambaleaban mientras los espíritus volaban delante de sus ojos, hasta que el duende rey, lanzándose repentinamente hacia él, le puso una mano en el cuello y se hundió con él en la tierra.
Cuando Gabriel Grub tuvo tiempo de recuperar el aliento, que había perdido por causa de la rapidez de su descenso, se encontró en lo que parecía ser una amplia caverna rodeado por todas partes por multitud de duendes feos y ceñudos. En el centro de la caverna, sobre una sede elevada, se encontraba su amigo del cementerio; y junto a él estaba el propio Gabriel Grub sin capacidad de movimiento.
-Hace frío esta noche -dijo el rey de los duendes-. Mucho frío. ¡Traed un vaso de algo caliente! Al escuchar esa orden, media docena de solícitos duendes de sonrisa perpetua en el rostro, que Gabriél Grub imaginó serían cortesanos, desaparecieron presurosamente para regresar de inmediato con una copa de fuego líquido que presentaron al rey. -¡Ah! -gritó el duende, cuyas mejillas y garganta se habían vuelto transparentes, mientras se tragaba la llama-. ¡Verdaderamente esto calienta a cualquiera! Traedle una copa de lo mismo al señor Grub.
En vano protestó el infortunado enterrador diciendo que no estaba acostumbrado a tomar nada caliente por la noche; uno de los duendes le sujetó mientras el otro derramaba por su garganta el líquido ardiente; la asamblea entera chilló de risa cuando él se puso a toser y a ahogarse y se limpió las lágrimas, que brotaron en abundancia de sus ojos, tras tragar la ardiente bebida.
-Y ahora -dijo el rey al tiempo que golpeaba con la esquina ahusada del sombrero de pan de azúcar el ojo del enterrador, ocasionándole con ello el dolor más exquisito-… y ahora mostrémosle al hombre de la tristeza y la desgracia unas cuantas imágenes de nuestro gran almacén.
Al decir aquello el duende, una nube espesa que oscurecía el extremo más remoto de la caverna desapareció gradualmente revelando, aparentemente a gran distancia, un aposento pequeño y escasamente amueblado, pero pulcro y limpio. Había una multitud de niños pequeños reunidos alrededor de un fuego brillante, agarrados a la bata de su madre y dando brincos alrededor de su silla. De vez en cuando la madre se levantaba y apartaba la cortina de li ventana, como deseando ver algún objeto que esperaba; sobre la mesa estaba dispuesta una comida frugal; cerca del fuego había un sillón. Se oyó que llamaban a la puerta: la madre la abrió y los niños se amontonaron a su alrededor, aplaudiendo de alegría, cuando entró el padre. Estaba mojado y fatigado se sacudió la nieve de las ropas mientras los niños se amontonaban a su alrededor agarrando su manto, sombrero, bastón y guantes con verdadero celo y saliendo a toda prisa con ellos de la habitación. Después, mientras se sentaba delante del fuego y de su comida, los niños se le subieron en las rodillas y la madre se sentó a su lado y todos parecían felices y contentos.
Pero se produjo, casi imperceptiblemente, un cambio de la visión. El escenario se alteró transformándose en un dormitorio pequeño en donde yacía moribundo el niño más joven y hermoso: el color sonrosado había huido de sus mejillas y la luz había desaparecido de sus ojos; y mientras el sepulturero le miró con un interés que nunca antes había conocido o sentido, el niño murió. Sus jóvenes hermanos y hermanas se apiñaron alrededor de su camita y le cogieron la diminuta mano, tan fría y pesada; pero retrocedieron ante el contacto y miraron con temor su rostro infantil; pues aunque estuviera en calma y tranquilo, y el hermoso niño pareciera estar durmiendo descansado y en paz, vieron que estaba muerto y supieron que era un ángel que les miraba desde arriba, bendiciéndoles desde un cielo brillante y feliz.
De nuevo la nube luminosa traspasó el cuadro y de nuevo cambió el tema. Ahora el padre y la madre eran ancianos e indefensos, y el número de los que les rodeaban había disminuido a más de la mitad; pero el contento y la alegría se hallaban asentados en cada rostro, brillaban en cada mirada, mientras rodeaban el fuego y contaban y escuchaban viejas historias de días anteriores ya pasados. Lenta y pacíficamente entró el padre en la tumba, y poco después quien había compartido todas sus preocupaciones y problemas le siguió a un lugar de descanso. Los pocos que todavía les sobrevivían se arrodillaron junto a su tumba y regaron con sus lágrimas la hierba verde que la cubría; después se levantaron y se dieron la vuelta: tristes y lamentándose, pero sin gritos amargos ni lamentaciones desesperadas, pues sabían que un día volverían a encontrarlos; y de nuevo se mezclaron con el mundo ajetreado y recuperaron su alegría y su contento. La nube cayó sobre el cuadro y lo ocultó de la vista del sepulturero.
-¿Qué piensas de eso?-preguntó el duende volviendo su rostro grande hacia Gabriel Grub. Gabriel murmuró algo en el sentido de que era muy hermoso y pareció algo avergonzado cuando el duende volvió hacia él sus ojos ardientes.
-¡Tú, miserable! -exclamó el duende con un tono de gran desprecio-. ¡Tú!
Parecía dispuesto a añadir algo más, pero la indignación sofocó sus palabras, levantó una de las piernas que tenía dobladas y, tras sostenerla un momento por encima de la cabeza del sepulturero, para asegurar su puntería, le administró a Gabriel Grub una buena y sonora patada; inmediatamente después de eso, todos los duendes que habían estado aguardando rodearon al infeliz enterrador y le patearon sin piedad: de acuerdo con la costumbre establecida e invariable entre los cortesanos de la tierra, quienes patean a aquél al que ha pateado k realeza y abrazan a quien la realeza abraza.
-¡Enseñadle algo más! -dijo el rey de los duendes. Ante esas palabras desapareció la nube revelándose ante su vista un paisaje rico y hermoso; hasta el día de hoy hay otro semejante a menos de un kilómetro de la antigua ciudad abacial. El sol brillaba desde el cielo claro y azul, el agua centelleaba bajo sus rayos, los árboles parecían más verdes y las flores más alegres bajo su animosa influencia. El agua corría con un sonido agradable; los árboles rugían bajo el viento ligero que murmuraba entre sus hojas; los pájaros cantaban sobre las ramas; y la alondra gorjeaba desde lo alto su bienvenida a la mañana. Sí, era por la mañana: la mañana brillante y fragante de verano; la más diminuta hoja, la brizna de hierba más pequeña, estaban animadas de vida. La hormiga se arrastraba dedicada a sus tareas diarias, la mariposa aleteaba y se solazaba bajo los pálidos rayos del sol; miríadas de insectos extendían las alas transparentes y gozaban de su existencia breve pero feliz. El hombre caminaba entusiasmado con la escena; y todo era brillo y esplendor.
-¡Tú, miserable! -exclamó el rey de los duendes con un tono más despreciativo todavía que el anterior. Y de nuevo el rey de los duendes levantó una pierna y de nuevo la dejó caer sobre los hombros del enterrador; y otra vez los duendes que asistían a la reunión imitaron el ejemplo de su jefe.
Muchas veces la nube se fue y regresó, y enseñó muchas lecciones a Gabriel Grub, quien tenía los hombros doloridos por las frecuentes aplicaciones de los pies de los duendes, pero, aún así, miraba con un interés que nada podía disminuir. Vio a hombre,, que trabajaban con duro esfuerzo y se ganaban su escaso pan con una vida de trabajo, pero eran alegres y felices; y a los más ignorantes, para quienes e. rostro dulce de la naturaleza era una fuente incesante de alegría y gozo. Vio a aquellos que habían sido delicadamente alimentados y tiernamente criados alegres ante las privaciones y superiores ante el sufrimiento, quienes habían superado muchas situaciones duras porque llevaban dentro del pecho los materiales de la felicidad, el contento y la paz. Vio que las mujeres, lo más tierno y frágil de todas la criaturas de Dios, eran a menudo capaces de superar li pena, la adversidad y la tristeza; y vio que era as porque en su corazón llevaban una inagotable fuente de afecto y devoción. Pero sobre todo vio que hombres como él mismo, que refunfuñaban por e gozo y la alegría de los demás, eran las peores hierbas en la hermosa superficie de la tierra; y poniendo todo el bien del mundo contra el mal, llegó a la conclusión de que al fin y al cabo era un mundo mu3 decente y respetable. Nada más acababa de formarse cuando la nube que ocultó el último cuadro pareció ponerse sobre sus sentidos y llevarle al reposo. Uno a uno los duendes fueron desapareciendo de su vista; y cuando el último de ellos se hubo ido, quedé dormido.
Había despuntado el día cuando despertó Gabriel Grub y se encontró tumbado cuan largo era sobre la lápida plana del cementerio, con el cubrebotellas de cestería vacío a su lado y la capa, el azadón, y el farol, blanqueados por la helada de la noche anterior, tirados por el suelo. La piedra sobre la que había visto por primera vez al duende se erguía audaz ante él, y la tumba en la que había trabajado la noche anterior no estaba lejana. Al principio empezó a dudar de la realidad de sus aventuras, pero el dolor agudo que sintió en los hombros cuando intentó levantarse le aseguró que las patadas de los duendes no habían sido ciertamente meras ideas. Vaciló de nuevo al no encontrar rastros de huellas en la nieve sobre la que los duendes habían jugado al salto de la rana con las piedras de las tumbas, pero rápidamente se explicó esa circunstancia al recordar que, siendo espíritus, no dejarían tras ellos impresiones visibles. Por tanto, Gabriel Grub se puso en pie tan bien como pudo teniendo en cuenta el dolor de su espalda; y cepillándose la escarcha del abrigo, se lo puso y volvió el rostro hacia la ciudad.
Pero era ya un hombre cambiado y no podía soportar el pensamiento de regresar a un lugar en el que se burlarían de su arrepentimiento y no creerían en su reforma. Vaciló unos momentos y luego se alejó errando hacia donde pudiera, buscándose el pan en otra parte.
Aquel día encontraron en el cementerio el farol, el azadón y el cubrebotellas de cestería. Hubo muchas especulaciones acerca del destino del enterrador, al principio, pero rápidamente se decidió que se lo habrían llevado los duendes; y no faltaron algunos testigos muy creíbles que lo habían visto claramente a través del aire a lomos de un caballo castaño tuerto, con los cuartos traseros de un león y la cola de un oso. Finalmente acabaron por creer devotamente en todo aquello; y el nuevo enterrador solía enseñar a los curiosos, a cambio de un ligero emolumento, un trozo de buen tamaño perteneciente a h veleta de la iglesia que accidentalmente había sido coceado por el caballo antes mencionado en su vuelo aéreo, y que él mismo recogió en el cementerio uno o dos años después.
Desafortunadamente esas historias se vieron algo enmarañadas por la reaparición, no esperada del propio Gabriel Grub, unos diez años más tarde como un anciano reumático y andrajoso, pero contento. Le contó su historia al clérigo, y también a alcalde; y con el curso del tiempo aquello se convirtió en parte de la historia, y en esa forma se ha seguido contando hasta hoy. Los que creyeron en el relato del trozo de veleta, habiendo colocado mal si confianza en otro tiempo, dejaron de predominar se apartaron de esa historia, tratando de parecer li más sabios que pudieran, encogiéndose de hombros, tocándose la frente y murmurando algo parecido a que Gabriel Grub se había bebido toda la ginebra de Holanda y se quedó dormido sobre un lápida plana; y luego trataban de explicar lo que s suponía que él había presenciado en la caverna de los duendes diciendo que había visto el mundo y s había hecho más sabio. Pero esta opinión que en absoluto fue popular en ningún momento, acabó gradualmente por desaparecer; y sea como sea, puesto que Gabriel Grub se vio afectado por el reumatismo al final de sus días, la historia tiene al menos una moraleja, aunque no pueda enseñar otra mejor, y es que si un hombre se vuelve taciturno y bebe solo en la época de Navidad, no por ello va a decidir ser mejor: los espíritus puede que no vuelvan a ser tan buenos, ni estar dispuestos a presentar tantas pruebas, como aquellos a los que vio Gabriel Grub en la caverna de los duendes.